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ESPOSAS MALAS

Isabella Marín



© Isabella Marín, octubre 2016



Diseño de la portada: Alexia Jorques

Foto: Fotolia





Primera edición: octubre 2016

Segunda edición: enero 2018





“No se permite la reproducción total o parcial de este libro, ni su incorporación a un sistema informático, ni su transmisión en cualquier forma o por cualquier medio, sea éste electrónico, mecánico, por fotocopia, por grabación u otros métodos, sin el permiso previo y por escrito del editor. La infracción de los derechos mencionados puede ser constitutiva de delito contra la propiedad intelectual (Art. 270 y siguientes del Código Penal).





Índice








Prólogo



En nuestro país, uno de cada dos matrimonios termina en divorcio. No es fatalismo, amargura o una mórbida fantasía. Es un hecho real. La pregunta no es por qué, sino cuándo. ¿Cuándo se acaban las perdices, si es que alguna vez existieron? ¿Cuándo se esfuma la magia? ¿Cuándo te das cuenta de que tu príncipe azul no es más que un sapo viejo y gordo?

A través de esta guía ―que cualquier marido en su sano juicio desearía quemar en la hoguera―, cinco mujeres, con existencias completamente diferentes, intentarán responder, no a todas las preguntas de arriba, sino a una sola:

¿Cuándo se convierte una buena esposa en una esposa mala?

Es por ello por lo que han creado el club de las esposas malas, un santuario femenino donde ningún marido podrá entrar jamás. Si lo hiciera, oh, Dios, sería algo bíblico. Apocalíptico, incluso.

Para mantener su anonimato, nuestras valientes esposas "corrompidas" usarán nombres ficticios. Como imaginaréis, nada de apellidos. Todas son personas públicas, y de lo más influentes, además. No queremos que las redes sociales de Nueva York se incendien a causa de todos estos chismorreos, ¿verdad? Sus historias son de tal crudo realismo que tan solo el anonimato permitiría. Conozcámoslas. Tal vez te sientas identificada con alguna de ellas.

¿Te atreves a echar un ojo por la mirilla?

Capítulo 1



Mia es el cerebro del grupo. Licenciada en Harvard y presidenta ejecutiva de su propio negocio. Nunca en su vida se ha permitido tales lujos como dejarse llevar. Siempre va al mismo restaurante, siempre a la misma hora y siempre se pide el mismo plato de comida: ensalada sin aceite. El aceite ralentiza la digestión, y una digestión lenta no entraría en la jornada perfectamente planificada de Mia.

De hecho, hay quienes sospechan que Mia y su marido, Eliot, siempre mantienen relaciones sexuales el mismo día de la semana y siempre a la misma hora, ni un minuto más tarde, ni un minuto antes. Algunas del grupo nos preguntamos si tendrán una planificación en Excel, pero solo especulamos sobre este peculiar asunto cuando Mia no está delante. A decir verdad, no queremos recibir una respuesta contundente. Ya bastante traumático es saber todo lo que sabemos.

Físicamente hablando, Mia es morena, delgada, de facciones angulosas y elegantes. Siempre lleva el pelo recogido, y siempre viste elegantes conjuntos, falda lápiz y chaqueta ceñida a la cintura, siempre de color gris perla. ¿Por qué el pelo recogido y por qué siempre viste de gris?

―Porque eso siempre encaja ―aclara Mia con una sonrisa fría y tensa.

En la vida de Mia todo tiene que encajar. Como un enorme puzle.

Anabelle es la guapa. Dueña de una boutique de moda en la Quinta con 50th. Todos los otoños protagoniza la portada de su catálogo de promoción. Ligerita de ropa, además, para desesperación de su compulsivo y controlador marido. Belle es rubia de ojos azules, voluptuosa y tiene una boca tan sensual que haría rabiar a la mismísima Dakota Johnson. Su vida parece perfecta.

No lo es.

El precio de tener el mundo a sus pies es bastante elevado para Belle. Cuando no sale en portadas de moda, se pasa el día encerrada en su palacio de cristal. Es este caso, un moderno ático de amplios ventanales en el Midtown Manhattan. Está casada con la Bestia. Tiene gracia, son Belle y la Bestia, como los del cuento.

Su marido, Jordan, un próspero empresario de Wall Street, no soporta la idea de que Belle tenga vida propia. Constantemente necesita saber dónde está y qué es lo que está haciendo. Me extraña que aún no le haya puesto un chip como a los perros. Solo se siente tranquilo cuando ella está en casa. Por eso Belle casi siempre está en casa. Con nosotras.

Jordan no tiene ni idea de que el club de las esposas malas se reúne en su salón, se sienta en su sofá de cinco mil pavos y bebe sus pretenciosos vinos franceses, mientras le ponen a parir. Y casi que es mejor que nunca lo sepa. A nadie le gusta que le rujan. Y, entre nosotras, Jordan ruge mucho.

Skyler es la conservadora. Cabello largo, castaño, ondulado hacia las puntas. No es guapa ni es fea, diríase que es atractiva, con su mandíbula cuadrada y sus severas facciones. No tiene el cerebro calculador de Mia ni el sex appeal de Belle, pero tiene agallas, cualidad gracias a la cual se ha convertido en la mejor dentro de su campo de trabajo. Sky, como consecuencia de su arraigado sentido de justicia, se dedica a la abogacía. Es socia fundadora de uno de los más importantes bufetes de Nueva York.

No deja de repetirnos que, mientras que ella no soporta la idea de ser la madre de alguien, su marido intenta fecundar sus óvulos a toda costa. Ese es un asunto que la tiene bastante estresada. Por lo que sea, el acto sexual estresa a Sky más que una complicada fusión. En una fusión sabe lo que hay que hacer y siempre lleva las riendas. En el sexo… Esa es otra historia.

―¿Por qué no le dices claramente que no quieres ser madre?

Belle deposita encima de la mesa un plato de almendras fritas, para acompañar el vino que acaba de abrir, y toma asiento en el sillón contiguo al sofá.

―Lo hacemos una vez a la semana ―le explica Sky―. Si se lo dijera, lo haríamos una vez al año. Tal vez ―reflexiona, con la boca torcida en una mueca de desagrado―. Y no es por nada, ya sabéis que detesto el sexo, pero si dejamos de hacerlo, ¿de qué voy a hablar en el club? Mi trabajo os mataría de aburrimiento.

Mia frunce el ceño, meditabunda.

―¿Una vez a la semana? Estadísticamente hablando, hay pocas posibilidades de que te quedes embarazada.

Con Mia, todo es estadística.

―Pues a mí me encantaría ser la madre de alguien ―comenta Belle, soñadora.

―¿Y por qué no se lo dices a Jordan? ―pregunta Miss Estadísticas―. Teniendo en cuenta que estáis todo el día dale que te pego, no creo que le cueste demasiado esfuerzo hacerte un bombo.

Sky abre la boca escandalizada. Mia es demasiado elegante como para emplear ese lenguaje.

―¿Desde cuándo dices palabras como bombo?

Mia le lanza una mirada hastiada a Sky.

―Cariño, me crié en Queens.

―Ah. Ahora se explica todo. ―Sky mueve los ojos hacia Belle, que está mordisqueándose una uña con nerviosismo―. ¿Y bien? ¿Por qué no se lo dices?

Belle entorna sus ojos azules.

―Se lo dije ayer.

Todas nos inclinamos hacia adelante. Cualquier asunto relacionado con la Bestia, es de nuestro interés. Ese hombre provoca más sofocos que la puta menopausia.

―¿¿Y??

Su hermoso rostro adquiere un aire de decepción.

―No quiere compartirme con nadie ―susurra apesadumbrada―. Además, considera que un niño nos jodería la vida sexual.

―Y te la jode, te la jode ―asegura Julia―. Y, encima, están las almorranas, las estrías, la celulitis, las tetas caídas... ¿Seguro que quieres ser mamá? Piénsatelo bien, Anabelle. Se habrán acabado las portadas. Y las tallas treinta y seis ―Evalúa a Belle con ojo crítico y hace una mueca―, o treinta y cuatro, lo que sea que lleves, pasarán a ser historia. ¡Pre-historia!

Julia es la mamá del grupo. Está empeñada en recuperar el cuerpo que tenía antes de los trillizos. Pero por lo que cuenta, eso parece imposible. Por lo visto, el embarazo le ha cambiado el metabolismo. Come mucho menos que antes y engorda el doble. Incluso ha ido a un dietista. Un fraude, por supuesto.

Julia es rubia de ojos verdes y tiene uno de esos rostros tiernos y cándidos que hace que te caiga bien de inmediato. Intenta compaginar su carrera de escritora de novelas románticas con su trabajo de mamá de trillizos y sus obligaciones como la esposa de un contable. Ella se ve poco atractiva, pero para todas nosotras es un modelo de perfección. En el fondo, a todas nos gustaría ser Julia. Cuando no despotrica sobre la celulitis, las almorranas, las peleas con su suegra o las interminables noches de fútbol con los colegas de su marido, Julia es la persona que todas quisiéramos ser: alguien feliz, alguien quien tiene amor que dar y amor que recibir. Todo ese amor la llena lo bastante, y eso se le nota en el rostro. Su sonrisa es espectacular. Llenaría de luz incluso un sótano sin bombillas. Sí, ojalá tuviéramos las demás la perfecta familia de Julia.

Ojalá tuviera yo la mitad de lo que tiene Julia. Pero solo recibo migajas.

Yo soy la pelirroja del grupo. Pura pasión, así me define Sky. Soy la única soltera. Me reciben solo porque somos muy buenas amigas. Y porque, detrás de sus máscaras de perfectas señoras de la alta sociedad neoyorquina, son unas morbosas. Yo mantengo una relación sexual de alta intensidad con un hombre que no está emocionalmente disponible, y mis amigas quieren conocer todos los detalles suculentos. Por supuesto, me guardo mis secretitos, como cualquiera haría.

―Tengo una aventura ―suelta Mia de pronto, como si explotara por seguir guardándoselo para sí.

Si fuera físicamente posible que nuestras bocas se abrieran más, lo harían. Pero no lo es. Nuestras barbillas casi rozan el suelo.

―¡¿¿Qué??! ―creo que gritamos todas a la vez.

Mia nos lanza una mirada angustiada.

―Es terrible, lo sé. Nunca pensé que yo haría algo así. Es decir, no estaba planificado...

Vaya, la señora Siempre conoce la palabra nunca. ¡Menos mal! El club empezaba a parecerme aburrido.

Cojo su mano entre las mías e intento atrapar su mirada, aunque en vano. Mia la pasea inquieta por los escandalosamente caros cuadros que adornan las paredes de Belle y Jordan.

―Oye, cielo, no pasa nada ―susurro con aire indulgente―. ¿Quieres que hablemos de ello?

Alguien tendrá que darle un poco de consuelo a la pobre, ¿y quién mejor que yo, que tanto entiendo de infidelidades? Mia me mira con sus oscuros ojos brillantes de emoción, vacila durante un momento y me vuelve a mirar suplicante.

―La verdad es que necesito contárselo a alguien ―conviene después de unos instantes de duda―. Este asunto está carcomiéndome por dentro.

Las chicas y yo intercambiamos una mirada de muda comprensión.

―Deberías contárnoslo, nena ―aconseja Julia―. Al fin y al cabo, para confesiones así hemos creado este club.

―Supongo… ―titubea Mia.



*****



La vida de Mia



7 a.m. de un martes


La mañana empezó como cualquier otra. Es decir, mal. Con un codazo en las costillas, para ser precisa.

―Cariño.

Gruñí algo incomprensible para los oídos humanos. Y por eso recibí otro codazo de Eliot, esta vez más fuerte.

―Mia. Despierta, cariño. Son las siete.

A las princesas Disney se les despierta con un beso. O con el desayuno en la cama. Eliot solo sabía despertarme con un codazo. Volví a gruñir. ¡Qué asco de vida!

―Mia, vas a llegar tarde ―insistió Eliot―. Sabes lo mucho que detestas llegar tarde.

Si tú, gilipollas inútil, te buscaras un trabajo de los de verdad, no tendría que estar toda la semana madrugando.

Lo admito, eso es lo que pensé. Sin embargo, no se lo dije. Yo nunca decía lo que verdaderamente pensaba. Era algo que había aprendido desde una temprana edad. Si quería encajar en el mundo, había que cerrar la bocaza.

Medio dormida, eché los pies fuera del lecho matrimonial y me arrastré hasta el vestidor, donde empecé a sacar prenda tras prenda, mientras bostezaba como si fuera a tragarme el armario. Mis perchas siempre estaban perfectamente colocadas, por un preciso orden que seguía a rajatabla. Todos los domingos decidía lo que iba a ponerme a lo largo de la semana siguiente, de modo que aquella mañana no dediqué demasiado tiempo a localizar la falda gris, la chaqueta gris ajustada al cuerpo y la blusa blanca que me tocaba ponerme. A fin de cuentas, estaba todo colocado en la segunda percha, la percha que tenía una etiqueta en la que, con letra elegante, había escrito martes.

Retiré unas medias negras del cajón y unos zapatos negros de la estantería. Siempre llevaba medias negras y zapatos de tacón. Recapitulando mi agenda para aquel día, me vestí con gestos mucho más lentos de lo habitual. Estaba cansada. Era martes y yo necesitaba un respiro, del trabajo, de mi vida en general y supongo que también de Eliot.

Creo que, en realidad, necesitaba un respiro de nuestro matrimonio.

Ya vestida y maquillada, regresé al dormitorio para coger el móvil. Eliot estaba tumbado boca abajo en la cama y roncaba como un camionero borracho. Justo cuando entré yo, se tiró un par de flatulencias, la una detrás de la otra. Hice una mueca de asco. Dormía con la boca abierta y se le estaban cayendo las babas encima de la almohada. ¿Quién era ese ogro que se había tragado a mi marido? Avancé de puntillas hacia mi mesilla, cogí el móvil deprisa y salí pitando. Resolví no desayunar en casa. Estaba demasiado horrorizada.

Mientras conducía de camino al trabajo, sorteando con destreza el tráfico matinal, empecé a reflexionar sobre el significado del matrimonio. Yo soy una persona bastante reflexiva, con demasiadas inquietudes espirituales. Si no estoy demasiado ocupada organizando el día a día, paso mucho rato sumida en mis pensamientos. Así que esa mañana me había propuesto descubrir el momento exacto en el que se echa a perder un matrimonio.

Al principio, los hombres son atentos, seductores y dinámicos. Eso pasa antes del sí, quiero, por supuesto. Porque, nada más casarse, lo primero que hacen es abandonar el gimnasio. ¿Para qué molestarse si ya están casados? No hay necesitad de recorrer los bares en busca de polvos fáciles. Así que ¿por qué iban a preocuparse por su aspecto físico? Ya tiene a alguien a quien follarse en casa, y ella nunca se negará, ya que ellos poseen ese estúpido papel en el que pone que esa mujer les pertenece.

Y puesto que ser atractivos ha dejado de preocuparlos, lo que hacen es tumbarse en el sofá, encender la tele y rugir desde ahí:

―Cariño, trae unas cervezas. ¡Y unos bocadillos de bacón y queso!

Tú, la joven recién casada y deseosa de impresionar a tu hombre, corres a satisfacer todas sus necesidades. Le ofreces un botellín de cerveza bien fresco ―que has tenido que cargar desde el supermercado, ya que la compra la haces tú, como buena mujer que eres―, y esperas sonriente a que él te dé las gracias. Tu marido, falto de elegancia, se lleva la botella a los labios ―esos sensuales labios que antes de casaros recorrían partes ocultas de tu cuerpo; ahora solo recorren la superficie de ese maldito vidrio―, bebe un buen trago y te obsequia con... ¡un eructo! He llegado a la conclusión de que ese es el momento cuando verdaderamente se jode la magia. El primer eructo marca un antes y un después.

Te quedas mirándolo, lo examinas con ojo crítico, y te preguntas: ¿Qué he hecho? ¡¿Qué coño he hecho?! Y así, presa de la más profunda desesperación, abres una botella de vino, te sirves una copa con manos trémulas y le das un buen trago, mientras intentas no derramar ni una gota sobre la encimera de mármol blanco. Solo son las doce de la mañana de un sábado, ¿pero eso qué diablos importa? ¡Ni que fueras una alcohólica como tu madre! Tú no bebes por beber ―te consuelas a ti misma―, solo bebes para despejar tu mente. Tal vez después de ese vaso veas las cosas con otros ojos. Sí, seguro que sí.

De modo que te lo trincas rápido, giras los ojos hacia el supuesto amor de tu vida y te das cuenta de que… ¡no te gusta! Ahí está, el objeto de todos tus deseos (anteriores deseos), tumbado en el sofá, con su pijama roído de Spiderman, que encima le queda pequeño porque esas cervezas forman barriga, y como él no se mueve en todo el santo día...

Tiene que haber algo que te atraiga. Algo. ¡Lo que sea!

Tus ojos se mueven frenéticos.

¿Nada? ¡¿No hay nada?!

¡Tiene que haber algo, maldita sea!, te gritas a ti misma. ¡Sigue buscando!

Entonces, él se mueve.

Vamos, cariño, haz algo que me recuerde a por qué nos casamos; algo que me haga ver al hombre que eras hace cinco años. Dime algo, hazme un cumplido, fóllame encima del suelo, ¡lo que sea! ¡Pero, demonios, haz algo porque esto se va a la mierda!

Su mano se mueve despacio. Sus ojos siguen clavados en la caja tonta como si tú no existieras. Está mirando un documental sobre pesca, mientras tu friegas el suelo, pones una lavadora, haces la comida, y todo esto después de una larga semana de trabajo, semana en la que él no ha movido un palo, puesto que juega a los escritores.

Su mano sigue moviéndose, y tú lo examinas con ojos cada vez más desorbitados, aguardando con el corazón frenético a que haga algo interesante, algo que te enamore de nuevo.

Y ahí va él y se saca un moco.

―¡Cariño, tráeme una servilleta! ―grita desde el sofá.

Tú, desencantada, te tomas la segunda copa de vino y piensas en añadir unos psicofármacos a la lista de la compra.

Así empieza el matrimonio, con él sacándose los mocos y eructando feliz, y tú cogiéndote una buena cogorza. Después de esa resaca, decides hacer algo con tu vida, puesto que el matrimonio ya no te satisface. Y así nace tu empresa online, que en dos años te hará inmensamente rica. Tan rica que vas a salir en un reportaje de Forbes. Algo bueno tenía que salir de toda esa mierda llamada matrimonio...

En eso estaba yo pensando, cuando un repentino estruendo me hizo regresar a mi presente, ese en el que yo tenía treinta años, era una triunfadora en el mundo empresarial y seguía casada con un sapo ―por razones que ni me acordaba.

Miré en derredor mío para ver qué había sucedido. Estaba parada delante de un semáforo y no veía nada raro. ¿Qué diablos había sido ese ruido?

―¿Está chiflada? ―ladró un hombre.

Sobresaltada, giré la mirada hacia la ventanilla a medio bajar. A mi izquierda había un motorista en el suelo. ¡Ay, madre! He debido de golpearle con el espejo mientras rememoraba la escena del moco.

Aparté de inmediato el Mercedes de la carretera, me bajé y corrí para auxiliarle. Me veía ridícula, corriendo con tacones y esa maldita falda tan ajustada. Cuando llegué a su lado, él ya estaba en pie, sacudiéndose el barro de la ropa. Eso ni Ariel se lo iba a quitar, y os lo digo yo, que soy ama de casa con experiencia.

―Las mujeres como usted no deberían andar sueltas ―gruñó enfurecido.

Me quité las gafas negras solo para lanzarle una mirada aterradora.

―¡No sea misógino! Podía haberle pasado a cualquiera.

―A mí, no.

―Será usted perfecto ―comenté con un retintín irónico.

Se quedó mirándome. No le veía muy bien el rosto, ya que llevaba casco, pero sus ojos eran preciosos. Muy sexys. Azules, de una intensidad que dejaba sin aliento.

―Pues ahora que lo menciona, sí, lo soy.

Chasqueé la lengua.

―Ya. Me congratula saberlo. Ahora, si es usted tan amable de darme sus datos para que mi abogado se ponga en contacto con usted y solucione este...

―Le daré mis datos ―me interrumpió, impaciente―. Pero de ningún modo hablaré con su abogado. Hablaré con usted. Y váyase preparando porque deberá compensarme muy generosamente por haberme manchado un traje de Kiton.

Lo miré con mala cara.

―Si lleva usted trajes de miles de dólares, ¿por qué va en moto? ¿No ve que está lloviendo?

―Porque cuando salí de casa esta mañana, no tomé en cuenta la posibilidad de que una chiflada con un Mercedes pijo fuera a lanzarme a un charco de barro.

No me sentí para nada ofendida. Es más, tuve que apretar los labios para ahogar una sonrisa. Hay que admitir que al hombre se le daban bien las descripciones. Yo era una chiflada, y, en efecto, conducía un Mercedes pijo.

―Ah, que encima le resulta divertido su intento de asesinato ―refunfuñó.

Me reí, no pude evitarlo. Sus ojos tenían tal expresión de cabreo que solté un par de carcajadas.

―Lo siento, señor...

Me taladro con la mirada. Parecía un niño malhumorado.

―Alexander C... ―contestó finalmente.

Me acerqué para ofrecerle mi mano. Sus ojos bajaron hacia ella y la miraron con desconfianza, como si no supiera si reaccionar o no. Sus dedos rozaron a los míos después de unos segundos, pero nuestro apretón de manos fue muy breve. Yo me retiré de inmediato en cuanto noté unos calambres recorriéndome la piel.

Nos quedamos mirándonos extrañados, no sé si por la brusquedad con la que yo había retirado la mano, o más bien por la intensidad de lo que sentimos al tocarnos. La curiosidad con la que me examinó indicaba que él también había sentido esa electricidad flotando entre nosotros dos.

―¿Y usted es?

Su tono de voz había cambiado. Ahora era tan suave como una caricia. Sin darme cuenta de ello, busqué su boca con la mirada. Era sensual. Muy sensual. Me hubiese gustado sentirla sobre mi cuerpo.

¡Mierda, no puedo pensar lo que estoy pensando! ¡Estoy casada!

―Soy Mia B...

Alexander se pasó la lengua por el labio inferior.

―De modo que Mia ―sonrió lentamente―. ¡Qué encanto!

Había cierta ironía en su voz al hablar. Ojalá hubiese podido verle bien el rostro. Estaba convencida de que debía de ser muy guapo. Su cuerpo era fuerte, de constitución alta, hombros anchos y cintura delgada. Era muy masculino, todo él. Esperé sinceramente que no tuviera la nariz torcida. Eso habría estropeado el conjunto.

―Hagamos una cosa, Mia. Te dejaré mi tarjeta y mañana a primera hora, procurando no atropellar a otro pobre infeliz, vendrás a mi despacho y hablaremos. ¿Te parece? ¿Mia? ―insistió al ver que yo no daba señales de que hubiera vida inteligente dentro de mi cuerpo.

Sacada de mi ensueño, agité la cabeza.

―¿Eh? Claro ―intenté sonreír brevemente―. ¿Por qué no?

Se sacó la cartera del bolsillo y, con sus dedos largos ―que yo ya me imaginaba recorriendo mis curvas―, extrajo una tarjeta y me la alargó.

―A las nueve en punto. No llegues tarde. Odio cuando la gente no es puntual.

―No he llegado tarde en toda mi vida ―alardeé, tan orgullosa de mi legendaria puntualidad.

¡Pues al día siguiente llegué tarde por primera vez en treinta años!

Eliot se había pasado con la cerveza la noche anterior, así que no me había despertado con sus cariñosos codazos.

Cuando llegue a la oficina del señor C..., eran las diez treinta. Jamás, en toda mi vida, había llegado tarde. Yo siempre llegaba a tiempo. Salvo esa vez, que llevaba hora y media de retraso, los pelos sueltos y peinados a la ligera y un traje negro. Acababa de conocerle, y mi perfecta planificación ya empezaba a dar señales de tambaleo.

El edificio donde trabajaba el señor Alexander C... ―en su tarjeta ponía presidente― era una torre de cristal de veinte plantas, con dos porteros y tres recepcionistas, que recibían a los visitantes en un impresionante hall de color beige, tan amplio que me hizo pensar en el interior de un hotel de lujo.

Intentando parecer profesional, me acerqué a uno de los mostradores de granito marrón chocolate y pregunté por él. Una mujer rubia e inexpresiva me dijo que el señor C... ya llevaba un tiempo esperándome ―como si yo no supiese ya que llegaba muy tarde―.

Después de echarme la bronca disimuladamente, la recepcionista me indicó la última planta del edificio.

―¡Detenga ese ascensor! ―grité enloquecida mientras corría hacia las puertas, que estaban a punto de cerrarse. Mis tacones repiqueteaban encima de las baldosas de tal modo que sonaba como si estuviera acercándose una horda de caballos asustados, no una muchacha fina y delicada como yo.

Por suerte para mí, una mano masculina salió del ascensor y detuvo las puertas justo a tiempo. Entré, jadeando como un podenco muerto de sed, le di gracias por encima del hombro e intenté calmar los latidos de mi corazón.

―De nada ―contestó él con voz culta―. ¿A qué planta va?

Hice un esfuerzo por dejar de jadear.

―La última.

En silencio, el hombre apretó botón. Me saqué un pequeño espejo del bolso y casi grité a causa del espanto que me produjo ver mi propia imagen.

―Pensará que soy una demente ―mascullé por lo bajo.

―Lo pienso desde ayer. El hecho de que esté hablando consigo misma tan solo confirma algo que ya sabía.

De todas las cosas malas que me podían haber pasado aquella mañana, esa encabezaba la lista. Lentamente, me volví sobre los tacones con una expresión de no-me-toques-las-narices; expresión que en unos segundos se convirtió en ¡Dios-mío-qué-bueno-está! Ni siquiera me acordé de lo que pretendía decirle, tan solo pude mirar ese rostro anguloso y delgado, cuya soberbia belleza me dejó sin aire en los pulmones. Sus pómulos eran un escándalo.

―Así que nunca llega usted tarde, ¿eh?

Esforzándome por dejar de mirar sus sensuales labios, tragué saliva.

―Me quedé dormida. Nunca me había pasado antes ―expliqué con nerviosismo.

Me dedicó una sonrisa condescendiente.

―Claro. Igual que nunca atropelló usted a un pobre hombre que solo pretendía llegar a su trabajo con el traje intacto ―se mofó.

Puse los ojos en blanco. No estaba para sermones.

―Escuche, señor, ya sé que se ha formado una mala impresión sobre mí, pero...

―Ni se imagina lo que pienso sobre usted ―repuso con aplomo.

Solté una risa nerviosa.

―Oh, yo creo que sí. Piensa que estoy loca de atar, informal y un auténtico peligro para los moteros de Nueva York.

Con los ojos fijos en los míos, dio un paso hacia mí, lo cual me hizo retroceder. De repente, el ascensor me pareció demasiado pequeño para los dos. Su cuerpo estaba muy cerca, demasiado cerca. Notaba el calor que emanaba. Tenía el rostro inclinado sobre el mío, solo nos separaban un par de centímetros de aire. Miré sus labios mientras nuestras respiraciones, algo alteradas, se cruzaban. Si tenía buen oído, entonces seguro que podía escuchar los latidos de mi corazón.

A medida que pasaban los segundos y seguíamos sin movernos, un aire lujurioso descendió sobre nosotros. No sé a qué se debía, tal vez al modo que teníamos de mirarnos. Nos estábamos devorando con los ojos, como si no existiera nada aparte de nosotros dos.

―Sí, pienso que es usted un peligro como conductora ―susurró, con los labios tan cerca de los míos que pensé que iba a robarme un beso―. Y, sí, pienso que es una informal, ya que nadie, nunca, me ha hecho esperar durante hora y media. En cuanto a lo de atar... ―se detuvo y sonrió deleitado, con sus azules ojos brillando peligrosamente bajo la mata de pelo oscuro―, tal vez tenga alguna idea, pero es posible que las personas rígidas como usted se santigüen si se lo cuento.

Sus ojos enfocaron mis labios. Su mirada era intensa, ardiente y muy insinuante.

Dios mío, quiere follarme, ¡y yo quiero que me folle! ¡Aquí mismo! ¡Ahora!

Ese es el verdadero momento cuando una esposa buena se corrompe, cuando se admite a sí misma que quiere mantener relaciones sexuales con alguien quien no es su marido.

―Señor C... ―balbuceé con voz débil.

Me callé porque no sabía qué decirle.

¿Áteme, señor C..., y hágame el amor encima de su mesa?, me propuso mi calenturienta mente.

Sacudí la cabeza para ahuyentar esos pensamientos. Realmente no podía pensar lo que estaba pensando.

―Llámame Alex ―susurró, sin apartar la mirada de mis labios―. Yo te llamaré Mia.

Mientras nos estábamos devorando con la mirada, el ascensor se detuvo y se abrieron las puertas. Gracias a Dios, porque creo que él iba a besarme y creo que yo iba a corresponder a ese beso. Había gente esperando, de modo que nos apresuramos a recuperar la compostura, y salimos en silencio.

Una vez fuera, me invadió el nerviosismo. Mi parte conservadora quería salir corriendo, regresar al despacho, trabajar como una esclava en lo que quedaba de día y luego ir a hacer la compra, para poder prepararle la cena al inútil de mi marido. Yo era Mia, la que no hacía esta clase de cosas como sentir un deseo sexual tan intenso por alguien a quien ni siquiera conocía. Yo lo tenía todo planificado, y eso, desde luego, no figuraba entre mis planes. ¡No, joder! Según la planificación que había hecho en Excel, ese día tenía que hacer la compra semanal. Ese día no podía follar, puesto que solo follaba los jueves. Y siempre con Eliot. ¡Y ese día era miércoles, maldita sea! Por no añadir que ese hombre tan guapo y tan seguro de sí mismo, NO ERA MI JODIDO MARIDO.

―Escuche, ¿por qué no me dice qué es lo que quiere? Ya le he hecho perder bastante tiempo.

Su rostro inflexible se giró hacia mí.

―Cierto. Te mereces un castigo, Mia. Entremos a mi despacho. Está al final de este pasillo.

Tragué en seco. Si entraba a su despacho, algo malo iba a pasar. Lo presentía. Los dos estábamos excitados. El aire del ascensor se había vuelto demasiado cargado. Además, sus ojos estaban clavados en mí como los de un depredador. No debía entrar en su despacho, a no ser que quisiera convertirme en una presa.

―Realmente tengo prisa. Mi marido quiere que le recoja una chaqueta de la lavandería antes de ir a trabajar.

Su rostro no se alteró en absoluto. Una parte de mí se entristeció. No sé qué es lo que esperaba, pero, desde luego, indiferencia, no.

―Así que tienes un marido.

―Sí.

Sonrió, mostrando unos dientes blancos, muy bonitos. No sé por qué sonrió, pero lo hizo.

―¿Hace mucho que estás con él?

―Seis años, de los cuales cinco casados.

Frunció los labios, meditabundo, y asintió con la cabeza.

―Debes de amarle, entonces.

¡Ojalá me acordara de lo que es el amor!, pensé mientras caminaba a su derecha. En algún momento, no sé cuándo, había empezado a andar. Y no precisamente hacia la salida.

―Claro que le amo ―mentí―. Es mi marido.

Me lanzó una mirada escrutadora.

―Que sea tu marido no supone que estés enamorada de él.

Cuando me quise dar cuenta, él abrió la puerta de su despacho, me arrastró dentro y la volvió a cerrar. Violentamente, aplastó mi espalda contra la pared y se pegó a mí.

―Te diré qué es lo que quiero de ti, Mia ―susurraron sus labios, encima de los míos―. Quiero follarte. Duro.

Abrí los ojos como platos soperos.

―Que usted… quiero decir, tú… quieres…

Entornó los ojos, irritado por mi tartamudeo.

―¡Oh, cállate, Mia! Tú también lo deseas. Hagamos las cosas fáciles.

Fue agresivo y muy excitante el modo en el que sus manos agarraron mi nuca y acercaron mi boca a la suya. Sus labios fueron firmes cuando los rocé. Ni siquiera se me ocurrió resistirme. Él me metió la lengua dentro y yo hice otro tanto, mientras una mano suya se colocaba encima de mi pecho y empezaba a masajearlo. Entonces me di cuenta de que, con las prisas, se me había olvidado ponerme el sujetador. Y de que mis pezones estaban tan duros que solo la humedad de su boca habría podido calmarlos. Me imaginé como sería que él pasara, lentamente, la punta de la lengua por esas prominencias, y gemí en su boca.

Alexander apoyó su erección contra mí y siguió besándome de ese modo tan feroz. Agarró mi mano, la introdujo entre nuestros cuerpos y la colocó encima de su miembro. Yo no estaba acostumbrada a esa pasión, y me sentí mareada. Con Eliot, era todo planificado y de lo más frío. Él nunca me cogía con violencia para pegarme contra una pared, ni me besaba de ese modo. De hecho, creo que ni siquiera me besaba. Con Eliot era todo:

―¿Tienes el lubricante?

―Sí...

―Pues abre las piernas. ¿A qué coño estás esperando? Tenemos quince minutos antes de que empiece el partido.

Pero eso era con Eliot. Con Alexander era... explosivo.

Su boca bajó por mi mandíbula, lamiendo y mordisqueando mi piel. Seguí acariciándole la polla, y sus manos siguieron encima de mis pechos, estrujándolos. Si no íbamos a parar en ese instante, acabaríamos follando encima de su escritorio. Y, Dios, no había nada que yo quisiera más que a este hombre entre mis piernas, penetrándome con furia.



*****



Estamos todas con las bocas abiertas. A Julia se le cae la almendra al suelo. Sky se ha ruborizado violentamente. Incluso Belle, cuya vida sexual es... complicada, se ha quedado con la mandíbula descolocada.

―¿Y qué pasó? ―insiste Belle impaciente―. No puedes pararte ahora.

―¡Nena, dime que te lo follaste! ―suplica Julia―. Quiero saber que al menos alguien de por aquí tuvo sexo del bueno.

Belle y yo la miramos escandalizadas.

―¡Oye! ¡Nosotras sí tenemos sexo del bueno! ―me defiendo en tono de reproche―. ¡Constantemente!

Julia hace una mueca.

―Tú tienes sexo con el hombre de otra y esta tiene sexo pervertido. ¡Eso no es sexo del bueno! Sexo del bueno es lo que Mia nos estaba contando.

―Además, estamos hablando de la calculadora Mia ―alega Sky.

―Eso. ¡Estamos hablando de la calculadora Mia! Ella nunca pierde el control.

Mia toma un sorbito de vino. Tiene el rostro ruborizado, lo cual la hace parecer más guapa que nunca.

―Pues ese día lo perdí.

―O sea, que te lo follaste nada más conocerlo ―conjetura Belle.

―¡No! Ese día solté su polla, aparte mis tetas de sus manos y salí despavorida.

Suelto una carcajada. Eso sí me suena más al comportamiento de Mia, la que todas conocemos.

―¿Entonces cuándo demonios te lo follaste? ―se impacienta Julia.

Mia le dedica una sonrisilla enigmática.

―Otro día os lo cuento. En quince minutos he de estar en casa. Ya sabéis que siempre llego a tiempo.

Belle desvía los ojos hacia el enorme reloj metálico que destaca en una de las paredes de su aséptico ático.

―¡Mierda! Jordan está por llegar. Marcharos antes de que nos pille cuchicheando.

―Por Dios, Belle ―protesta Sky―, ¿es que no quiere ni que tengas amigas?

―¡No seas ridícula! Claro que quiere que tenga amigas. Pero no que pase con ellas todo el rato.

―¿Entonces qué es lo que quiere que hagas en todo el santo día, Belle? ― pregunto, mirando lo hermosa y delicada que luce con su vestido blanco de tirantes y sus rubios cabellos recogidos en un moño alto que le aporta cierto aire virginal.

―Quiere que, al llegar a casa después de una larga y estresante jornada en la oficina, yo esté completamente desnuda encima de la mesa del salón. ¡De patas abiertas!

Julia se ríe.

―Pues más o menos lo que quiere mi Tommy. Con una única diferencia. En lugar de a su mujer en pelotas, Tommy prefiere a un enorme y sabroso... ¡pavo asado! También de patas abiertas.

Alguien sofoca una carcajada. Dos segundos después, las cincos estallamos en risas.

Julia se enjuaga las lágrimas y suspira.

―El club no se reunirá la semana que viene ―avisa Mia, ya con las llaves de su coche en la mano.

Intercambiamos miradas desconcertadas.

―¿Por qué? ―exige saber Skyler.

―Tengo cosas que hacer.

―Cosas como... ¿follar? ―le propongo con una ceja enarcada.

Mia suelta una risita de colegiala. Algo nos está ocultando.

―Os lo contaré la próxima vez que nos veamos.

En otro momento, habría insistido a que nos lo contara ipso facto, puesto que me pierde la curiosidad, pero esta noche no puedo perder más tiempo.

―De acuerdo ―cedo―. De todos modos, tengo que salir corriendo. He quedado con mi padre. Ya os lo contaré. ―Echo a andar hacia el ascensor, aunque nadie me sigue, ya que están todas admirando la nueva escultura que Jordan le regaló a Belle para su cumpleaños―. Adiós, chicas.

―Adiós, Chloé ―escucho antes de que se cierren las puertas del ascensor.

Mis nervios están un poco tensos por la inminente cena con mi padre. Nunca quedo con él, no tenemos mucho que contarnos. La última vez que lo vi fue en el funeral de mamá. Han pasado cinco años desde entonces. Ayer cuando me llamó, parecía impaciente por verme. Nuestra conversación no debió de durar más de un minuto; aun así, noté un tono urgente en su voz. Me pregunto qué querrá de mí. No creo que me haya invitado a cenar para saber qué tal me va la vida. Para esa clase de informaciones, solo tiene que leer el Post.

Arrebujada en una gabardina azul marino, taconeo bajo la lluvia, con la historia de Mia dando vueltas dentro de mi cabeza. Lo cierto es que nunca la había visto tan feliz como hoy, cuando hablaba sobre Alexander. Ese brillo de emoción en sus ojos nunca había estado ahí. Sé que Mia y Eliot perdieron la magia hace mucho tiempo, si es que alguna vez hubo magia entre ellos dos, cosa que dudo. Quizá Mia pensara que resultaba estadísticamente provechoso casarse con él y la magia no tuvo nada que ver con eso.

Mientras intento parar un taxi, llego a la conclusión de que Mia debería divorciarse. A veces la gente se empeña en seguir en matrimonios que ya no les satisfacen. Inevitablemente, pienso en él. En mi señor X. No uso nunca su nombre real, ni siquiera dentro de mi mente. Él es el hombre perfecto, con una sola excepción: está muy, muy, muycasado. ¡Casadísimo!

Y, aunque él diga lo contrario, yo sé que nunca dejará a su mujer. Siempre seré la otra, la zorra, la que destruye matrimonios felices. Esa es mi cruz, y si he de llevarla, pues la llevaré. Nadie sabe en realidad lo difícil que resulta ser la otra. Todos empatizan con la mujer engañada y nadie se da cuenta de que la otra también sufre. Porque cuando él se va, ella se queda sola en una casa vacía. Sola y rodeada de recuerdos, de huellas, de su olor. Durante la noche, en la más profunda oscuridad, ella coge la almohada encima de la cual hicieron el amor antes de que él se fuera, y la estrecha entre sus brazos solo porque aún conserva su olor.

Porque ella, la otra, la zorra o como queráis llamarla, le ama, a diferencia de su mujer.

Con esos pensamientos agobiándome la mente, regreso a la soledad de mi piso. A Julia la esperan sus tres hijitos y su marido. A Mia, Eliot. A Sky, su marido Blake. Belle, desnuda encima de la mesa del salón, espera a la bestia de Jordan. A mí no me espera nadie, salvo la oscuridad que se refugia no solamente en mi casa, sino también en mi interior, ahí donde nadie puede verla.

Día tras día, me coloco la máscara de una sonrisa. Y, día tras día, la gente me mira y ve en mí a una mujer pasional, fogosa, que vive la vida como a ellos les gustaría vivirla si tuvieran agallas. Sin tabúes, sin responsabilidades, sin límites. No ven a la mujer que soy en realidad. Solo ven la amplia sonrisa de una actriz de Broadway. Desconocen lo bien que interpretamos nuestros papeles las actrices. No saben que en cuanto nuestro público deja de aplaudirnos, nos refugiamos en la soledad de nuestros camerinos y lloramos porque, fuera del escenario, no tenemos nada que nos hagan sonreír.

No, nadie sospecha eso. Así que, día tras día, mis amigas se van a la cama con sus preocupaciones cotidianas atormentándoles sus cerebros de perfectas amas de casa, y se duermen sin tener ni idea de que su amiga Chloé está sentada en el frío suelo de su dormitorio, envuelta por la más densa oscuridad. No son capaces de ver las lágrimas que se escurren sobre la almohada que ella estrecha entre sus brazos.

Y es mejor que no lo sepan. Lo cierto es que nadie, ni siquiera tus cuatro mejores amigas, quieren verte llorar. Quieren ver que te has colocado tu sonrisa de siempre y finges estar bien, porque, como diría el bueno de Freddy, el espectáculo debe continuar.

Capítulo 2



―¡Estoy hasta el coño de mi suegra! ―vocifera Julia desde el ascensor.

Hoy toca reunión del club de las esposas malas. Sky, Mia y yo ya estamos sentadas en nuestros sitios habituales del enorme sofá blanco con forma de L, donde, aparte de nosotras, fácilmente podrían caber unos veinte jugadores de sumo. Belle, despeinada, descalza y vestida con uno de sus vaporosos vestiditos blancos que destacan su perfecto bronceado y sus ojos azules, está detrás de la enorme barra de acero, abriendo una botella de Perrier Jouet. Con Belle, todos los días es una celebración.

Belle y la Bestia tienen uno de aquellos sofisticados áticos con ascensor privado, de modo que Julia viene despotricando desde el mismo ascensor. Belle nos sirve una copa a cada una y saca unos pecaminosos aperitivos para acompañar el alcohol.

―¡Hala! Para la celulitis me vendrán cojonudas esas... estos... ―Julia se queda con el ceño fruncido, intentando definir aquellas cosas―... ¡lo que diablos sean!

―Deja de preocuparte por la celulitis, que estás estupenda ―Belle le entrega una copa―, y cuéntanos qué te ha pasado con tu suegra.

Julia, resoplando, se deja caer en su sitio.

―¡Ah, esa vieja arpía! ¡Me tiene harta! Dice que no ve un pimiento, pero luego bien que ve dedos en los muebles de mi cocina. Como un halcón jovenzuelo ve, os lo digo yo. No tiene más que cuento esa mujer.

Nos reímos de su cabreo. A Julia nunca le ha gustado su suegra. Y, según era de esperar, el sentimiento es mutuo. De haber sido por la digna señora, Julia jamás se habría casado con su hijo.

―Dice que soy una mala esposa. Una mala esposa, ¡yo!, que me levanto todas las mañanas a las seis, visto a los niños para llevarlos al cole, le preparo el desayuno a su hijo, recorro la casa de arriba abajo, ¡las tres jodidas plantas!, para recoger ropa, juguetes y vete tú a saber qué más; hago la comida, la compra, saco al jodido perro, publico tres libros al años y hago bizcochos para todas las JODIDAS reuniones del colegio de mis hijos. ¡Yo! ¡Una mala esposa! ¡Hay que joderse, hombre!

El rostro de Julia luce furibundo. Siempre le sucede lo mismo cuando viene su suegra de visita.

―¿Quieres tranquilizarte de una vez y empezar por el principio?

Sky es como el árbitro del grupo, siempre dispuesta a poner orden.

―Pues por el principio mismo quiero yo empezar. Y luego se quejan de que nos convertimos en malas esposas. ¡Si es que nos tienen amargaditas!



*****



La vida de Julia



Fuera estaba lloviendo a cantaros. Era un día horrible para conocer a una persona horrible. La primera vez que vi a esa vieja arpía, llevaba una bata roja como de terciopelo y unos enormes rulos en ese pelo de escoba. Quiero decir que ella los llevaba, no yo. Yo llevaba unos vaqueros ajustados al culo, uno de esos que una solo puede ponerse antes de parir trillizos, vosotras ya me entendéis. En mis peores pesadillas, aún me atormenta esa imagen suya de zarigüeya vieja asomada a la ventana de su cocina. Siempre la sueño vestida como estaba la primera vez que la vi. Las manos en jarras, un talle voluminoso y esa bata tan roja que le concedía el aspecto de un tomate gordo y maduro, uno de esos que uso yo para hacer la salsa de la boloñesa ―salsa que ella cataloga de demasiado liquida.

El caso es que yo bajé del coche de la mano de Tommy y al instante me di cuenta de que no le había caído bien a su madre. Una sabe esa clase de cosas.

―¿Y esa fulana quién es, Tommy?

Se puso las gafas porque, claro, no ve, la muy hija de perra.

Ma, ya te dije que dejaras de decir eso sobre Julia. Va a ser mi mujer.

―¡Ja! ¡Pero qué mujer es esa que se pasa el día escribiendo sobre copular!

Quise darle una patada en el culo a Tommy por haberle dicho, antes de que la encantadora señora me conociera, a qué me dedicaba yo.

―En realidad, escribo novela rosa ―aclaré, con mi mejor sonrisa en el rostro, sonrisa que en absoluto impresionó al viejo basilisco.

―Rosa, verde, amarilla, lo mismo me da. Solo las frescas escriben sobre fornicaciones. Y solo las frescas llevarían esos pantalones.

¡Hala! Ella tenía su sentencia y no había nada que yo pudiera hacer. Yo era una fresca y su hijo, un santurrón, el cielo era azul y la hierba, verde, el invierno era invierno y el verano, verano; eran cosas que ella sencillamente tenía muy claras. Y lo cierto es que Tommy realmente parecía un santurrón cuando estaba a su lado. Eran todos sí, ma, no, ma.

―Y mi Tommy no sabe hacer nada porque a mí no me parece bien que los hombres entren en la cocina ―me dijo mientras fregábamos los cacharros, ya acabada la grasienta comida que solo a un viejo basilisco como ella se le ocurriría servir―. ¿Donde se ha visto a un hombre fregando platos? Mi madre, que en paz descanse, siempre decía que los hombres solo valen para cortar leña y matar a las gallinas.

¿Leña? ¡¿Gallinas?! ¿Qué coño de gallinas si vivíamos en Manhattan?

―Lo que no sea eso ―prosiguió el esperpento, con aire digno―, deben hacerlo sus mujeres.

Si pensaba que iba a tener a su hijo de adorno mientras yo me mataba a trabajar, lo llevaba jodido. En cuanto nos fuéramos a vivir juntos, le enseñaría yo que los hombres pueden hacer más cosas aparte de romper los pescuezos a los pobres bichos emplumados.

Yo, que era muy ingenua cuando me casé, pensaba que iba a ser tarea fácil educar a un tío de treinta años. ¡JA! Los primeros meses de convivencia fueron una puta pesadilla.

―¡Cariño, no me has planchado las camisas! ¿Y qué me pongo yo ahora para ir a trabajar?

¡Encima que se las había lavado!

―¿Y por qué no las planchaste tú, Tommy? ¿Qué coño has estado haciendo toda la semana?

Tommy parecía furioso. En esa época estaba bastante más delgado que ahora, porque follábamos mucho, y eso adelgaza. Y porque yo aún no sabía guisar y solo cenábamos ensaladas. Ahora está como un ceporro, pero su madre sigue viéndole desnutrido. Porque, claro, como soy una mala esposa y le tengo desatendido al pobre...

―¡Pues trabajar, joder, Julia! ¡Ni que hubiese estado tocándome la polla toda la semana!

Se la había tocado y yo lo sabía ―el apetito sexual de ese muchacho no era normal―, pero no quise entrar al trapo.

―¡Pues yo también he trabajado, Tommy!

―Escribir no es trabajar ―gruñó mientras se ponía la camisa arrugada.

Mis ojos destellaron tal furia que habría hecho correr despavoridos a todos los demonios del infierno, pero Tommy no se dio cuenta de ello porque estaba cerrándose los botones de la camisa.

―¿Ah, que escribir no es trabajar?

Agarré lo primero que encontré y se lo lancé. Después de dormir cinco horas cada noche, tener un horrible dolor de cuello y una torcedura de muñeca, que vengan a decirte que escribir no es trabajar, jode mucho.

―¿Pero qué coño...? ―Lo primero que había encontrado era una tostada mordisqueada, posiblemente de ayer, que se quedó pegada a su camisa con el lado que estaba untado de mantequilla y miel―. ¡Estás como una puta cabra, Julia! ―ladró mientras se la despegaba―. Mi madre llevaba razón. Tenía que haberme casado con Peggy Sue.

Mi mente se llenó de una furia tan intensa que me recorrió de arriba abajo como un ataque febril.

―¿Peggy Sue? ¡¿Peggy Sue?! Te voy a dar yo a ti una Peggy Sue que no vas a poder con ella.

Cogí todos los cacharros y empecé a lanzárselos. El lado bueno de todo era que ya no tendría que fregarlos, puesto que fueron estrellándose, uno después del otro, en el suelo de la cocina.

Tommy me miraba horrorizado, con sus ojos verdes desorbitados. Era una escena de lo más cómica, ahora que lo pienso. Ahí estábamos los dos, rubios, jóvenes y con los ojos hinchados de sueño, gritándonos el uno al otro en medio de todo ese infierno de añicos y restos de la cena de la noche anterior.

―Te voy a pedir el divorcio, ¿me has oído? ¡Estoy harto de esta mierda!

―¡Lo que pasa es que tú no quieres una esposa! ¡Quieres a una puta esclava! ¡Porque así te ha educado tu madre, para que seas un puto inútil!

Tommy golpeó la pared con un puño.

―¡Con mi madre no te metas, te lo advierto! ¡Por ahí sí que no paso!

Estaba colérico. Nunca le había visto tan cabreado conmigo. ¡Y todo por la vieja zarigüeya de mi suegra!

―¡Pues lárgate con ella!

―¡Pues me voy!

Cinco minutos después, Tommy me follaba contra el lavado. Se empujaba con fuerza dentro de mí y me besaba con violencia. Creo que nos corrimos en menos de dos minutos. Fue algo muy intenso.

A partir de ahí, cuando se dio cuenta de que no podía vivir sin mí, mi Tommy empezó a cambiar sus hábitos. Aprendió a poner la lavadora. Mezcló las rojas con las blancas, pero yo solo dije:

―No pasa nada, amor. Este año se lleva el rosa en las pasarelas.

―¡Julia!, ¡pero todas mis camisas son blancas con manchas rosas! ―gritó horrorizado.

Él esperaba que dijera que a partir de ahí iba a ocuparme yo de la colada. ¡Ja!

―No te preocupes, la próxima vez te saldrá mejor. No hay que mezclar.

Y seguí con mis tareas.

El siguiente paso consistió en aprender a cocinar. Cosas sencillas, no os vayáis a pensar que mi Tommy preparaba pato al orange.

―La ensalada te sale mejor a ti ―protestó, mirándome con ojos de niño bueno.

―Solo es una ensalada, Tommy.

―Ya, pero te sale mejor a ti.

―Es por el aliño, amor, así que tú haces la ensalada y lavas los cacharros, y yo la aliño para que te quedes tranquilo.

No le hizo demasiada gracia, pero obedeció. Deprisa además, porque quería follarme contra el suelo antes de que me pusiera a escribir.

Poco a poco, Tommy fue convirtiéndose en el marido perfecto. Solo mutaba cuando venía su querida madre de visita. Como ahora, que se va a tirar tres semanas en mi casa, y, creedme cuando os digo esto: el infierno será un hotel resort & spa comparado con mi casa.

Pero dejadme que os ilustre.

―¡Dios mío, Julia! ¡Pero qué gorda estás! ―me halagó nada más verme―. ¿Esto le parece bien a mi Tommy?

―Me gustaría a mí ver a su Tommy pariendo a tres muchachos gruesos como los míos. Cuando lo haga, podrá opinar sobre el tamaño de mi cintura.

Yo estaba de pie detrás de la isleta, rompiendo unas judías verdes para la cena ―imaginándome, de modo bastante gráfico, que las judías eran el pescuezo de mi suegra―, y ella estaba sentada en una silla alta, tomándose un Martini y tocándose el bolo, como siempre hacía, porque, claro, su estado era delicado. No tenía más que cuento para conmover a su hijo.

―No te preocupas nada por tu aspecto ―continúo despotricando―. No sé qué es lo que haces en todo el día. Si al menos limpiaras...

Me giré de cara a ella solo para fulminarla con mi mirada de acero.

―Señora, yo limpio.

―Me refiero a limpiar bien, Julia. Esta casa es una pocilga. Tus armarios están llenos de dedos. Y, Dios mío, ¿eso qué es?, ¿chocolate en la cortina?

Giré la cabeza para examinar la cortina. No sé si era chocolate o mierda, la verdad es que podía ser cualquier cosa. Desde luego, tenía un aspecto marrón mierda.

―¿Por qué no lo prueba usted para ver qué es? ―propuse, regocijándome en mi interior.

¡Ojalá fuera mierda! Mis hijos no son precisamente lo que se dice unos angelitos, así que podían haber untado perfectamente la mierda del perro en las cortinas, pensé.

―Julia, no me faltes el respeto en casa de mi hijo.

―Bueno, técnicamente, es mi casa, ya que la pagué con los beneficios de mi primer libro.

―Sigo sin entender qué clase de mujeres son aquellas que leen tus libros. Si solo escribes sobre fornicar. ¡Un trío! Dios mío, no me cabe en la cabeza cómo es que Tommy se casó contigo.

¡A mí lo que no me cabe en la cabeza es cómo me casé yo con él, con la madre que tiene!

―Pensaba que no leía usted mis obras.

―Por favor, claro que no leo esas vulgaridades que divaga tu sucia mente.

Solté la judía y la miré ceñuda.

―¿Entonces, cómo sabe lo del trío?

Se quedó sin palabras.

―La madre de Peggy Sue, oh, qué chica tan encantadora, lo dijo en misa ―fue lo primero que se le ocurrió―. El reverendo Dickens va a reunir firmas para que prohíban tus libros.

―¡Hala, qué majo!

―Julia, lo siento, pero es una blasfemia. ¡Un trío con Satán!

Entorné los ojos.

―Bueno, técnicamente, no es con Satán. Lucian solo es un demonio de pacotilla.

Mi suegra me miró con una arruga en el entrecejo. ¡Mira que era aterradora, la jodía!

―Deberías ir más a la iglesia. El reverendo Dickens te purificaría en un par de meses.

―Seguramente, pero es que a mí me gusta ser sucia.

―Lo que eres es una fr... fenomenal ama de casa.

¿Eh? ¿Al basilisco le estaba dando un ictus?

Seguí la dirección de su mirada y vi a Tommy plantado en el umbral de la puerta. Claro, así se explicaba su repentino cambio de táctica.

―¡Qué adorable! ¡Mi madre y mi mujer llevándose tan bien!

¡Qué hombre tan ingenuo, por el amor de Dios! Y la vieja zarigüeya siempre hacía lo mismo. Por eso, cada vez que yo me quejaba, Tommy pensaba que estaba mal de la cabeza. Porque ella, delante de su hijo, era una suegra de ensueño.

―Voy a tomar un par de cervezas con unos amigos ―anunció Tommy―. Vuelvo antes de cenar.

En cuanto salió por la puerta, Suegrinator y yo empezamos una nueva trifurca.

―Julia, tus niños son unos mal educados.

―Han salido al padre.

―¡No te lo permito, Julia! En casa de mi hijo...

―Casa que pagué yo... ―volví a insistir.

―¡Me da igual quien la haya pagado! ―se sulfuró.

―Pues cuando vivíamos en el piso de Lower East, bien que decía usted todos los días que el piso lo había comprado Tommy porque yo solo era una mantenida muerta de hambre, que no tenía donde caerme muerta y que ¡encima! dedicaba todo mi tiempo libre a hablar sobre fornicaciones con otras frescas como yo ―le recordé, paciente.

―Porque eras una mantenida muerta de hambre, que no tenías donde caerte muerta y que encima dedicabas todo tu tiempo libre a hablar sobre fornicaciones con otras frescas como tú, Julia. Sé que la verdad duele, cariño, pero la verdad es la verdad.

¿Habéis tenido alguna vez deseos homicidas?, ¿o, más concretamente, suegricidas? ¿Pero de los de verdad? ¿De los que te hacen visualizarte a ti misma envenenando ese té que la pobre y debilitada anciana te pide que le subas todas las noches a la cama porque ella no puede levantarse en su estado? Yo sí, los tuve en ese momento. Y casi experimenté un orgasmo solo de pensarlo.

―Hay gente que sencillamente no debería tener hijos. Habría que castrarlos.

Agarré el cuchillo ―tranquilas, no para matarla, aunque se me pasó por la mente― y empecé a picar la cebolla.

―¿Por qué no se lo dijo usted a Tommy antes de que tuviéramos a esas tres criaturas de ahí?

―¡No seas absurda! No me refería a mi Tommy. Me refería a ti.

―Ah. Me halaga.

Empecé a hacer el sofrito mientras ella seguía tocándose el bolo.

―¿Y cuándo vas a sacar tu próxima blasfemia? ―quiso saber de pronto.

―¿Por qué?, ¿para qué me galardone usted una estrella en Amazon?

Seguro que todas esas malas críticas me las había hecho la muy zorra con unas cuantas cuentas falsas. Porque hay que ser zorra para joder a alguien de ese modo.

―No digas tonterías, querida. Solo pregunto para saber cuándo hay que enviar un escrito a tu editorial para que censuren el contenido de ese libro. O, mejor, que directamente lo retiren del mercado.

―Oh. En tal caso, puede estar usted muy tranquila. Yo no tengo una editorial. Soy auto publicada.

―Claro. ¿Qué editorial en su sano juicio publicaría la basura que escribes tú?

Agarré la cuchara con fuerza y, apretando los dientes, removí el contenido de la olla, mientras imaginaba que esa olla era un caldero, yo, Satán, y mi suegra, el sofrito. No solté una risa diabólica de puro milagro.

―¿Tus hijos están todo el día con la play station? ―cambió de tema.

―Pues sí. Así no me dan el coñazo.

―Lo que yo decía. Habría que castrarlos... ―refunfuñó mientras se levantaba, medio borracha, y se iba a incordiar a mis pobres angelitos.

Esa noche, Tommy y yo discutimos como siempre, a causa de su madre. A lo largo de nuestro matrimonio, Tommy y yo nunca habíamos tenido una trifulca por causa nuestra. Siempre era algo que guardaba relación con su madre. Lo malo de tener cuarenta y dos años, tres hijos en la habitación de enfrente y una suegra demente en la de al lado ―posiblemente con los rulos puestos, su horrible bata roja de terciopelo y un vaso pegado a la pared, para escucharlo todo―, es que no puedes follar para acabar con la pelea, así que esta se prolonga y se prolonga, y se sacan los trapos sucios, y ambas partes se atacan entre sí con lo peor que se les ocurre, como:

―Porque te hablo y es como hablar con las jodidas paredes, Julia. Estás todo el puto escribiendo.

Y tú contraatacas diciendo:

―Si me ayudarías más con la casa, no tendría que estar trabajando por la noche también. Porque, Tommy, joder, no puedo con todo. ¡Porque no soy perfecta, coño! Y estoy harta de que todo el mundo espere tanto de mí. Por una vez en mi jodida vida, me gustaría hacer lo que quiero, no lo que debo. Me gustaría seguir llevando una treinta y seis en vez de una cuarenta y dos. Y me gustaría follar contigo como antes, y sentir que me deseas, o que, al menos, te gusto aunque sea un poquito. Y me gustaría irme de compras como antes, y soñar por la noche con algo que no sea hacer limpieza general porque la bruja de tu madre viene de visita con los prismáticos en el bolso. Y me gustaría que, por una vez en diez jodidos años, ¡fuéramos a ver una peli que no sea Nemo! Porque odio al jodido Nemo, ¡porque me hace llorar!


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