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Corazón

de

Mar





MARÍA ACOSTA













Copyright © 2017 María Acosta

All rights reserved.







En la bandera de la libertad bordé el amor más grande de mi vida

Mariana Pineda. Federico García Lorca.





Que es mi barco mi tesoro,

que es mi Dios la libertad,

mi ley, la fuerza y el viento,

mi única patria, la mar

Canción del Pirata. José de Espronceda.

I



El Atlántico. Primavera de 1716.

El nuevo día trajo consigo el buen tiempo. Tras varias jornadas navegando en aguas turbulentas bajo un cielo encapotado, ahora el sol los saludaba desde una inmensidad azul y sin una sola nube.

El barco se deslizaba a buen ritmo sobre el océano, gracias a una racha de viento que, de mantenerse durante los próximos días, podría ahorrarles incluso una jornada de viaje.

El capitán Bonfils se hallaba en el alcázar de popa, mirando a través del catalejo en compañía de su contramaestre, monsieur Allard. Ambos hombres llevaban años navegando juntos y no podían ser más diferentes el uno del otro: Bonfils era alto y orondo, con un gusto especial por lo barroco. Solía vestir siempre con casaca y peluca, sin importar el calor. Allard, en cambio, era más bajito y delgado hasta el extremo, más sencillo en atuendo y maneras que su patrón, con una cabeza totalmente calva que relucía bajo el sol.

Ambos hombres tenían la vista fija en el galeón que se veía en lontananza y que llevaba ya dos días siguiéndolos.

- No nos lo quitamos de encima – Bonfils chasqueó la lengua, bajando el catalejo con aprensión – A esa velocidad, nos alcanzará en menos de una hora.

- Tal vez no sean piratas, capitán – aventuró monsieur Allard, esperanzado – Podría ser otro mercante haciendo la misma ruta que nosotros.

- Podría – asintió el otro hombre – Portan la bandera francesa, de hecho. Pero no me fío de ellos: hay demasiada gente en esa cubierta.

- ¿De cuanta tripulación estamos hablando?

- Ochenta hombres, al menos. Seguramente más.

Monsieur Allard apretó los labios y miró a su alrededor, inquieto. El Fierté Royal, un navío de tres palos que hacía su ruta entre el puerto francés de La Rochelle y la isla caribeña de Guadalupe, no estaba preparado para medir sus fuerzas contra un galeón pirata... Si es que de éso se trataba: los galeones como aquel solían ir bien armados, a una proporción aproximada de diez hombres por cada cañón. Teniendo en cuenta su tamaño y las estimaciones de Bonfils sobre la tripulación del navío, éste no debía de tener menos de ocho cañones, mientras que ellos solo contaban con tres y una media docena de mosquetes. Juntando a todos los hombres sanos del Fierté podían contarse en torno a unos cuarenta aptos para la batalla. Pero éso no era suficiente, si comparaban sus fuerzas con las de su posible rival...

De pronto, captaron movimiento en el otro navío y Bonfils se apresuró a usar de nuevo el catalejo para no perder detalle. Monsieur Allard lo observó con preocupación, esperando la respuesta que ambos temían, muy consciente del momento en que su capitán se había quedado petrificado ante lo que fuera que estuviese viendo a través de la lente.

Finalmente Bonfils volvió a bajar el catalejo y suspiró, derrotado.

- Han izado la bandera negra: es Misson.

- Será mejor que nos rindamos. Perderemos la carga, pero aún conservaremos la vida.

- Me temo que no podemos hacer otra cosa, amigo mío. No estamos en condiciones de oponer resistencia – se giró para alertar a los marineros: - ¡Piratas! ¡Arriad la bandera blanca!

Hubo un momento de estupor mientras la noticia se extendía entre la tripulación. Los hombres tardaron apenas unos segundos en cumplir las órdenes, apresurándose en ello a la par que rogaban por que la rendición les granjease la piedad de sus enemigos, cuyo historial de barbarie y sangre era bien conocido.





Habían dado alcance al mercante hacía apenas media hora. La algarabía del abordaje se había extinguido momentos antes, dejando sólo la calma de lo que parecía haber sido un asalto sin incidentes.

El médico acababa de dejar su caja de cirugía sobre la mesa cuando uno de sus compañeros de tripulación apareció en la puerta. Era un hombre bajito, de piel atezada, que tenía un andar peculiar debido a la extraña curvatura de sus piernas.

- Doctor – lo llamó el recién llegado, encaminándose hacia él.

- Señor Cloutier.

- Monsieur Deniaud me ha enviado a buscarle. Hay un enfermo a bordo del mercante: un pasajero que quiere que usted examine.

El médico asintió, recogió su caja y, colgándosela del hombro, partió precedido por el pirata.

- ¿Qué síntomas tiene? - preguntó, mientras cruzaban el pasillo para subir a cubierta.

- No tengo ni idea – se encogió de hombros Cloutier – Pero es alguien importante, éso seguro. El capitán y la tripulación callaron como muertos cuando Deniaud les preguntó por él. Éso quiere decir que hay gente rica de por medio.

- Tal vez.

Salieron a cubierta y desde ahí cruzaron al otro barco, usando una de las pasarelas que sus compañeros habían tendido para unir ambos navíos durante el abordaje.

Encontraron a la tripulación del mercante agrupada en el centro de la cubierta de éste, todos sentados en el suelo y custodiados por piratas armados que respondían a las órdenes de monsieur Deniaud.

El contramaestre los aguardaba no muy lejos. Rubio y delgado como un palillo, hasta el punto de que la ropa le sobraba por todas partes, los saludó con una inclinación de cabeza y sin hablar – era hombre parco en palabras - los condujo al interior del barco y hasta uno de los camarotes, ubicado al final del pasillo.

Resultó obvio nada más entrar que estaban en las dependencias del capitán. No sólo porque el camarote estaba situado en popa sino porque la cantidad de espacio y la fina decoración en madera de roble y brocados así lo atestiguaban: sólo un oficial de alto rango – o en este caso, un rico comerciante - podría permitirse algo así.

- Está ahí – indicó Deniaud, señalando con un gesto la cama. Era un mueble imponente, dominando la estancia con sus cuatro postes de madera oscura. En ella descansaba un joven en medias y camisa – Lo encontramos al registrar el camarote. Es un niño rico: la seda de sus medias cuesta más que el sueldo de un año para cualquiera de estos marinos. Y nadie quiso responder por él cuando preguntamos: su familia ha de ser muy rica si intentan ocultar su presencia en el barco... Pagarán bien para que se lo devolvamos – sonrió, astuto, el contramaestre.

- Asumiendo que tenga familia – declaró el médico, acercándose hasta el lecho para examinarlo.

El muchacho estaba tumbado bocarriba. No podía tener más de veinte años. Una lacia melena de color castaño enmarcaba sus rasgos bien definidos y su piel blanca, que denotaba una procedencia europea. Estaba visiblemente agotado, apenas consciente. La palidez y el sudor evidenciaban el malestar que sufría y hacían sospechar de una enfermedad que bien podría ser contagiosa.

Era menester, pues, averiguar si había peligro o no en subirlo al barco con ellos. Ningún rescate, por jugoso que fuera, merecía la pena de enfrentarse a un brote de Peste o a las fiebres.

Dejó la caja sobre la mesilla, junto a un bol que contenía los últimos vestigios de algunas manzanas... verdes, a juzgar por las peladuras. Se inclinó y comprobó la temperatura y el pulso de su paciente. Observó la piel y los ojos – de un brillante azul, tal y como pudo comprobar cuando su dueño le dedicó una mirada confusa – en busca de anomalías que no encontró. El interior de la boca estaba sano, con la dentadura en buen estado, aunque la garganta se hallaba ligeramente irritada. Nada extraño, éso, si uno tenía en cuenta el orinal que había sido dejado junto al lecho para contener el vómito...

De improviso, el chico se agarró al lateral de la cama, preso de una violenta arcada. Pudo apartarse a tiempo, pero aún así su paciente le vomitó encima antes de poder evitarlo. El joven no tenía mucho en el estómago, gracias a Dios, pero el vómito se derramó directamente sobre sus botas, arruinándolas.

Los piratas contemplaron el espectáculo con asco y retrocedieron un paso, cautelosos.

- ¿Son las fiebres? - inquirió Cloutier, desconfiado.

- No tiene fiebre – afirmó el médico. Hizo una mueca al inspeccionar su calzado. Iba a tener que limpiarlo a conciencia cuando volviesen al barco – No hay sangre en el vómito y tampoco sufre convulsiones o hemorragias, así que no es la Peste ni la fiebre amarilla. Sus encías tienen un color saludable, así que tampoco se trata del escorbuto.

- ¿Qué le pasa, entonces? - quiso saber Deniaud.

- Tiene el mal del mar: las aguas han estado revueltas estos días. El muchacho lo ha pasado mal – se giró para abrir su caja y sacó una cinta que acto seguido anudó con fuerza en torno a la muñeca del chico - Ésto servirá, de momento. Señor Cloutier, ayúdeme a subirlo al barco. Me ocuparé de él en la enfermería.

- Hasta nueva orden queda bajo su custodia, doctor – dijo Deniaud - Cuando esté en condiciones, avísenos para hablar con él.

Asintió, pues no había mucho más que él pudiera hacer o decir: el destino del joven ya había sido sellado. Con la ayuda de Cloutier, recogió los extremos de la sábana y sacaron juntos al muchacho como si lo transportasen en camilla.



II



La sensación de mareo había desaparecido. Se hallaba en un agradable estado de somnolencia, empañado sólo por las leves molestias de su garganta. Aún así, no había vomitado ni una sola vez en varias horas y éso ya era bastante para él.

Se sentía agradecido de poder dormir en paz por fin. Aún se estaba acostumbrando a la vida en el barco, y, para colmo, durante aquellas semanas había tenido que lidiar con un funesto malestar que se había iniciado nada más abandonar el puerto de La Rochelle. Al principio, la brisa en cubierta y las manzanas que Bonfils le había recomendado comer para combatir el mareo habían ayudado, pero en cuanto llegaron a alta mar y las aguas empezaron a encresparse se sintió tan mal que habían tenido que trasladarlo al camarote del capitán... donde comenzó verdaderamente su infierno. Se vió atrapado en un ciclo de mareos, vómitos y agotamiento, sin hallar apenas descanso y sin poder retener casi nada en el estómago, sintiéndose peor con cada embate de las olas contra el casco del barco, en un mar que no le dió tregua durante días. En mitad de su agonía, rezó por que el viaje terminase pronto y poder alcanzar el puerto de Saint Loïs. Quería pisar tierra firme de nuevo, no volver nunca más al mar si podía evitarlo y vivir a salvo en casa de su hermano, en su nuevo hogar. Había oído muchas cosas sobre la isla, sobre el Caribe, los piratas...

Abrió los ojos bruscamente.

Miró a su alrededor y descubrió, sobresaltado, que ya no se encontraba en el camarote de Bonfils. Este lugar era más pequeño y estaba decorado de forma diferente: la gran cama de roble había sido sustituida por una de menor tamaño, más vieja y humilde. Había una estantería repleta de libros que ocupaba la pared de la derecha y una gran lona de tela a unos metros del lecho separaba la habitación en dos. A la izquierda pudo ver un escritorio, situado bajo un ojo de buey que ejercía de ventana.

- Buenas tardes – saludó un hombre sentado en la silla junto a su cama - ¿Se encuentra mejor?

Lo miró como si fuese una aparición. Ciertamente, podría serlo. No había visto a ese hombre en toda su vida. Era considerablemente alto, con un cuerpo delgado y esbelto que se acomodaba en la silla como un gran felino en una rama. Vestía de verde, con ropas sencillas pero de buena calidad y hechas a medida. Su cabello era largo y rubio, peinado pulcramente hacia atrás y recogido a la altura de la nuca con una cinta oscura. Sus ojos grises reflejaban confianza y una sonrisa amistosa adornaba sus finos labios.

Su presencia contribuyó de alguna manera a relajarlo. No parecía que aquel hombre fuese a hacerle daño, aunque no dejaba de ser un extraño para él. Debía conducirse con cautela:

- ¿Quien es usted? ¿Dónde me encuentro? ¿Qué ha ocurrido?

- Mi nombre es Aloys – se presentó el desconocido - Soy el médico y cirujano del Liberté. Está usted en mi enfermería. Mis compañeros y yo lo recogimos en su barco y se ha decidido que sea usted temporalmente nuestro invitado.

- ¿Invitado? - tragó saliva, confuso - ¿Dónde está el capitán Bonfils? Quisiera hablar con él.

- El capitán se encuentra en estos momentos de camino a Guadalupe: decidió proseguir su ruta una vez los dejamos a él y a sus hombres en libertad.

Lo miró con los ojos desorbitados:

- En libertad... Capturaron ustedes nuestro barco. Son piratas. ¡Me han secuestrado!

- Por favor, no se alarme – el doctor cambió de postura en su asiento y se inclinó hacia él en un gesto que denotaba conciliación y sin duda iba destinado a tranquilizarle – Tenemos intención de devolverle a su familia cuanto antes. Pero primero debe usted decirme su nombre. Mis compañeros quieren saber con quien estamos tratando.

- No diré nada – se apartó de él, asustado.

- Como desee – dijo el médico, sin perder la paciencia. Se puso en pie y se giró para tomar de la mesilla una bandeja que hasta entonces a él le había pasado desapercibida. La colocó en su regazo con diligencia y su estómago no pudo por menos que rugir desesperado ante la visión y el olor de una exquisita sopa de verduras y una generosa pechuga de pollo asada - Cómaselo todo, necesita recuperar fuerzas. Nuestro cocinero es uno de los mejores, estoy seguro de que disfrutará usted de la comida. Y, mientras lo hace, le recomiendo que medite bien las cosas: mis compañeros vendrán a verle antes de que acabe el día y no querrán conformarse con un no por respuesta. Se lo digo como un consejo, no como una amenaza.

Él se lo quedó mirando. La mirada del médico reflejaba comprensión. No había agresión ni soberbia en sus palabras, tan solo conocimiento de causa.

El doctor se despidió y acto seguido se marchó, dejándolo solo tras perderse de vista al cruzar al otro lado de la lona. Él lo vio alejarse sintiendo un nudo de aprensión en el estómago.

Piratas.

Había caído en manos de los piratas.





- ¿Qué tal se encuentra nuestro invitado? - preguntó al verlo en el umbral - ¿Ha despertado ya? ¿Está de humor para charlar?

- Se halla consciente y casi recuperado – declaró el médico, adentrándose en el camarote para tomar asiento frente al escritorio, tras el cual aguardaba el capitán - Lo he dejado tomando un refrigerio. Todavía está conmocionado por las noticias.

- ¿No ha sido suficiente tu encanto personal para quitarle el miedo y hacerle hablar? Me sorprende, doctor – bromeó y se ganó una sonrisa a cambio.

- No es ninguna sorpresa, teniendo en cuenta las circunstancias: nuestro invitado es joven y está asustado. No creo que se haya enfrentado nunca a nada semejante. Aún así, creo que cederá cuando tenga tiempo de valorar la situación.

- Démosle unas horas para pensarlo. Más tarde le haré una visita... espero que el toque femenino lo convenza.

- Estoy seguro de que lo va a sorprender.

- No sería la primera vez – la mujer sonrió - ¿Te apetece una copa?

- Sí, gracias.

La capitana se levantó y caminó hasta un aparador cercano, donde sirvió dos vasos de ron. Volvió al escritorio para entregarle al médico el suyo y tomó asiento de nuevo, reclinándose en la silla como acostumbraba a hacer cuando se hallaba relajada y en confianza.

El médico no pudo evitar mirarla y pensar, mientras bebía, en cómo habían cambiado las cosas durante el último año: doce meses atrás la tripulación tenía otro capitán y el barco otro nombre. Todo éso había cambiando al ser elegida Vianne tras la muerte de su hermano... La joven, que se había hecho pasar por varón desde los trece años, vió descubierto al fin su secreto y la reacción de sus compañeros – después de más de una década de convivencia en hermandad, de luchar, sangrar y sufrir a su lado - fue la de aceptarla, no sin cierto estupor, porque a pesar de todo ella era uno de los suyos, una figura de autoridad apreciada y respetada entre los marineros... De no haber sido así, las cosas habrían sido muy distintas.

El nombramiento de Vianne había traído una nueva realidad al barco: un ambiente más democrático y seguro para todos, un descenso significativo en la mortandad de los miembros de la tripulación, y algunos botines suculentos, que mantenían a los hombres optimistas y contentos... Amén de varias reformas positivas que habían sido largamente demandadas, y algunas que al principio no fueron del agrado de muchos, pero que pronto habían demostrado ser beneficiosas para el bienestar general, por lo que actualmente eran acatadas sin rechistar.

Una de esas reformas tenía que ver con el trato dispensado a los prisioneros. Su invitado se beneficiaría de la regla que prohibía maltratar o ejecutar a los rehenes indiscriminadamente... siempre y cuando las circunstancias o su propia actitud no los forzase a lo contrario.

Lo habían subido al barco para pedir rescate por él y ciertamente no podrían hacer éso si no sabían a que familia debían demandar el dinero.

El doctor sabía que Vianne se aseguraría de sacarle la información al muchacho por métodos que no atentasen contra su integridad, prefiriendo amedrentarlo antes que dañarlo. Pero si el chico optaba por permanecer en sus trece...

Bueno, ninguno de ellos quería llegar hasta ese extremo.





III



No había escapatoria.

Tras la marcha del médico, y una vez hubo recuperado fuerzas con la comida, había abandonado el lecho y recorrido la estancia en busca de una salida. La puerta del camarote estaba cerrada con llave y no había otra forma de abandonarlo que no fuese usando las ventanas: la del excusado era demasiado estrecha y las otras dos, aunque espaciosas, solo le conducirían a darse un indeseado chapuzón.

Sobre su cabeza sólo se extendían el cielo y los tres palos del barco. A sus pies, el océano, azul y vasto. No había tierra firme en millas...

Resopló, frustrado, y se bajó del escritorio donde se había subido para mirar a través del ojo de buey.

Trató de pensar.

Estaba atrapado en aquel barco. Se hallaba a merced de unos piratas, que sin duda harían uso de la tortura y otros infames métodos para sacarle la información que querían. Aunque se había negado a hablar frente al médico, lo cierto era que después de pensarlo durante un rato había llegado a la conclusión de que el hombre tenía razón: no podía persistir en semejante actitud. No, si quería conservar su integridad o su vida.

Quieren saber quien soy – pensó – para saber a quien deben pedir el rescate. Bernard se va a poner furioso. Tal vez incluso intente combatirles.

¿Debería esperar a que éso ocurriese? ¿Tenía su hermano los recursos necesarios para vencer a los piratas? Sin duda haría que los colgasen a todos por atreverse a secuestrar a su hermano menor. Pero, mientras tanto...

Debo mantenerme a salvo – meditó. Frunció el ceño – Quizá no me hagan daño si piensan que colaboro y no me ven como una amenaza para ellos. Podría incluso ganarme su confianza y tratar de escapar si tengo la oportunidad. Además, cuanto antes les comunique mi identidad, antes tendrá mi hermano noticias de lo ocurrido... ésa sería la forma más rápida de poner fin a todo esto.

No quería doblegarse ante los piratas. Mucho menos que su familia tuviese que desprenderse de la que de seguro sería una abultada suma de dinero. Pero tampoco deseaba padecer o perder la vida a manos de sus captores. ¿Qué ganaba con éso? ¿Lo considerarían un héroe por morir sin dar su brazo a torcer? ¿O simplemente sería recordado por su temeridad y estupidez?

Debía mantener la calma. Y usar la cabeza.

Su hermano haría cuanto estuviese en su mano para impedir que le ocurriese nada malo. Bernard lo quería vivo y entero, en Saint Loïs, para que pudiese cumplir su deber con la familia e iniciar una nueva vida en la isla.

Él no se negaba a hacerlo, de hecho. Aunque no se le había concedido el privilegio de emitir su opinión al respecto, lo cierto era que encontraba la idea más que apetecible: cambiar la bucólica y apacible campiña francesa por el ardiente y fascinante Caribe, sobre el que tantas historias se contaban en Europa, y que tantas cosas nuevas tenía que ofrecer a los recién llegados como él. Amaba su tierra natal como cualquiera, pero no le importaba abandonar las bondades del campo a cambio de descubrir el Nuevo Mundo.

En cuanto a los piratas...

No había otra solución. Debía seguirles el juego, sobrevivir hasta que su hermano viniese a rescatarlo. Con suerte, serían solo unas cuantas semanas. Podía soportarlo.

Desvió su mirada azul hacia la puerta del camarote y la contempló frunciendo el entrecejo, desafiante.

Cuando sus secuestradores viniesen por él, estaría preparado.



Llegaron dos horas antes de la cena.

Estaba leyendo un libro en la cama cuando se abrió la puerta del camarote y pudo oír claramente entrar a dos personas.

Dejó enseguida el libro a un lado y se levantó para recibir a sus visitantes, cruzando al otro lado de la lona. Al doctor ya lo conocía, por lo que su mirada recayó de inmediato en su acompañante: alto y delgado, pero de hombros anchos igual que él. Sus ojos eran de color claro y su cabello rojo, recogido en una cinta a la altura de la nuca. Vestía pantalones y casaca azul oscuro, con sombrero y botas en lugar de zapatos, espada al cinto y una banda cruzada al pecho portando dos pistolas.

Si su atuendo en sí resultaba un tanto chocante, lo era mucho más el hecho de que aquel hombre tenía pechos.

Retrocedió estupefacto, mirando a su visitante de arriba abajo sin poder creer lo que estaba viendo:

- ¡Una mujer!

La susodicha sonrió, divertida por su reacción.

- ¿Nunca había visto una?

- No. Quiero decir... Sí, claro – se sonrojó y ante las miradas divertidas de los otros dos, hizo un esfuerzo por mantener la compostura - Creía que los piratas no permitían mujeres a bordo.

- No las permiten. Pero yo fuí elegida por mi tripulación para liderar el barco: soy la capitana Misson. Seré su anfitriona mientras esté con nosotros. Está usted bajo mi custodia, señor...

- Delaney. Remi Delaney.

- Monsieur Delaney. ¿Dígame, quien es su familia y a qué se dedica?

- Mi única familia es mi hermano, madame. Es el gobernador de Saint Loïs.

La pirata y el médico lo observaron con sorpresa e intercambiaron una mirada entre ellos, antes de que la capitana volviese a centrar su atención en él:

- ¡Vaya! Bernard Delaney... es un nombre conocido en las Antillas Francesas. Le agradezco su amabilidad al informarnos, monsieur. Pondremos rumbo a Saint Loïs enseguida y le escribiré a su hermano conforme nos acerquemos a la isla. Confío en que responderá pronto. Si necesita alguna cosa más, por favor, hágalo saber: en este barco sabemos brindar hospitalidad. Y no encuentro razón para hacer incómoda su estancia entre nosotros.

Él asintió, conforme. Un momento después, carraspeó.

- Disculpe, capitán. ¿Sería posible conseguirme algo de ropa? Fuí subido al barco sin más que una camisola... quisiera poder vestirme apropiadamente.

- Por supuesto. Haré que le traigan algunas prendas – lo calibró con la mirada para hacerse una idea de sus medidas y, acto seguido, se giró de nuevo para mirar al médico - ¿Se ocupará usted de poner a nuestro invitado al tanto de todo, doctor?

- Yo me encargo – asintió el médico.

- En ese caso, los dejo. Un placer conocerle, monsieur Delaney. Me honraría contar esta noche con su presencia en mi mesa, si está dispuesto.

- Gracias, capitán. Allí estaré.

La mujer se marchó. Él quedó a solas con el médico, mirándose – sopesándose – ambos el uno al otro. Finalmente, tras largos segundos de escrutinio, el doctor esbozó una sonrisa y habló:

- Me alegra que haya cambiado de opinión. Hablarle al capitán sobre su hermano ha sido lo más sensato.

- ¿Qué esperaba que hiciera?

- Al principio se negó usted rotundamente a hablar – le recordó y por su tono parecía más divertido que censurador.

- Éso fue antes de darme cuenta de que no puedo huir de este lugar. Empecinarse no sirve de nada. La muerte o la tortura no son destinos que yo desee, así que, como usted bien ha dicho, decir la verdad en esta ocasión era lo más sensato.

- No se arrepentirá. Y no tendrá usted queja de nuestro trato... siempre y cuando cumpla las reglas.

- ¿Qué reglas son esas?

- Será usted nuestro rehén hasta que hagamos el intercambio y mientras tanto estará a mi cargo. No tiene permiso para abandonar el camarote ni para deambular por el barco, a menos que lo haga en mi compañía. Y si necesita usar la letrina, tiene que pedir permiso... o puede utilizar uno de los orinales de la enfermería – Remi asintió, indicando que comprendía. Pasaron unos segundos hasta que el médico volvió a hablar, siempre con aquel tono refinado y amable que contribuía extrañamente a tranquilizarle: - Esta noche cenará usted en el camarote del capitán. Yo les acompañaré durante la velada y lo normal es que se nos una también monsieur Deniaud, nuestro contramaestre. La invitación es un acto de cortesía, como ya habrá podido adivinar. No es la norma: durante su estancia aquí comerá usted conmigo en la enfermería, a no ser que decidamos lo contrario, ¿de acuerdo?

- De acuerdo.

El doctor hizo una pausa y añadió, con semblante pétreo:

- Tengo que decírselo, aunque confío en que no habrá necesidad de repetirlo: si no cumple usted las normas, perderá el privilegio de ser bien tratado y pasará el resto del viaje encadenado en la bodega. Si muestra una actitud inapropiada, beligerante, o si intenta escapar... la capitana en persona le aplicará un castigo ejemplar frente a toda la tripulación. ¿Lo entiende?

- Lo entiendo – asintió. Tragó saliva - ¿Cuanto tiempo estaré retenido?

- Hasta que el gobernador pague el rescate. Con suerte, no será más de un mes. El intercambio se llevará a cabo a una distancia prudencial de Saint Loïs. No se preocupe, antes de que se dé cuenta estará usted navegando con su hermano rumbo a casa, intacto.

El joven suspiró al pensarlo.

- Es lo que más deseo.

- Le entiendo – el doctor asintió, comprensivo - ¿Le gustaría darse un baño? Tras haber pasado días en cama, estoy seguro de que lo ayudará a sentirse mejor.

- Sí, gracias. Yo también lo pienso así.

- Muy bien, entonces. Y dado que ambos sabemos que se ha esforzado usted por hallar una salida a su situación – esbozó una sonrisa - imagino que en el proceso habrá visto el cubo que cuelga detrás de esa ventana – se la señaló. Remi asintió – Úselo para recoger el agua del mar y llenar la bañera con ella. Supongo que ya sabe donde está el excusado.

- Lo sé.

- Si desea calentar el agua, puede encender el fogón del fondo. ¿Sabrá hacerlo solo?

- Por supuesto – la duda lo ofendía - No soy un inútil, doctor, ni tampoco soy manco.

- No pretendía insinuar tal cosa. Estaba pensando que tal vez su alcurnia no lo haya preparado para ese tipo de tareas.

- Mi alcurnia no es tan elevada como pueda parecer. Le sorprendería el tipo de tareas para las que estoy preparado, monsieur – declaró y se ganó una genuina sonrisa a cambio.

- Celebro oír eso. Ahora, si me disculpa, tengo trabajo que hacer. Disfrute de su baño, monsieur Delaney.

- Gracias, eso haré.

Se alejó en dirección a la ventana, pasando muy erguido junto al médico. Lo ignoró mientras abría la ventana y sacaba medio cuerpo fuera para hacerse con el cubo y comenzaba a maniobrar con él para obtener el agua. Con alcurnia o sin ella, era perfectamente capaz de preparar un baño sin ayuda: el proceso era tan simple como llenar el cubo y luego verterlo en la bañera. Ya había visto con anterioridad como se hacía... y encender un fogón no era distinto a prender una chimenea. Él conocía la rutina, pues era el encargado de hacerlo cada invierno en el dormitorio que compartía con sus compañeros en el internado. Así pues, estaba sobradamente preparado para desempeñar ambas tareas.

Concentrado como estaba en su labor, no se percató en sus idas y venidas de la sonrisa del doctor, quien había demorado por un momento su vuelta al trabajo para observarlo. No pudo ver la satisfacción en los ojos del galeno al comprobar como su rehén no desdeñaba el trabajo y lo llevaba a cabo con la dignidad de un rey... aún vestido con una simple camisola.

Remi no lo sabría hasta mucho más tarde, pero su negativa a rendirse ante una situación que le era adversa le granjeó de forma instantánea la simpatía del médico.







IV



Después de un relajante baño, y vestido con las ropas que un marinero trajo para él de parte del capitán, Remi acudió aquella noche a cenar en compañía del doctor.

El camarote de la capitana Misson se hallaba a unos pasos de la enfermería, en el mismo pasillo. Aloys llamó a la puerta y ambos entraron tras recibir la orden de paso desde el otro lado.

Remi miró a su alrededor, preso de una innata curiosidad. El camarote era amplio, con cortinajes drapeados en las ventanas y un gran escritorio al fondo con tres sillas, rodeado por estanterías de suelo a techo construídas en la pared y repletas de libros. A la derecha colgaba una gran litera de madera y a la izquierda se alzaba un bonito biombo de diseño oriental, entre cuyas rendijas el joven pudo vislumbrar al pasar una jofaina y un espejo, y algo que parecía ser un gran arcón. Sin duda, aquella era el área de aseo del camarote, lo que justificaba una mayor privacidad respecto al resto de la estancia.

El centro de la habitación era ocupado por una enorme mesa de roble. Remi podía imaginarla repleta de mapas e instrumentos de navegación, aunque ahora lucía engalanada con un mantel de hilo blanco y sobre su superficie había bandejas con viandas y jarras de cristal tallado que contenían vino tinto.

La capitana Misson estaba sentada a la cabecera de la mesa, charlando con otro hombre que debía de ser el contramaestre del que le habían hablado: rubio y espigado, vestía casaca azul y botas de cuero, lo que lo identificaba claramente como uno de los oficiales de la tripulación.

Al verlos llegar, tanto Vianne como su acompañante se levantaron para recibirlos:

- Bienvenidos – saludó la capitana con cordialidad – Por favor, siéntense. Pedro nos ha preparado una cena excelente, como de costumbre. ¿Les apetece una copa de vino?

Al gesto de asentimiento del doctor, su anfitriona les sirvió en sendas copas de cristal tallado, cuyo diseño iba a juego con las jarras. Una vez dado el primer sorbo y mientras aún disfrutaban del sabor afrutado del vino en sus paladares, los cuatro tomaron asiento. Remi observó discretamente a sus compañeros de mesa, aunque su atención fue pronto atraída por los exquisitos platos que se extendían ante sus ojos: una bandeja repleta de fruta de la mejor calidad, algunas de ellas exóticas, pues no las había visto nunca y seguramente debían proceder de las Antillas; un enorme faisán asado; una sopera que despedía un embriagante olor a pescado; y para completar el delicioso cuadro, una tarta normanda cuyo aroma hizo rugir vergonzosamente a su estómago.

- Huele muy bien – alabó, intentando disimular cuando los otros lo miraron.

- Y sabe aún mejor – sonrió Vianne, antes de hacer los honores para que diese comienzo la cena.

- Así que su hermano es el gobernador de Saint Loïs – dijo monsieur Deniaud, al cabo de un rato. El contramaestre clavó sus ojos marrones en él con suspicacia.

- Sí, señor.

- He oído hablar de él: un hombre astuto, según dicen. Su isla ha prosperado casi de la nada en tan sólo cinco años.

- Bernard es un hombre muy competente, monsieur. Se toma sus responsabilidades muy en serio y siempre ha tenido el afán de superarse. Cuando su Majestad lo nombró gobernador, sintió que debía honrar su deber lo mejor posible.

- Sin duda lo ha hecho. ¿Va usted a seguir su ejemplo? ¿Honrará su deber, cuando se reúna con él en Saint Loïs?

- Esa es mi intención – asintió Remi – Está previsto que ayude a mi hermano con las cuestiones del comercio en la isla.

- ¿Es usted comerciante? - inquirió Vianne, curiosa.

- Aprendí las habilidades básicas en la escuela, madame. Y aprenderé mucho más trabajando para mi futuro suegro.

- Va usted a casarse - el médico lo miró sorprendido, dejando su copa a medio elevar en el aire.

- Así es. A mi llegada a Saint Löis está previsto que contraiga nupcias con la hija de monsieur Giroux.

- Caroline Giroux - Vianne frunció el ceño, intrigada – Se habla de ella en las Antillas... aunque no se sabe mucho sobre su persona. Es una figura misteriosa.

- Dicen que no es para nada agraciada – declaró Deniaud, una burlona sonrisa adornando sus labios – Algunos piensan que es una criatura deforme: cuentan que por éso su padre la encerró en un convento a los tres años, nada más morir su madre.

- Henri – amonestó el doctor, apretando ligeramente los labios – No creo que debamos dar crédito a habladurías sin fundamento.

- Yo sólo cuento lo que dicen, doctor. Personalmente no conozco a la joven ni tengo nada en su contra.

- Las malas lenguas mienten, monsieur – replicó Remi, molesto por el insulto a su prometida - Mi hermano conoce bien a la familia de la dama y siempre ha alabado las cualidades y la belleza de mademoiselle Giroux. Puedo asegurar que no hay nada malo en ella. Y si fue puesta a cargo de las Clarisas de la isla, no se debió a ninguna deformidad sino al deseo expreso de su padre de que mademoiselle recibiera una esmerada educación y de que su virtud quedase preservada de los vicios y peligros del mundo.

- Los vicios y peligros del mundo no se quedan a las puertas de un convento – intervino Vianne, mirándolo ceñuda - Lo sagrado no basta para protegerse. Encerrar a un individuo entre cuatro paredes no lo preserva de nada, lo único que se consigue con éso es aislarlo del mundo y privarlo de su libertad... una libertad que el mismo Dios nos concedió al crearnos. Por lo tanto, no se nos puede ni debe negar.

- Estoy seguro de que monsieur Giroux no pretendía eso, madame. Lo que hizo lo hizo pensando en el bienestar de su hija.

- A veces nuestras intenciones y nuestras acciones difieren, monsieur. Personalmente, soy de la opinión de que nadie debería ser encerrado. No importa el motivo.

Fue tan tajante su tono que Remi no pudo evitar sentirse de alguna forma atacado. Sabía que no debía responder a ningún acto de provocación, que no era sensato hacerlo, pero lo hizo antes de poder evitarlo:

- Siendo así, ambos debemos coincidir en que tiene usted razón, capitán. Yo añadiría además que no sólo nuestras intenciones, sino también nuestro discurso puede diferir de nuestras acciones. Usted misma es prueba de lo que digo: defiende la libertad a ultranza... mientras priva de ella a sus rehenes, en pos de beneficiarse del rescate que sus familias pagan por ellos.

En la mesa se hizo el silencio. Remi pudo sentir al instante todas las miradas sobre él, cargadas de sorpresa y reprobación a partes iguales. Tragó saliva, percatándose de inmediato de su impertinencia y de que ésta iba a costarle sin duda un castigo.

Deniaud fue el primero el levantarse, con el rostro colorado de indignación:

- ¡Pequeño...!

- Henri - la capitana lo contuvo, posando una mano firme sobre su antebrazo – No hay por qué alterarse. Nuestro invitado está cansado, sin duda las emociones del día han traicionado a su lengua.

- No me importa su estúpida lengua...

- Debería: hay que tener las circunstancias en cuenta – lo miró de forma significativa, antes de girarse para observar con semblante serio al médico y al muchacho – Lo dejaremos pasar por esta vez. Doctor, lleve a monsieur Delaney de vuelta a la enfermería. Que descanse. Y si mañana por la mañana su disconformidad persiste, ya sabe lo que tiene que hacer.

- Sí, capitán – el galeno se puso en pie, traspasando a Remi con la mirada - Vamos.

Remi se puso en pie, murmurando unas disculpas atropelladas antes de apresurarse en pos del médico hacia la salida. Vianne lo despidió con un gesto mientras a su lado monsieur Deniaud bufaba y hacía aspavientos al sentarse.

La capitana, por su parte, se sirvió otra copa de vino y bebió con parsimonia.

Estaba enfadada. Había estado de hecho a un paso de castigar a ese insolente por su osadía. Pero no podía negar que el chico tenía arrestos – o tal vez era simple insensatez - al decir lo que pensaba... e incluso era posible que tuviese parte de razón.



- Lo siento – se disculpó Remi, en cuanto atravesaron el umbral de la enfermería.

Aloys resopló, cerrando la puerta a sus espaldas. El muchacho lo había decepcionado con su estupidez. Estaba enfadado y ahora que no tenían público no había necesidad de contenerse:

- ¿¡Se puede saber en qué demonios estaba pensando!? - lo encaró - ¿Acaso no fuí claro con usted? ¿No le expliqué cuales eran las normas y las consecuencias de incumplirlas?

- Lo hizo. Y comprendo su enfado, tiene todo el derecho...

- ¿Por qué no me ha hecho caso? ¿Cómo se le ocurre ofender al capitán de esa manera? La ha llamado usted hipócrita en su propia cara.

- No era mi intención. Me sentí atacado por sus palabras. Ella fue tan tajante que...

- A menudo lo es. Forma parte de su carácter, no se trata de nada personal. Vianne siempre ha sido una mujer apasionada en sus convicciones.

- Ahora lo sé. Y lamento mucho lo ocurrido – se disculpó de nuevo. Estaba verdaderamente arrepentido – Fue un acto temerario y estúpido. Mañana mismo me disculparé con la capitana.

- Hará usted bien. Y de ahora en adelante, cuide su lengua. Y su actitud. Ya se ha ganado usted la animadversión de Deniaud, y ése es un hombre que no olvida fácilmente las afrentas. Absténgase de provocarlo en el futuro. En cuanto al capitán, sepa usted que su comprensión es limitada cuando se trata de aquellos que cuestionan su autoridad. La próxima vez no tendrá usted tanta suerte.

- No habrá próxima vez, se lo prometo. He comprendido mi error.

- Más le vale – resopló, apartando su mirada de él y posándola sobre la hilera de literas de la izquierda, que normalmente podía acoger hasta ocho pacientes, aunque ahora todas estaban vacías - Escoja una cama: dormirá en ella mientras esté aquí... éso si no mete la pata de nuevo y hace que lo manden a la bodega.

- Éso no ocurrirá, ya se lo he dicho.

- Y espero que sea verdad, porque mi palabra no tiene tanto peso en este barco. No puedo ayudarle, ¿lo entiende? No tiene usted amigos ni protectores aquí. Su supervivencia depende solamente de usted mismo. Aprenda esa lección cuanto antes si no quiere tener que pagar las consecuencias.

- Lo haré. Cumpliré las normas. No tendrá que preocuparse por mí en el futuro, se lo aseguro.

- No me preocupo por usted – renegó. A continuación bufó – Ni siquiera le conozco. Esta mañana pensaba que era usted un muchacho inteligente y que sabría conducirse como es debido en estas circunstancias, pero me he dado cuenta de que es solo un jovencito insensato que no sabe contener su lengua – lo traspasó con la mirada y Remi bajó la vista, avergonzado como un niño reprendido por su padre - Buenas noches, monsieur. Nos vemos mañana.

- Buenas noches, doctor.

El médico se alejó, desapareciendo al otro lado de la lona. Remi observó la sombra del hombre mientras éste se preparaba para meterse en la cama. Tragó saliva, reprendiéndose a sí mismo por haber metido la pata y no haber sabido contener su temperamento ni sus palabras. En una situación como la suya, eso era lo que menos necesitaba.

Además, descubrió que una pequeña parte de él se sentía disgustada por haber decepcionado al doctor. Mientras escogía una de las literas de abajo para dormir, se recordó a sí mismo que cumplir las expectativas del médico no era su cometido. No estaba obligado a ello ni debía preocuparse porque el galeno se sintiese defraudado por él... Sin embargo, nunca le había gustado decepcionar a nadie.

Aloys se había portado bien con él y dijera lo que dijera, sabía que sí se preocupaba por su bienestar... por su integridad, al menos. El doctor no iba a admitirlo, por supuesto: ambos eran desconocidos y el médico no podía ir por ahí compadeciéndose de los rehenes del barco. Él se hallaba en el bando de los piratas, con todo lo que eso conllevaba.

Aún así, es lo bastante noble como para preocuparse por los demás – pensó – Se siente frustrado porque sabe que no podrá ayudarme, si yo no me ayudo a mí mismo. Ningún malhechor sin escrúpulos se preocuparía por éso. No, ésto demuestra que es un buen hombre.

Envolviéndose en las sábanas, se prometió a sí mismo que no volvería a meter la pata. No volvería a poner su integridad en peligro y procuraría no disgustar a su amable guardián. A partir de ahora sería prudente y sensato. No debía perder de vista cual era su verdadera posición en aquel barco.

No pensaba cometer el mismo error dos veces.

V



A la mañana siguiente, tras el desayuno, Remi le pidió permiso para ir a ver al capitán.

Él se lo concedió, por supuesto, viéndole marchar con un suspiro. La verdad era que ya no estaba enfadado con él. De hecho, aquella mañana el chico había dado claras muestras de querer enmendarse, haciendo gala de un comportamiento que buscaba compensar, con esa mirada de cachorro que lo había hecho plantearse si quizás no habría sido demasiado duro con él al reprenderle la noche anterior. Mal que bien era sólo un muchacho y los muchachos hacían tonterías de vez en cuando. Sobre todo si tenían que lidiar con el hecho de ser secuestrados y retenidos por piratas, con el consecuente peligro para su integridad. Además, el joven había comprendido enseguida su error...

No te ablandes – se dijo a sí mismo – Fuiste duro con él para que aprendiese la lección y parece que lo ha hecho. No hay nada de lo que arrepentirse.

Éso era cierto. Aunque después de darle vueltas a lo sucedido, no podía evitar pensar que las palabras del chico habían estado cargadas de razón. Estaba seguro de que Vianne también se habría percatado de ello. Era una mujer inteligente y pocos detalles se le escapaban, normalmente. Seguramente por éso no lo había castigado. El muchacho había tenido esa suerte. De otro modo ahora estaría encadenado en la bodega, aguardando para recibir su castigo frente a todos. Y él tendría que ir luego a curarle las heridas...

Hizo una mueca. No quería pensar en éso. No era su deseo que el joven saliese lastimado, ni quería tener que repetir la desagradable experiencia de atender a un prisionero maltratado. Antes de que Vianne fuese elegida como capitán, se había visto obligado a atender a muchos en esa situación y jamás había sido plato de su gusto.

Afortunadamente, sabía que no tendría que enfrentarse a éso con monsieur Delaney. A menos que el muchacho fuese lo bastante estúpido como para hacer enojar a Vianne de nuevo y él estaba casi seguro de que éso no ocurriría.

Media hora después de su marcha, el chico regresó. Para entonces Aloys se hallaba frente a su escritorio, trabajando. El joven se le acercó, no sin cierto titubeo, y él dejó lo que estaba haciendo para atenderlo.

- ¿Cómo ha ido?

- Bien – suspiró. Parecía aliviado - La capitana y yo estamos en paz.

- Me alegro - viendo que el muchacho no se apartaba de su lado y lo miraba expectante, añadió: - ¿Quería usted decirme algo más?

- Había pensado... - carraspeó el joven, reuniendo el coraje para hablar – Deseo hacerle una petición, doctor.

- ¿A mí? - Aloys arqueó las cejas, invadido por la curiosidad - ¿De qué se trata?

- No me he atrevido a pedírselo al capitán, porque no sabía como iba a reaccionar. Quizá, dada mi posición en el barco, mi petición resulte poco ortodoxa. Es por éso que prefiero discutirlo con usted primero y ver que opina al respecto.

- Adelante – le señaló con un gesto la cama, donde el chico se sentó para hablarle – Soy todo oídos.

- Sé que aún me quedan varias semanas aquí. No hay mucho que yo pueda hacer en ese tiempo, salvo leer, cosa que no deseo hacer eternamente. Por éso había pensado buscarme una ocupación de provecho: alguna de mis habilidades podrían ser de utilidad en el barco. ¿Qué le parece la idea?

El joven lo observó con curiosidad, aguardando su veredicto. Aloys lo sopesó:

- No es una petición muy común, es cierto, aunque tampoco es del todo inusual. De hecho, podría ser perfectamente factible – se inclinó ligeramente hacia delante, interesado - Dígame, ¿sabe usted algo de navegación?

- Muy poco, me temo. Había pensado más bien en ser su ayudante.

- ¿Mi ayudante? - éso llamó su atención - No sabía que tuviese usted conocimientos de medicina, monsieur.

- No los tengo – hizo una mueca al ver que lo miraba con escepticismo y se apresuró a añadir: - Pero sé leer y escribir en dos idiomas. Podría ayudarle con el inventario. Se me dan muy bien los números y usted ha visto que puedo realizar labores sencillas.

- ¿Qué más sabe hacer, aparte de encender el fogón y preparar un baño? - preguntó, intrigado.

- Puedo hacer las camas. Y sé utilizar una escoba... hasta podría vaciar los orinales, si es necesario. He visto como se hace.

- Aprecio su buena disposición, monsieur – reconoció, asintiendo - Sin duda todas esas son habilidades muy útiles, pero me pregunto si las tareas que ha mencionado no serán demasiado bajas para un hombre de su condición.

- Mi condición no será un problema – aseguró – Aunque mi hermano sea gobernador y nuestro apellido sea antiguo y de renombre, nuestra familia nunca ha traspasado los límites de la nobleza rural: somos meros terratenientes, monsieur – lo observó con genuina humildad y eso conmovió al doctor - Además, no tengo nada mejor que hacer y quisiera contribuir, si se me permite.

El médico observó su rostro con detenimiento, en busca de una mentira, y tuvo que desistir al poco tiempo. El muchacho estaba siendo sincero, aunque él no dejaba de plantearse cuales eran sus verdaderas intenciones en aquello. ¿Tamaña disposición y deseo de arrimar el hombro eran reales, o se trataba sólo de una argucia para ganarse su confianza y la del resto de tripulantes? ¿Pretendía hacerse útil a ojos de todos, tal vez incluso despertar su afecto, y así obtener alguna ventaja sobre ellos? Puede que desease conseguir una mayor libertad, librarse de su encierro en la enfermería quizás...

A pesar de todo, tenía que admitir que no era una mala idea. De hecho, tener un ayudante no le vendría mal. Si no se fiaba de él sólo tenía que vigilarlo bien... y ésa era ya su obligación, al fin y al cabo. En todo caso, tampoco era aún seguro que Vianne aceptase su propuesta. Si lo hacía, desde luego sería con condiciones: si él mismo tenía sus dudas al respecto, ella se fiaría aún menos del muchacho y actuaría en consecuencia. No permitiría que aquel jovencito causase ningún perjuicio a sus planes ni a sus hombres.

- Debemos informar al capitán – declaró - Es ella quien debe dar el visto bueno a su propuesta. Iré a verla después del almuerzo y veremos qué dice. Por si acaso, no se haga ilusiones. No hay ninguna garantía de que vaya a conseguir lo que desea.

- Está bien – asintió el joven, conforme – Gracias de todas formas, doctor.

Aloys frunció el entrecejo mientras lo observaba, sopesándolo como candidato:

- Dígame, ¿se incomoda usted al ver sangre?

- No.

- ¿Cuánta sangre exactamente ha visto en su vida? Es importante: algunas personas no pueden soportar su visión y se desmayan al verla.

- No es mi caso – Remi negó con la cabeza – Recuerdo haber visto una fractura limpia: un accidente que sufrió uno de mis compañeros en el internado, hace un año. Podía vislumbrarse el hueso, era muy desagradable.

- ¿Y no le afectó? - inquirió, intrigado por su entereza.

- No.

- Bueno, éso servirá, supongo – suspiró, antes de recordar algo: - Perdone, ¿qué idiomas ha dicho que habla?

- No lo he dicho, en realidad, pero hablo francés y español.

- Ya veo.

Se levantó de la silla y caminó hasta cruzar al otro lado de la lona, atravesando la estancia en dirección a la botica, cuya entrada quedaba justo al lado de la del excusado, y regresando al cabo de unos minutos con un cubo que puso sobre el regazo de Remi. Bajando la mirada, el muchacho vio que en su interior había un cepillo, un trapo limpio y una enorme pastilla de jabón de color verde.

- Limpie el suelo de la enfermería – le indicó, cuando el joven alzó la vista para mirarlo, sin entender – Será una de sus tareas básicas si se convierte usted en mi ayudante, así que quiero comprobar que es capaz de hacerlo. Inspeccionaré su trabajo y si el resultado me complace, recomendaré a la capitana que acepte su propuesta.

- De acuerdo – se puso en pie, decidido - No tendrá usted queja de mi labor, doctor.

- Éso espero.

El chico asintió y partió, dispuesto a cumplir su cometido. Aloys fue tras él y se detuvo a una distancia prudencial para observar interesado como el joven dejaba el cepillo, el trapo y el jabón en el suelo, al lado de una de las camas, y se acercaba hasta la ventana para recoger un poco de agua. Segundos después lo veía depositar el cubo en el suelo junto a los utensilios de limpieza y arrodillarse, listo para empezar.

Titubeó durante algunos instantes. Después tomó el jabón con decisión y el médico suspiró para sí cuando lo vio frotar la pastilla directamente sobre las tablas del suelo, sin pasarla por agua siquiera, haciendo aún más evidente el hecho de que no tenía ni idea de lo que estaba haciendo. Él ya sabía que no podía esperar que un muchacho de su clase supiese realizar ese tipo de labores, aunque sorprendentemente era capaz de llevar a cabo algunas de ellas. En algún momento de su vida las habría aprendido o visto realizar. Sin embargo, era obvio que su joven cautivo no había sostenido un trapo de limpieza en su vida... mucho menos estaba acostumbrado a utilizarlo.

Caminó hasta él y lo tocó suavemente en el hombro para llamar su atención. Remi alzó la vista para mirarlo y al ver su rostro, compuso una expresión de circunstancias. Estaba intentando hacer las cosas bien, pero ambos eran conscientes de su ignorancia respecto a ciertas labores:

- Es más fácil si moja el jabón primero y luego utiliza el cepillo para limpiar el suelo – le recomendó, con tono amable. No pretendía ser condescendiente, pero alguien tenía que enseñarle - El trapo empapado lo puede usar para aclarar los restos de jabón.

- Gracias – hizo una mueca, avergonzado - Perdone, no tengo costumbre de...

- No se preocupe, monsieur, se está usted esforzando – esbozó una sonrisa que buscaba confortarlo - Eso también cuenta.

El muchacho correspondió a su sonrisa y el gesto suavizó sus rasgos, iluminando sus ojos azules, que eran más hermosos cuanto más de cerca se apreciaban.

Aloys apartó la mirada y se alejó unos pasos para tomar distancia de su futuro aprendiz durante la inspección. Mientras el chico volvía a sus quehaceres con una determinación renovada, no pudo evitar hacer una mueca al contemplarlo: el muchacho ponía mucho empeño, pero aún así él no estaba seguro de aquello. ¿Qué clase de ayudante iba a ser el joven Delaney? No sabía ni manejar un trapo y sus conocimientos de medicina eran prácticamente nulos...

Suspiró.

Podía acabar arrepintiéndose, incluso si Vianne le daba su visto bueno.



Vianne estaba en cubierta, pues acababa de reemplazar a Cloutier tras la rueda del timón.

Mantener fijo el rumbo del barco requería de una persona que manejase el timón las veinticuatro horas del día, vigilando que el navío no se desviase de su ruta. Para ello se habían establecido turnos de cuatro horas para los marineros, que iban rotando y repartían sus tareas entre la cubierta superior y la sentina, donde las bombas trabajaban todo el día achicando el agua que se filtraba en la parte inferior del barco, la cual estaba en contacto permanente con el mar y terminaba convertida en un pantano de aguas estancadas si no se drenaba bien y de forma constante.

Entre sus labores como capitán no estaba la de bajar a la sentina, pero en cambio si tenía que vigilar el rumbo del barco. Y mientras lo hacía, sus ojos se recreaban observando a los hombres trabajar a su alrededor, una visión que siempre la había hecho sentir relajada, pues le transmitía la paz de lo cotidiano. Veía a los marineros trajinando con las velas, manejando los cabos y a un par de grumetes que competían entre ellos para ver quien era capaz de deslizar la mopa más rápido de un extremo a otro de la cubierta. Al fondo, en el castillo de proa, otro grupo de muchachos – ninguno de ellos tenía menos de quince años. Reglas del barco – lavaba la ropa de la marinería en una tina de madera, charlando y bromeando entre ellos.

Vianne esbozó una sonrisa satisfecha. Aquel era otro día tranquilo de trabajo...

- Capitán, ¿podría concederme un momento?

Giró la cabeza siguiendo el sonido de su voz y al hacerlo se encontró de lleno con el médico. Estaba de pie a su izquierda, con su apariencia pulcra y elegante de siempre y las manos enlazadas a la espalda, en un gesto que era habitual en él.

- Buenas tardes, Aloys. Dime, ¿qué quieres contarme?

- Nada relevante, en realidad. Venía a pedirte permiso.

- ¿Para qué? - inquirió, intrigada.

- Monsieur Delaney ha manifestado su deseo de ayudarme en la enfermería. Le he dicho que eras tú quien debía aprobar su decisión.

La mujer frunció el entrecejo.

- No me dijo nada cuando vino a verme esta mañana.

- Según él, desconocía cual sería tu reacción debido a lo poco usual de su propuesta. Habló conmigo para conocer mi opinión antes de comunicártelo.

- ¿Y cual es tu opinión? - inquirió ella, mirándolo con curiosidad.

Aloys suspiró mientras lo sopesaba.

- Bueno, es evidente que el muchacho desea el puesto: le encargué una sencilla tarea para ponerlo a prueba y la llevó a cabo con esmero y sin rechistar, a pesar de no tener ni idea y de ser una labor indigna de su estatus.

- ¿Te fías de sus intenciones? ¿Crees qué es honesto, o su deseo de ayudar responde a algún astuto plan? Tal vez esté intentando ganarse nuestra confianza para obtener alguna ventaja durante su cautiverio.

- Podría ser – admitió – Desde luego tiene inteligencia para éso y más. Es lo que cualquiera de nosotros haría, si estuviese en su lugar. Pero no lo veo como una amenaza – añadió – Es inexperto y a veces impetuoso, como muchos jóvenes de su edad, pero creo que es sincero en sus intenciones... aunque no descarto que tenga otros motivos.

- Yo tampoco. Por éso seremos precavidos con él: si consideras conveniente nombrarlo tu ayudante, hazlo. Por mí no hay problema. El muchacho estará bajo tu directa supervisión y sus condiciones de reclusión seguirán siendo las mismas. Por otra parte, si falla en su trabajo, si descubrimos que hay juego sucio, o su inexperiencia o ineptitud perjudican a alguien de este barco... confío en que le hagas saber que pagará las consecuencias. No quisiera que nuestro joven amigo se haga una idea equivocada al respecto.

- Se lo diré – asintió.

- Perfecto. ¿Alguna cosa más?

- No, éso era todo. Debo volver a la enfermería. No te entretengo más y gracias por dar tu permiso.

- No tienes que darlas – la capitana sonrió de repente, jocosa - Ahora monsieur Delaney no podrá decir que le resto libertad.

Aloys rió, divertido.

- Vianne, sabes que el muchacho no lo dijo para ofenderte.

- No, lo dijo porque lo pensaba. Y tiene razón – corroboró – Defender la libertad mientras se secuestra a alguien para pedir rescate es bastante incongruente.

- Bueno, en tu defensa, éste es tu primer secuestro. Y será el último, si no me equivoco.

- Lo será – aseguró, asintiendo – Cuando todo ésto acabe, sólo Madagascar nos espera.

Al oírla, el galeno amplió su sonrisa. Ella se la devolvió y ambos intercambiaron una mirada de complicidad, antes de volverse para contemplar el vasto océano que se desplegaba ante ellos.

Sonrieron ambos, pensando en el futuro.



VI



La jornada de los cocineros en el Liberté empezaba muy temprano. Al amanecer, Augustin – el joven mulato que había sido reclutado un año atrás en Martinica como ayudante de cocina – y Pedro abandonaban sus hamacas y se aseaban antes de empezar a preparar el desayuno para sus compañeros de tripulación.


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