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Corazón de Mar

Corazón

de

Mar





MARÍA ACOSTA













Copyright © 2017 María Acosta

All rights reserved.







En la bandera de la libertad bordé el amor más grande de mi vida

Mariana Pineda. Federico García Lorca.





Que es mi barco mi tesoro,

que es mi Dios la libertad,

mi ley, la fuerza y el viento,

mi única patria, la mar

Canción del Pirata. José de Espronceda.

I



El Atlántico. Primavera de 1716.

El nuevo día trajo consigo el buen tiempo. Tras varias jornadas navegando en aguas turbulentas bajo un cielo encapotado, ahora el sol los saludaba desde una inmensidad azul y sin una sola nube.

El barco se deslizaba a buen ritmo sobre el océano, gracias a una racha de viento que, de mantenerse durante los próximos días, podría ahorrarles incluso una jornada de viaje.

El capitán Bonfils se hallaba en el alcázar de popa, mirando a través del catalejo en compañía de su contramaestre, monsieur Allard. Ambos hombres llevaban años navegando juntos y no podían ser más diferentes el uno del otro: Bonfils era alto y orondo, con un gusto especial por lo barroco. Solía vestir siempre con casaca y peluca, sin importar el calor. Allard, en cambio, era más bajito y delgado hasta el extremo, más sencillo en atuendo y maneras que su patrón, con una cabeza totalmente calva que relucía bajo el sol.

Ambos hombres tenían la vista fija en el galeón que se veía en lontananza y que llevaba ya dos días siguiéndolos.

No nos lo quitamos de encima. Bonfils chasqueó la lengua, bajando el catalejo con aprensión—. A esa velocidad, nos alcanzará en menos de una hora.

Tal vez no sean piratas, capitán. aventuró monsieur Allard, esperanzado—. Podría ser otro mercante haciendo la misma ruta que nosotros.

Podría. asintió el otro hombre—. Portan la bandera francesa, de hecho. Pero no me fío de ellos: hay demasiada gente en esa cubierta.

¿De cuanta tripulación estamos hablando?

Ochenta hombres, al menos. Seguramente más.

Monsieur Allard apretó los labios y miró a su alrededor, inquieto. El Fierté Royal, un navío de tres palos que hacía su ruta entre el puerto francés de La Rochelle y la isla caribeña de Guadalupe, no estaba preparado para medir sus fuerzas contra un galeón pirata... Si es que de éso se trataba: los galeones como aquel solían ir bien armados, a una proporción aproximada de diez hombres por cada cañón. Teniendo en cuenta su tamaño y las estimaciones de Bonfils sobre la tripulación del navío, éste no debía de tener menos de ocho cañones, mientras que ellos solo contaban con tres y una media docena de mosquetes. Juntando a todos los hombres sanos del Fierté podían contarse en torno a unos cuarenta aptos para la batalla. Pero éso no era suficiente, si comparaban sus fuerzas con las de su posible rival...

De pronto, captaron movimiento en el otro navío y Bonfils se apresuró a usar de nuevo el catalejo para no perder detalle. Monsieur Allard lo observó con preocupación, esperando la respuesta que ambos temían, muy consciente del momento en que su capitán se había quedado petrificado ante lo que fuera que estuviese viendo a través de la lente.

Finalmente Bonfils volvió a bajar el catalejo y suspiró, derrotado.

Han izado la bandera negra: es Misson.

Será mejor que nos rindamos. Perderemos la carga, pero aún conservaremos la vida.

Me temo que no podemos hacer otra cosa, amigo mío. No estamos en condiciones de oponer resistencia. se giró para alertar a los marineros—: ¡Piratas! ¡Arriad la bandera blanca!

Hubo un momento de estupor mientras la noticia se extendía entre la tripulación. Los hombres tardaron apenas unos segundos en cumplir las órdenes, apresurándose en ello a la par que rogaban por que la rendición les granjease la piedad de sus enemigos, cuyo historial de barbarie y sangre era bien conocido.





Habían dado alcance al mercante hacía apenas media hora. La algarabía del abordaje se había extinguido momentos antes, dejando sólo la calma de lo que parecía haber sido un asalto sin incidentes.

El médico acababa de dejar su caja de cirugía sobre la mesa cuando uno de sus compañeros de tripulación apareció en la puerta. Era un hombre bajito, de piel atezada, que tenía un andar peculiar debido a la extraña curvatura de sus piernas.

Doctor—. lo llamó el recién llegado, encaminándose hacia él.

Señor Cloutier.

Monsieur Deniaud me ha enviado a buscarle. Hay un enfermo a bordo del mercante: un pasajero que quiere que usted examine.

El médico asintió, recogió su caja y, colgándosela del hombro, partió precedido por el pirata.

¿Qué síntomas tiene? preguntó, mientras cruzaban el pasillo para subir a cubierta.

No tengo ni idea. se encogió de hombros Cloutier—. Pero es alguien importante, éso seguro. El capitán y la tripulación callaron como muertos cuando Deniaud les preguntó por él. Éso quiere decir que hay gente rica de por medio.

Tal vez.

Salieron a cubierta y desde ahí cruzaron al otro barco, usando una de las pasarelas que sus compañeros habían tendido para unir ambos navíos durante el abordaje.

Encontraron a la tripulación del mercante agrupada en el centro de la cubierta de éste, todos sentados en el suelo y custodiados por piratas armados que respondían a las órdenes de monsieur Deniaud.

El contramaestre los aguardaba no muy lejos. Rubio y delgado como un palillo, hasta el punto de que la ropa le sobraba por todas partes, los saludó con una inclinación de cabeza y sin hablar – era hombre parco en palabras - los condujo al interior del barco y hasta uno de los camarotes, ubicado al final del pasillo.

Resultó obvio nada más entrar que estaban en las dependencias del capitán. No sólo porque el camarote estaba situado en popa, sino porque la cantidad de espacio y la fina decoración en madera de roble y brocados así lo atestiguaban: sólo un oficial de alto rango – o en este caso, un rico comerciante - podría permitirse algo así.

Está ahí. indicó Deniaud, señalando con un gesto la cama. Era un mueble imponente, dominando la estancia con sus cuatro postes de madera oscura. En ella descansaba un joven en medias y camisa—. Lo encontramos al registrar el camarote. Es un niño rico: la seda de sus medias cuesta más que el sueldo de un año para cualquiera de estos marinos. Y nadie quiso responder por él cuando preguntamos: su familia ha de ser muy rica si intentan ocultar su presencia en el barco... Pagarán bien para que se lo devolvamos. sonrió, astuto, el contramaestre.

Asumiendo que tenga familia. declaró el médico, acercándose hasta el lecho para examinarlo.

El muchacho estaba tumbado bocarriba. No podía tener más de veinte años. Una lacia melena de color castaño enmarcaba sus rasgos bien definidos y su piel blanca, que denotaba una procedencia europea. Estaba visiblemente agotado, apenas consciente. La palidez y el sudor evidenciaban el malestar que sufría y hacían sospechar de una enfermedad que bien podría ser contagiosa.

Era menester, pues, averiguar si había peligro o no en subirlo al barco con ellos. Ningún rescate, por jugoso que fuera, merecía la pena de enfrentarse a un brote de Peste o a las fiebres.

Dejó la caja sobre la mesilla, junto a un bol que contenía los últimos vestigios de algunas manzanas... verdes, a juzgar por las peladuras. Se inclinó y comprobó la temperatura y el pulso de su paciente. Observó la piel y los ojos – de un brillante azul, tal y como pudo comprobar cuando su dueño le dedicó una mirada confusa – en busca de anomalías que no encontró. El interior de la boca estaba sano, con la dentadura en buen estado, aunque la garganta se hallaba ligeramente irritada. Nada extraño, éso, si uno tenía en cuenta el orinal que había sido dejado junto al lecho para contener el vómito...

De improviso, el chico se agarró al lateral de la cama, preso de una violenta arcada. Pudo apartarse a tiempo, pero aún así su paciente le vomitó encima antes de poder evitarlo. El joven no tenía mucho en el estómago, gracias a Dios, pero el vómito se derramó directamente sobre sus botas, arruinándolas.

Los piratas contemplaron el espectáculo con asco y retrocedieron un paso, cautelosos.

¿Son las fiebres? inquirió Cloutier, desconfiado.

No tiene fiebre. afirmó el médico. Hizo una mueca al inspeccionar su calzado. Iba a tener que limpiarlo a conciencia cuando volviesen al barco—. No hay sangre en el vómito y tampoco sufre convulsiones o hemorragias, así que no es la Peste ni la fiebre amarilla. Sus encías tienen un color saludable, así que tampoco se trata del escorbuto.

¿Qué le pasa, entonces? quiso saber Deniaud.

Tiene el mal del mar: las aguas han estado revueltas estos días. El muchacho lo ha pasado mal. se giró para abrir su caja y sacó una cinta que acto seguido anudó con fuerza en torno a la muñeca del chico—. Ésto servirá, de momento. Señor Cloutier, ayúdeme a subirlo al barco. Me ocuparé de él en la enfermería.

Hasta nueva orden el chico queda bajo su custodia, doctor. dijo Deniaud—. Cuando esté en condiciones, avísenos para hablar con él.

Asintió, pues no había mucho más que él pudiera hacer o decir: el destino del joven ya había sido sellado. Con la ayuda de Cloutier, recogió los extremos de la sábana y sacaron juntos al muchacho como si lo transportasen en camilla.



II



La sensación de mareo había desaparecido. Se hallaba en un agradable estado de somnolencia, empañado sólo por las leves molestias de su garganta. Aún así, no había vomitado ni una sola vez en varias horas y éso ya era bastante para él.

Se sentía agradecido de poder dormir en paz por fin. Aún se estaba acostumbrando a la vida en el barco, y, para colmo, durante aquellas semanas había tenido que lidiar con un funesto malestar que se había iniciado nada más abandonar el puerto de La Rochelle. Al principio, la brisa en cubierta y las manzanas que Bonfils le había recomendado comer para combatir el mareo habían ayudado, pero en cuanto llegaron a alta mar y las aguas empezaron a encresparse se sintió tan mal que habían tenido que trasladarlo al camarote del capitán... donde comenzó verdaderamente su infierno. Se vió atrapado en un ciclo de mareos, vómitos y agotamiento, sin hallar apenas descanso y sin poder retener casi nada en el estómago, sintiéndose peor con cada embate de las olas contra el casco del barco, en un mar que no le dió tregua durante días. En mitad de su agonía, rezó por que el viaje terminase pronto y poder alcanzar el puerto de Saint Loïs. Quería pisar tierra firme de nuevo, no volver nunca más al mar si podía evitarlo y vivir a salvo en casa de su hermano, en su nuevo hogar. Había oído muchas cosas sobre la isla, sobre el Caribe, los piratas...

Abrió los ojos bruscamente.

Miró a su alrededor y descubrió, sobresaltado, que ya no se encontraba en el camarote de Bonfils. Este lugar era más pequeño y estaba decorado de forma diferente: la gran cama de roble había sido sustituida por una de menor tamaño, más vieja y humilde. Había una estantería repleta de libros que ocupaba la pared de la derecha y una gran lona de tela a unos metros del lecho separaba la habitación en dos. A la izquierda pudo ver un escritorio, situado bajo un ojo de buey que ejercía de ventana.

Buenas tardes. saludó un hombre sentado en la silla junto a su cama ¿Se encuentra mejor?

Lo miró como si fuese una aparición. Ciertamente, podría serlo. No había visto a ese hombre en toda su vida. Era considerablemente alto, con un cuerpo delgado y esbelto que se acomodaba en la silla como un gran felino en una rama. Vestía de verde, con ropas sencillas pero de buena calidad y hechas a medida. Su cabello era largo y rubio, peinado pulcramente hacia atrás y recogido a la altura de la nuca con una cinta oscura. Sus ojos grises reflejaban confianza y una sonrisa amistosa adornaba sus finos labios.

Su presencia contribuyó de alguna manera a relajarlo. No parecía que aquel hombre fuese a hacerle daño, aunque no dejaba de ser un extraño para él. Debía conducirse con cautela:

¿Quien es usted? ¿Dónde me encuentro? ¿Qué ha ocurrido?

Mi nombre es Aloys. se presentó el desconocido—. Soy el médico y cirujano del Liberté. Está usted en mi enfermería. Mis compañeros y yo lo recogimos en su barco y se ha decidido que sea usted temporalmente nuestro invitado.

¿Invitado? tragó saliva, confuso—. ¿Dónde está el capitán Bonfils? Quisiera hablar con él.

El capitán se encuentra en estos momentos de camino a Guadalupe: decidió proseguir su ruta una vez los dejamos a él y a sus hombres en libertad.

Lo miró con los ojos desorbitados:

En libertad... Capturaron ustedes nuestro barco. Son piratas. ¡Me han secuestrado!

Por favor, no se alarme. el doctor cambió de postura en su asiento y se inclinó hacia él en un gesto que denotaba conciliación y sin duda iba destinado a tranquilizarle—. Tenemos intención de devolverle a su familia cuanto antes. Pero primero debe usted decirme su nombre: nos gustaría saber con quien estamos tratando.

No diré nada. se apartó de él, asustado.

Como desee. dijo el médico, sin perder la paciencia. Se puso en pie y se giró para tomar de la mesilla una bandeja que hasta entonces a él le había pasado desapercibida. La colocó en su regazo con diligencia y su estómago no pudo por menos que rugir desesperado ante la visión y el olor de una exquisita sopa de verduras y una generosa pechuga de pollo asada—. Cómaselo todo, necesita recuperar fuerzas. Nuestro cocinero es uno de los mejores, estoy seguro de que disfrutará usted de la comida. Y, mientras lo hace, le recomiendo que medite bien las cosas: mis compañeros vendrán a verle antes de que acabe el día y no querrán conformarse con un no por respuesta. Se lo digo como un consejo, no como una amenaza.

Él se lo quedó mirando. La mirada del médico reflejaba comprensión. No había agresión ni soberbia en sus palabras, tan solo conocimiento de causa.

El doctor se despidió y acto seguido se marchó, dejándolo solo tras perderse de vista al cruzar al otro lado de la lona. Él lo vio alejarse sintiendo un nudo en la garganta.

Piratas.

Había caído en manos de los piratas.





¿Qué tal se encuentra nuestro invitado? preguntó al verlo en el umbral—. ¿Ha despertado ya? ¿Está de humor para charlar?

Se halla consciente y casi recuperado. declaró el médico, adentrándose en el camarote para tomar asiento frente al escritorio, tras el cual aguardaba el capitán—. Lo he dejado tomando un refrigerio. Todavía está conmocionado por las noticias.

¿No ha sido suficiente tu encanto personal para quitarle el miedo y hacerlo hablar? Me sorprende, doctor. bromeó y se ganó una sonrisa a cambio.

No es ninguna sorpresa, teniendo en cuenta las circunstancias: nuestro invitado es joven y está asustado. No creo que se haya enfrentado nunca a nada semejante. Aún así, creo que cederá cuando tenga tiempo de valorar la situación.

Démosle unas horas para pensarlo. Más tarde le haré una visita... espero que el toque femenino lo convenza.

Estoy seguro de que lo va a sorprender.

No sería la primera vez. la mujer sonrió—. ¿Te apetece una copa?

Sí, gracias.

La capitana se levantó y caminó hasta un aparador cercano, donde sirvió dos vasos de ron. Volvió al escritorio para entregarle al médico el suyo y tomó asiento de nuevo, reclinándose en la silla como acostumbraba a hacer cuando se hallaba relajada y en confianza.

El médico no pudo evitar mirarla y pensar, mientras bebía, en cómo habían cambiado las cosas durante el último año: doce meses atrás la tripulación tenía otro capitán y el barco otro nombre. Todo éso había cambiando al ser elegida Vianne tras la muerte de su hermano. Su nombramiento había traído una nueva realidad al barco: un ambiente más democrático y seguro para todos, un descenso significativo en la mortandad de los miembros de la tripulación, y algunos botines suculentos, que mantenían a los hombres optimistas y contentos... Amén de varias reformas que habían sido largamente demandadas, y algunas que al principio no fueron del agrado de muchos, pero que pronto habían demostrado ser beneficiosas, por lo que actualmente eran acatadas sin rechistar.

Una de esas reformas tenía que ver con el trato dispensado a los prisioneros. Su invitado se beneficiaría de la regla que prohibía abusar de los rehenes indiscriminadamente... siempre y cuando las circunstancias o su propia actitud no los forzase a lo contrario.

Lo habían subido al barco para pedir rescate por él y ciertamente no podrían hacer éso, si no sabían a que familia debían demandar el dinero.

El doctor sabía que Vianne se aseguraría de sacarle la información al muchacho por métodos que no atentasen contra su integridad, prefiriendo amedrentarlo antes que dañarlo. Pero si el chico optaba por permanecer en sus trece...

Bueno, ninguno de ellos quería llegar hasta ese extremo.

III



No había escapatoria.

Tras la marcha del médico, y una vez hubo recuperado fuerzas con la comida, había abandonado el lecho y recorrido la estancia en busca de una salida. La puerta del camarote estaba cerrada con llave y no había otra forma de abandonarlo que no fuese usando las ventanas: la del excusado era demasiado estrecha y las otras dos, aunque espaciosas, solo le conducirían a darse un indeseado chapuzón.

Sobre su cabeza sólo se extendían el cielo y los tres palos del barco. A sus pies, el océano, azul y vasto. No había tierra firme en millas...

Resopló, frustrado, y se bajó del escritorio donde se había subido para mirar a través del ojo de buey.

Trató de pensar.

Estaba atrapado en aquel barco. Se hallaba a merced de unos piratas, que sin duda harían uso de la tortura y otros infames métodos para sacarle la información que querían. Aunque se había negado a hablar frente al médico, lo cierto era que después de pensarlo durante un rato había llegado a la conclusión de que el hombre tenía razón: no podía persistir en semejante actitud. No, si quería conservar su integridad o su vida.

Quieren saber quien soy para poder pedir el rescate – pensó - Bernard se pondrá furioso. Tal vez incluso intente combatirles.

¿Debería esperar a que éso ocurriese? ¿Tenía su hermano los recursos necesarios para vencer a los piratas? Sin duda haría que los colgasen a todos por atreverse a secuestrar a su hermano menor. Pero, mientras tanto...

Debo mantenerme a salvo – meditó. Frunció el ceño – Quizá no me hagan daño si piensan que colaboro y no me ven como una amenaza para ellos. Podría incluso ganarme su confianza y tratar de escapar si tengo la oportunidad. Además, cuanto antes les comunique mi identidad, antes tendrá mi hermano noticias de lo ocurrido... ésa sería la forma más rápida de poner fin a todo esto.

No quería doblegarse ante los piratas. Mucho menos que su familia tuviese que desprenderse de la que de seguro sería una abultada suma de dinero. Pero tampoco deseaba padecer o perder la vida a manos de sus captores. ¿Qué ganaba con éso? ¿Lo considerarían un héroe por morir sin dar su brazo a torcer? ¿O simplemente sería recordado por su temeridad y estupidez?

Debía mantener la calma. Y usar la cabeza.

Su hermano haría cuanto estuviese en su mano para impedir que le ocurriese nada malo. Bernard lo quería vivo y entero, en Saint Loïs, para que pudiese cumplir su deber con la familia e iniciar una nueva vida en la isla.

Él no se negaba a hacerlo, de hecho. Aunque no se le había concedido el privilegio de emitir su opinión al respecto, lo cierto era que encontraba la idea más que apetecible: cambiar la bucólica y apacible campiña francesa por el ardiente y fascinante Caribe, sobre el que tantas historias se contaban en Europa, y que tantas cosas nuevas tenía que ofrecer a los recién llegados como él. Amaba su tierra natal como cualquiera, pero no le importaba abandonar las bondades del campo a cambio de descubrir el Nuevo Mundo.

En cuanto a los piratas...

No había otra solución. Debía seguirles el juego, sobrevivir hasta que su hermano viniese a rescatarlo. Con suerte, serían solo unas cuantas semanas. Podía soportarlo.

Desvió su mirada azul hacia la puerta del camarote y la contempló frunciendo el entrecejo, desafiante.

Cuando sus secuestradores viniesen por él, estaría preparado.



Llegaron dos horas antes de la cena.

Estaba leyendo un libro en la cama cuando se abrió la puerta del camarote y pudo oír claramente entrar a dos personas.

Dejó enseguida el libro a un lado y se levantó para recibir a sus visitantes, cruzando al otro lado de la lona. Al doctor ya lo conocía, por lo que su mirada recayó de inmediato en su acompañante: alto y delgado, pero de hombros anchos igual que él. Sus ojos eran de color claro y su cabello rojo, recogido en una cinta a la altura de la nuca. Vestía pantalones y casaca azul oscuro, con sombrero y botas en lugar de zapatos, espada al cinto y una banda de cuero cruzada al pecho portando varias pistolas.

Si su atuendo en sí resultaba un tanto chocante, lo era mucho más el hecho de que aquel hombre tenía pechos.

Retrocedió estupefacto, mirando a su visitante de arriba abajo sin poder creer lo que estaba viendo:

¡Una mujer!

La susodicha sonrió, divertida por su reacción.

¿Nunca había visto una?

No. Quiero decir... Sí, claro. se sonrojó y ante las miradas divertidas de los otros dos, hizo un esfuerzo por mantener la compostura—. Creía que los piratas no permitían mujeres a bordo.

No las permiten. La mía es una larga historia, monsieur, le ahorraré los detalles. Solo diré que fuí elegida por mi tripulación para liderar el barco: soy la capitana Misson. Seré su anfitriona mientras esté con nosotros. Está usted bajo mi custodia, señor...

Delaney. Remi Delaney.

Monsieur Delaney. ¿Dígame, quien es su familia y a qué se dedica?

Mi única familia es mi hermano, madame. Es el gobernador de Saint Loïs.

La pirata y el médico lo observaron con sorpresa e intercambiaron una mirada entre ellos, antes de que la capitana volviese a centrar su atención en él:

¡Vaya! Bernard Delaney... es un nombre conocido en las Antillas Francesas. Le agradezco su amabilidad al informarnos, monsieur. Pondremos rumbo a Saint Loïs enseguida y le escribiré a su hermano conforme nos acerquemos a la isla. Confío en que responderá pronto. Si necesita alguna cosa más, por favor, hágalo saber: en este barco sabemos brindar hospitalidad. Y no encuentro razón para hacer incómoda su estancia entre nosotros.

Él asintió, conforme. Un momento después, carraspeó.

Disculpe, capitán. ¿Sería posible conseguirme algo de ropa? Fuí subido al barco sin más que una camisola... quisiera poder vestirme apropiadamente.

Por supuesto. Haré que le traigan algunas prendas. lo calibró con la mirada para hacerse una idea de sus medidas y, acto seguido, se giró de nuevo para mirar al médico—. ¿Se ocupará usted de poner a nuestro invitado al tanto de todo, doctor?

Yo me encargo. asintió el médico.

En ese caso, los dejo. Un placer conocerle, monsieur Delaney. Me honraría contar esta noche con su presencia en mi mesa, si está dispuesto.

Gracias, capitán. Allí estaré.

La mujer se marchó. Él quedó a solas con el médico, mirándose – sopesándose – ambos el uno al otro. Finalmente, tras largos segundos de escrutinio, el doctor esbozó una sonrisa y habló:

Me alegra que haya cambiado de opinión. Hablarle al capitán sobre su hermano ha sido lo más sensato.

¿Qué esperaba que hiciera?

Al principio se negó usted rotundamente a hablar. le recordó y por su tono parecía más divertido que censurador.

Éso fue antes de darme cuenta de que no puedo huir de este lugar. Empecinarse no sirve de nada. La muerte o la tortura no son destinos que yo desee, así que, como usted bien ha dicho, decir la verdad en esta ocasión era lo más sensato.

No se arrepentirá. Y no tendrá usted queja de nuestro trato... siempre y cuando cumpla las reglas.

¿Qué reglas son esas?

Será usted nuestro rehén hasta que hagamos el intercambio y mientras tanto estará a mi cargo. No tiene permiso para abandonar el camarote ni para deambular por el barco, a menos que lo haga en mi compañía. Y si necesita usar la letrina, tiene que pedir permiso... o puede utilizar uno de los orinales de la enfermería. Remi asintió, indicando que comprendía. Pasaron unos segundos hasta que el médico volvió a hablar, siempre con aquel tono refinado y amable que contribuía extrañamente a tranquilizarle—: Esta noche cenará usted en el camarote del capitán. Yo les acompañaré durante la velada y lo normal es que se nos una también monsieur Deniaud, nuestro contramaestre. La invitación es un acto de cortesía, como ya habrá podido adivinar. No es la norma: durante su estancia aquí comerá usted conmigo en la enfermería, a no ser que decidamos lo contrario, ¿de acuerdo?

De acuerdo.

El doctor hizo una pausa y añadió, con semblante pétreo:

Tengo que decírselo, aunque confío en que no habrá necesidad de repetirlo: si no cumple usted las normas, perderá el privilegio de ser bien tratado y pasará el resto del viaje encadenado en la bodega. Si muestra una actitud inapropiada, beligerante, o si intenta escapar... la capitana en persona le aplicará un castigo ejemplar frente a toda la tripulación. ¿Lo entiende?

Lo entiendo. asintió. Tragó saliva—. ¿Cuanto tiempo estaré retenido?

Hasta que el gobernador pague el rescate. Con suerte, no será más de un mes. El intercambio se llevará a cabo a una distancia prudencial de Saint Loïs. No se preocupe, antes de que se dé cuenta estará usted navegando con su hermano rumbo a casa, intacto.

El joven suspiró al pensarlo.

Es lo que más deseo.

Le entiendo. el doctor asintió, comprensivo—. ¿Le gustaría darse un baño? Tras haber pasado días en cama, estoy seguro de que lo ayudará a sentirse mejor.

Sí, gracias. Yo también lo pienso así.

Muy bien, entonces. Y dado que ambos sabemos que se ha esforzado usted por hallar una salida a su situación. esbozó una sonrisa—. imagino que en el proceso habrá visto el cubo que cuelga detrás de esa ventana. se la señaló. Remi asintió—. Úselo para recoger el agua del mar y llenar la bañera con ella. Supongo que ya sabe donde está el excusado.

Lo sé.

Si desea calentar el agua, puede encender el fogón del fondo. ¿Sabrá hacerlo solo?

Por supuesto. la duda lo ofendía—. No soy un inútil, doctor, ni tampoco soy manco.

No pretendía insinuar tal cosa. Estaba pensando que tal vez su alcurnia no lo haya preparado para ese tipo de tareas.

Mi alcurnia no es tan elevada como pueda parecer. Le sorprendería el tipo de tareas para las que estoy preparado, monsieur. declaró y se ganó una genuina sonrisa a cambio.

Celebro oír eso. Ahora, si me disculpa, tengo trabajo que hacer. Disfrute de su baño, monsieur Delaney.

Gracias, eso haré.

Se alejó en dirección a la ventana, pasando muy erguido junto al médico. Lo ignoró mientras abría la ventana y sacaba medio cuerpo fuera para hacerse con el cubo y comenzaba a maniobrar con él para obtener el agua. Con alcurnia o sin ella, era perfectamente capaz de preparar un baño sin ayuda: el proceso era tan simple como llenar el cubo y luego verterlo en la bañera. Ya había visto con anterioridad como se hacía... y encender un fogón no era distinto a prender una chimenea. Él conocía la rutina, pues era el encargado de hacerlo cada invierno en el dormitorio que compartía con sus compañeros en el internado. Así pues, estaba sobradamente preparado para desempeñar ambas tareas.

Concentrado como estaba en su labor, no se percató de la sonrisa del doctor, quien había demorado por un momento su vuelta al trabajo para observarlo.

No lo sabría hasta mucho más tarde, pero su negativa a rendirse ante la adversidad le granjeó la simpatía instantánea del médico.







IV



Después de un relajante baño, y vestido con las ropas que un marinero trajo para él de parte del capitán, Remi acudió aquella noche a cenar en compañía del doctor.

El camarote de la capitana Misson se hallaba a unos pasos de la enfermería, en el mismo pasillo. Aloys llamó a la puerta y ambos entraron tras recibir la orden de paso desde el otro lado.

Remi miró a su alrededor, preso de una innata curiosidad. El camarote era amplio, con cortinajes drapeados en las ventanas y un gran escritorio al fondo con tres sillas, rodeado por estanterías de suelo a techo construídas en la pared y repletas de libros. A la derecha colgaba una gran litera de madera y a la izquierda se alzaba un bonito biombo de diseño oriental, entre cuyas rendijas el joven pudo vislumbrar al pasar una jofaina y un espejo, y algo que parecía ser un gran arcón. Sin duda, aquella era el área de aseo del camarote, lo que justificaba una mayor privacidad respecto al resto de la estancia.

El centro de la habitación era ocupado por una enorme mesa de roble. Remi podía imaginarla repleta de mapas e instrumentos de navegación, aunque ahora lucía engalanada con un mantel de hilo blanco y sobre su superficie había bandejas con viandas y jarras de cristal tallado que contenían vino tinto.

La capitana Misson estaba sentada a la cabecera de la mesa, charlando con otro hombre que debía de ser el contramaestre del que le habían hablado: rubio y espigado, vestía casaca azul y botas de cuero, lo que lo identificaba claramente como uno de los oficiales de la tripulación.

Al verlos llegar, tanto Vianne como su acompañante se levantaron para recibirlos:

Bienvenidos. saludó la capitana con cordialidad—. Por favor, siéntense. Pedro nos ha preparado una cena excelente, como de costumbre. ¿Les apetece una copa de vino?

Al gesto de asentimiento del doctor, su anfitriona les sirvió en sendas copas de cristal tallado, cuyo diseño iba a juego con las jarras. Una vez dado el primer sorbo y mientras aún disfrutaban del sabor afrutado del vino en sus paladares, los cuatro tomaron asiento. Remi observó discretamente a sus compañeros de mesa, aunque su atención fue pronto atraída por los exquisitos platos que se extendían ante sus ojos: una bandeja repleta de fruta de la mejor calidad, algunas de ellas exóticas, pues no las había visto nunca y seguramente debían proceder de las Antillas; un enorme faisán asado; una sopera que despedía un embriagante olor a pescado; y para completar el delicioso cuadro, una tarta normanda cuyo aroma hizo rugir vergonzosamente a su estómago.

Huele muy bien. alabó, intentando disimular cuando los otros lo miraron.

Y sabe aún mejor. sonrió Vianne, antes de hacer los honores para que diese comienzo la cena.

Así que su hermano es el gobernador de Saint Loïs. dijo monsieur Deniaud, al cabo de un rato. El contramaestre clavó sus ojos marrones en él con suspicacia.

Sí, señor.

He oído hablar de él: un hombre astuto, según dicen. Su isla ha prosperado casi de la nada en tan sólo cinco años.

Bernard es un hombre muy competente, monsieur. Se toma sus responsabilidades muy en serio y siempre ha tenido el afán de superarse. Cuando su Majestad lo nombró gobernador, sintió que debía honrar su deber lo mejor posible.

Sin duda lo ha hecho. ¿Va usted a seguir su ejemplo? ¿Honrará su deber, cuando se reúna con él en Saint Loïs?

Esa es mi intención. asintió Remi—. Está previsto que ayude a mi hermano con las cuestiones del comercio en la isla.

¿Es usted comerciante? inquirió Vianne, curiosa.

Aprendí las habilidades básicas en la escuela, madame. Y aprenderé mucho más trabajando para mi futuro suegro.

¿Va usted a casarse? el médico lo miró sorprendido, dejando su copa a medio elevar en el aire.

Así es. A mi llegada a Saint Löis está previsto que contraiga nupcias con la hija de monsieur Giroux.

Caroline Giroux. Vianne frunció el ceño, intrigada—. Se habla de ella en las Antillas... aunque no se sabe mucho sobre su persona. Es una figura misteriosa.

Dicen que no es para nada agraciada. declaró Deniaud, una burlona sonrisa adornando sus labios—. Algunos piensan que es una criatura deforme: cuentan que por éso su padre la encerró en un convento a los tres años, nada más morir su madre.

Henri. amonestó el doctor, apretando ligeramente los labios—. No creo que debamos dar crédito a habladurías sin fundamento.

Yo sólo cuento lo que dicen, doctor. Personalmente no conozco a la joven ni tengo nada en su contra.

Las malas lenguas mienten, monsieur. replicó Remi, molesto por el insulto a su prometida—. Mi hermano conoce bien a la familia de la dama y siempre ha alabado las cualidades y la belleza de mademoiselle Giroux. Puedo asegurar que no hay nada malo en ella. Y si fue puesta a cargo de las Clarisas de la isla, no se debió a ninguna deformidad sino al deseo expreso de su padre de que mademoiselle recibiera una esmerada educación y de que su virtud quedase preservada de los vicios y peligros del mundo.

Los vicios y peligros del mundo no se quedan a las puertas de un convento. intervino Vianne, mirándolo ceñuda—. Lo sagrado no basta para protegerse. Encerrar a un individuo entre cuatro paredes no lo preserva de nada, lo único que se consigue con éso es aislarlo del mundo y privarlo de su libertad... una libertad que el mismo Dios nos concedió al crearnos. Por lo tanto, no se nos puede ni debe negar.

Estoy seguro de que monsieur Giroux no pretendía eso, madame. Lo que hizo lo hizo pensando en el bienestar de su hija.

A veces nuestras intenciones y nuestras acciones difieren, monsieur. Personalmente, soy de la opinión de que nadie debería ser encerrado. No importa el motivo.

Fue tan tajante su tono que Remi no pudo evitar sentirse de alguna forma atacado. Sabía que no debía responder a ningún acto de provocación, que no era sensato hacerlo, pero lo hizo antes de poder evitarlo:

Siendo así, ambos debemos coincidir en que tiene usted razón, capitán. Yo añadiría además que no sólo nuestras intenciones, sino también nuestro discurso puede diferir de nuestras acciones. Usted misma es prueba de lo que digo: defiende la libertad a ultranza... mientras priva de ella a sus rehenes, en pos de beneficiarse del rescate que sus familias pagan por ellos.

En la mesa se hizo el silencio. Remi pudo sentir al instante todas las miradas sobre él, cargadas de sorpresa y reprobación a partes iguales. Tragó saliva, percatándose de inmediato de su impertinencia y de que ésta iba a costarle sin duda un castigo.

Deniaud fue el primero el levantarse, con el rostro colorado de indignación:

¡Pequeño...!

Henri. la capitana lo contuvo, posando una mano firme sobre su antebrazo—. No hay por qué alterarse. Nuestro invitado está cansado, sin duda las emociones del día han traicionado a su lengua.

No me importa su estúpida lengua...

Debería: hay que tener las circunstancias en cuenta. lo miró de forma significativa, antes de girarse para observar con semblante serio al médico y al muchacho—. Lo dejaremos pasar por esta vez. Doctor, lleve a monsieur Delaney de vuelta a la enfermería. Que descanse. Y si mañana por la mañana su disconformidad persiste, ya sabe lo que tiene que hacer.

Sí, capitán. el galeno se puso en pie, traspasando a Remi con la mirada—. Vamos, monsieur.

Remi se puso en pie, murmurando unas disculpas atropelladas antes de apresurarse en pos del médico hacia la salida. Vianne lo despidió con un gesto mientras a su lado monsieur Deniaud bufaba y hacía aspavientos al sentarse.

La capitana, por su parte, se sirvió otra copa de vino y bebió con parsimonia.

Estaba enfadada. Había estado de hecho a un paso de castigar a ese insolente por su osadía. Pero no podía negar que el chico tenía arrestos – o tal vez era simple insensatez - al decir lo que pensaba... e incluso era posible que tuviese parte de razón.



Lo siento. se disculpó Remi, en cuanto atravesaron el umbral de la enfermería.

Aloys resopló, cerrando la puerta a sus espaldas. El muchacho lo había decepcionado con su estupidez. Estaba enfadado y ahora que no tenían público no había necesidad de contenerse:

¿¡Se puede saber en qué demonios estaba pensando!? lo encaró—. ¿Acaso no fuí claro con usted? ¿No le expliqué cuales eran las normas y las consecuencias de incumplirlas?

Lo hizo. Y comprendo su enfado, tiene todo el derecho...

¿Por qué no me ha hecho caso? ¿Cómo se le ocurre ofender al capitán de esa manera? La ha llamado usted hipócrita en su propia cara.

No era mi intención. Me sentí atacado por sus palabras. Ella fue tan tajante que...

A menudo lo es. Forma parte de su carácter, no se trata de nada personal. Vianne siempre ha sido una mujer apasionada en sus convicciones.

Ahora lo sé. Y lamento mucho lo ocurrido. se disculpó de nuevo. Estaba verdaderamente arrepentido—. Fue un acto temerario y estúpido. Mañana mismo me disculparé con la capitana.

Por supuesto que lo hará. Y de ahora en adelante, cuidará usted su lengua y su actitud. Ya se ha ganado la animadversión de Deniaud y ése es un hombre que no olvida fácilmente. Absténgase de provocarlo en el futuro. En cuanto al capitán, sepa usted que su comprensión es limitada cuando se trata de aquellos que cuestionan su autoridad. La próxima vez no tendrá usted tanta suerte.

No habrá próxima vez, se lo prometo. He comprendido mi error.

Más le vale. resopló, apartando su mirada de él y posándola sobre la hilera de literas de la izquierda, que normalmente podía acoger hasta ocho pacientes, aunque ahora todas estaban vacías—. Escoja una cama: dormirá en ella mientras esté aquí... éso si no mete la pata de nuevo y hace que lo manden a la bodega.


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