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Y ahora, voy a besarte


Pauline O’Brayn














































PUBLISHED BY:

Pauline O’Brayn


Copyright © 2018


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Este libro es una obra de ficción y cualquier parecido con personas, vivas o muertas, o lugares, eventos o lugares es pura coincidencia. Los personajes son producciones de la imaginación del autor y utilizados de manera ficticia.


Edición: Mónica Hernández

Portada: Mónica Hernández




























ÍNDICE

Prólogo

Capítulo 1

Capítulo 2

Capítulo 3

Capítulo 4

Capítulo 5

Capítulo 6

Capítulo 7

Capítulo 8

Capítulo 9

Capítulo 10

Capítulo 11

Capítulo 12

Capítulo 13

Capítulo 14

Capítulo 15

Capítulo 16

Capítulo 17

Capítulo 18

Capítulo 19

Capítulo 20

Capítulo 21

Capítulo 22

Capítulo 23

Capítulo 24

Capítulo 25

Capítulo 26





















Prólogo


Mi nombre es Brianna o, mejor dicho: soy Brianna Bo Harrelson y este es el estúpido diario que mi psicoterapeuta me obliga a tener al día. Por cierto, Caitlyn, ¿en qué película has visto que esto podría servir como terapia? ¿no te avergüenza recomendar a tus pacientes terapias absurdas que has visto en alguna peli ñoña de Nicholas Sparks? Además, ese perfume entremezclado con tu loción de crema hidratante aceitosa, esa con la que te empeñas en disimular la exagerada sequedad de tu piel, es irritante, y agobiante, y nos intoxica a todos. Es el tema estrella en tu pomposa sala de espera: “¿Habrá cambiado Caitlyn de crema hidratante? Oh, señor, sí, espero que sí”, gritamos todos al unísono.

No eres buena profesional, no al menos si toda tu terapia se concentra en dos pasos: “deja de hacer tal o cual cosa, Brianna, no es bueno para ti ni para tu familia”. O como cuando intentas ser como una buena amiga y me aconsejas cambiar de color de pintura de uñas, o me recomiendas salir y conocer a otros chavales, con mis mismos gustos, de mi misma edad.

“Misma edad”

Estoy tan harta de lo que la edad significa para todos excepto para mí. Es como si al cumplir los dieciocho años automáticamente fuésemos otro ser diferente al que éramos con diecisiete, once meses y 23 horas. Disculpa, Caitlyn, pero cuando tenga dieciocho años seguirá gustándome lo mismo que con dieciséis: las mismas personas, las mismas cosas y por supuesto el mismo hombre. Lo siento si tú no puedes conseguir un hombre a tus cuarenta y muchos, no es mi problema, ni el de ninguna de las pobres almas atormentadas y obligadas por algún juez o padre (al caso es lo mismo) a asistir a tus estúpidas terapias.

Sé lo que piensas de mí, de mis padres, de esta situación: “pobre niña tonta y rica que no sabe ni quien es, ni lo que quiere en la vida. ¡Qué golpe te vas a llevar!”.

A lo que iba: mi nombre es Brianna, y en estas páginas pienso hacerte entender, aceptar y desear vivir una historia como la que yo he tenido el placer de vivir, Caitlyn.

Al fin y al cabo, todos merecemos vivir una historia como esta al menos una vez en la vida.


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Capítulo 1


Esta historia comienza el primer día del segundo semestre de mi pregrado en la educación superior de la universidad católica de Portland, Oregón. Como bien sabrás, mi padre posee una de las más importantes empresas de transporte de madera de todo Oregón, la cual fue una de las primeras en tener conexión a través de tierra, mar y aire al mismo tiempo a nivel estatal. No pienses que es un padre permisivo, ni autoritario, ni de esos que nunca ha estado en casa, a quien apenas vemos o que descuida su labor como padre, aunque tampoco creas que lo sabe todo de nosotros.

Somos tres hermanos: Bob, Mika y yo.

Sí, soy su única hija y la más pequeña, pero no por ello nos ha educado de manera diferente entre nosotros. Como es normal, odio a mis hermanos de vez en cuando, pero los amo la mayor parte del tiempo. Son cosas que no logro comprender en esta etapa de mi vida: amar y odiar a un mismo nivel. Supongo que se me acabará pasando del mismo modo en que tú crees que se me pasará todo.

¡Qué ingenua!

Como podrás ver a lo largo y ancho de este estúpido proyecto el cual te empeñas en llamar terapia y que me resta ganas, tiempo e ilusión por la vidano soy, como quizás fuiste tú, una niña acomplejada e intelectualmente muy por debajo de la media.

Cuando tenía diez años mi madre revolucionó al consejo escolar de mi colegio para que, sin duda, contemplasen la posibilidad de proponer la reevaluación de mis conocimientos, ya que, según ella, estaba muy por encima de mi nivel. No sé si fue por la ingente cantidad de dinero que mis padres insuflaban a las diferentes instituciones educativas de Portland, por lo cansina que puede ser mi madre cuando lo desea, o porque en verdad era lo que ella creía que era, pero al año siguiente todo cambió.

Desde el minuto uno en que puse un pie en el instituto y como era de esperar, me convertí en el centro de todas las miradas, pero además mi popularidad fue aumentando a medida que aumentaban las responsabilidades y tareas en las que me iba sumergiendo: fui capitana de mi equipo de ajedrez, presidenta de la asociación de alumnos y alumnas por la igualdad, directora de la revista del instituto, capitana de las animadoras dos años consecutivos; participé en el club de teatro y de lectura algunas pocas veces, muy a mi pesar por falta de tiempo, como podrás comprender, y lo que resultó ser decisivo en mi vida y elecciones futuras: participé de lleno el club de pintura y artes mixtas cada año que pude.

Como sospecho que también sabrá, a los dieciséis años, mucho antes de lo que yo deseaba y esperaba, estaba en la universidad junto a hombres y mujeres de todo Portland y de otros muchos países. Pese a que mi padre ponía especial énfasis en motivarme para que me decantase por un pregrado asociado a las ciencias, yo me decanté por el asociado a las artes: me encantaba el dibujo, la pintura, la escultura y la historia del arte en general, cualquier expresión artística me tenía embobecida durante horas y aunque me gustaban las ciencias, cuando me imaginaba la vida sentada junto a una probeta, una calculadora o junto a un vaso de precipitado, me entraban unas terribles ganas de saltar por la ventana. No se trataba de lo que se me daba bien, ya ve que no tenía problemas prácticamente en ningún área, se trataba de lo que me daba la vida.

Una vida de mecenas, de escritor, de pintor, de galerista, de impulsora o descubridora de talentos… Sencillamente era lo que aún hoy deseo con ganas.

Caitlyn, no crea que llamaba especialmente la atención por mi aspecto, me refiero a que la diferencia de edad fuese especialmente llamativa físicamente hablando. La verdad era que pasé desapercibida y que no fue hasta muy entrado el año escolar que alguien se me quedó mirando y verbalizó la que yo pensaba que sería la duda más evidente de todo el campus:

—Oye Brianna, tú…tú no tienes nuestra edad ¿Cierto?

Bonnie estudiaba un postgrado de ciencias, pero coincidíamos en algunas asignaturas optativas. Yo congeniaba con la mayoría, aunque, para serle del todo sincera, no quería intimar con ninguno en concreto. Por esa razón todos pueden decirle cómo me llamo, pero no podrían contar nada más de mí.

Bonnie, como le contaba, no es que fuese muy avispada, pero cuando salíamos algunas tardes después de clase y yo siempre rechazaba las cervezas, ella me miraba y sacaba unas silenciosas conclusiones que acabó por desglosarme un semestre después.

Era intolerante al gluten, la cerveza debía ser estupenda, pero yo no podía ingerirla sin pasarme la noche en urgencias o en mi baño retorciéndome por las molestias. Y por supuesto que aquello levantó sus sospechas, así que se envalentonó lo suficiente como para hacerme aquella afirmación frente a, al menos, tres chicos de postgrado más.

—La verdad es que no, Bonnie. —Respondí dando un sorbo a mi batido de leche de soja. — Tengo dieciséis años.

Todos me miraron boquiabiertos por al menos un minuto. Les otorgué un tiempo para que asimilasen lo rápido que accedería a la vida laboral gracias a haberme adelantado unos cuantos años al resto de mi generación, si es que era eso lo que pensaban.


—Deberías estar en el instituto. ¿Qué haces aquí? —continuó ella, tan ingenua como de costumbre.

—Falsifiqué mi expediente y todos mis datos personales. —mentí— Pagué algo así como mil dólares por un carné falso y varias cartas de recomendación del alcalde y del director de mi antiguo instituto, con sellos y todo.

Me observaron algo así como un minuto en silencio antes de comenzar a pedir más y más pruebas de lo que les estaba contando. Luego pasé media tarde tratando de convencerles de que les había gastado una broma. Bonnie aún cree que mi padre es traficante de influencias y que consiguió mi ascensión educativa a golpe de talonario. Como te decía, no es muy avispada.

Yo no manejaba las redes sociales, ni poseía teléfono privado porque creía firmemente en que no tenía edad para poseerlos. Aún hoy pienso que son instrumentos de dominación y aturdimiento mental y sigo sin usarlos. Había sido testigo de cómo esos elementos atontaban a la gente en innumerables ocasiones y, la verdad: ¿quién podía querer leer las estupideces que opinan los otros en sus perfiles cuando tienes entre tus manos un ejemplar de Lord Byron? ¿Sabías que murió porque los médicos trataron de curar su resfriado colocando decenas de sanguijuelas por todo su cuerpo y éstas absorbieron casi toda su sangre en menos de un día? Quizás tú lo descubriste rebuscando en Wikipedia, pero yo me he pasado la vida entre las paredes de la biblioteca del condado de Multnomah: la de Saint Johns, Kenton y North Portland. La del noroeste me estaba prohibida por estar demasiado alejada de la sociedad.

Mis padres a veces pecaban de sobreprotección y me irritaba que tratasen de controlar mis pasos en más de una ocasión; aunque les daba motivos de sobra para confiar en mí, seguían sin tener claro que no estuviese sufriendo acoso o sobrecarga mental. Era tan absurdo que se sintiesen mal después de haber luchado tanto para colocarme tan fuera de mi entorno y de mi generación, que me descubrí riendo por dentro, negando en silencio ante el absurdo de sus preocupaciones.

¿A qué venían esos miedos, esas inseguridades ahora? ¿No debieron pensarlo mejor antes de remover cielo y tierra sólo para poder contar a sus amistades que me había saltado al menos tres cursos?


Lo bueno de las universidades caras, las privadas, las de renombre, no era que lo que te enseñasen fuese superior o un secreto para la mayoría; mucho menos desde que existe internet. Lo genial era que tus profesores bien podían ser premios Nobel, químicos o artistas de postín y de renombre. Te daba la oportunidad de conocer y aprender de los hombres y mujeres que pasarán a la historia por demostrar lo que enseñan. Muchos de mis profesores aparecían en los libros de texto y muchas veces aprendía sobre la marcha cosas que no sabía nadie más en todo el mundo, pues eran técnicas que se estaban testando en aquellos tiempos.

Mi profesor de arte contemporáneo, el señor Dockay, no era precisamente una eminencia ¿sabe usted? pero estaba muy bien relacionado. En menos de seis meses acudimos a charlas y exposiciones impartidas por Ai Weiwei, Jeff Koons, Damien Hirst o Yayoi Kusama. Eso bien podía valer el dinero que costaba estudiar allí, doctora, se lo aseguro.

Cuando comenzó el semestre y se nos comentó que el pobre profesor Dockay había sufrido una especie de isquemia cerebral, se me vino el mundo abajo. Yo lo había sospechado por meses sobre todo cuando lo observaba arrastrar las palabras o sacudía su brazo como si lo sintiese adormecido, o como si le hormigueasen las extremidades. Toda la clase dio por sentado que al profesor Dockay le gustaba empinar el codo más de la cuenta y que aquel semi ictus se había debido a su profundo amor por el señor Jack Daniels.

Cuando lo comenté en casa recuerdo que mi padre aplaudió mi supuesto diagnóstico precoz, no sin antes amonestarme cariñosamente por no haber elegido el pregrado asociado a las ciencias de la salud.

—¡Cuántas vidas podrías salvar gracias a ese talento innato, a esa curiosidad, Brianna! Aun estás a tiempo.

No estaba a tiempo. Hacía años que estaba muy lejos de estar a tiempo de pensar en otra cosa que no fuesen las artes gráficas, el arte contemporáneo o la paranoia del nuevo arte.

Aquel lunes recuerdo entrar en clase habiendo perdido gran parte de mi ilusión por el resto del semestre. Sinceramente pensaba que, fuese cual fuese la elección de la comunidad educativa como reemplazo para el profesor Dockay, sería un fracaso absoluto. Aquella mañana apenas habíamos acudido a clase un puñado de curiosos, lo más probable era que acudiésemos conmovidos por el suceso y deseando poder mandar nuestros mejores deseos al profesor con algún recadero voluntario. El resto consideró que la sustitución del profesor de arte contemporáneo no era más que un acto protocolario, como lo eran el primer día de clases o el último. Y así fue como pude sentarme en las mejores butacas y con las mejores vistas por primera vez en meses.

Créame, Caitlyn, si le digo que aquel día no se despertó en mí más la curiosidad que el día en el que la conocí a usted. En ambos casos pensé: “¿cómo habrá llegado esta persona a este lugar? Pero ¡si no tiene ni idea!”.

En su caso, doctora, usted la edad sí que la tiene, pero aquel muchacho que irrumpió en el aula semi vacía, aquel al que casi señalo la butaca vacía junto a la mía cuando percibí que se encontraba desconcertado y perdido, quizás como todos nosotros, aquel muchacho no podía ser el profesor sustituto de Dockay y sin embargo sí que lo era.

Era un muchacho de unos treinta y pocos, quizás no llegaba a tanto, alto, aunque no era la cualidad que más llamaba la atención de su aspecto, vestía unos pantalones salpicados de pintura negra y unas deportivas de caña alta desanudadas y roídas. No podíamos ver apenas su rostro, pues llevaba un jersey negro al menos dos tallas más grande que la que le correspondía y la capucha extendida por encima de la frente creando una incómoda sombra que no nos dejaba apreciar ni un mísero rasgo de sus facciones. Descubrí que el resto de la clase se alongaba por encima de sus pupitres tratando de vislumbrar algo más de aquel misterioso personaje que tenía la misma pinta de estúpido que nosotros. Incluso llevaba una roidísima mochila de pana color tierra colgada del hombro que parecía tener más años que la propia facultad. Carraspeé incómoda tras varios minutos de silencio que me parecieron innecesarios y dramáticos de por demás.

No soporto los silencios: lo habrá notado cuando en su consulta apenas permito que intente deslumbrarme con sus teorías sacadas de libros estúpidos de masonería y demás autores escépticos del siglo diecinueve. Aquel muchacho era, como mucho, silencioso, bastante reservado, tanto que incomodaba, es más, para mi sorpresa y la de los demás, parecía estar más incómodo en nuestra presencia que nosotros mismos.

Extendió una mano de dedos largos y tintados hasta su frente y se echó la capucha despacio hacia atrás: estaba rapado, pero no completamente, sino hasta el punto en el que poder adivinar de qué color era su pelo —negro como el alquitrán—. Advertí que poseía algunos tatuajes coloridos asomando justo debajo de las mangas roídas y acabé dejando caer los hombros completamente desilusionada, aunque intrigada por saber algo sobre aquel personaje.

Jamás habría usted imaginado cómo fue aquella primera toma de contacto con nuestro nuevo profesor; ni siquiera recuerdo si se presentó o si acaso habló antes que yo.

— ¿Eres el nuevo profesor sustituto o un alumno extraviado? —dije, ingenua de mí, pensando que estaba allanando un camino de por sí bastante trillado.

Sus ojos, oscuros aunque brillantes, se posaron sobre los míos sin darme tiempo a preparar una pose o una expresión lo suficientemente segura a la cual agarrarme si su respuesta era demasiado dura, o ambigua y poco concluyente: se deshizo de la mochila en un gesto ágil, y con una economía de movimientos digna de cualquier súper héroe entrenado en artes marciales chinas, la posó a un lado del pupitre, junto al pie del bancal.

—Por lo que yo sé, —comenzó y su voz más profunda que la misma fosa de las Marianas nos estremeció por inesperada y oscura— podría ser ambas cosas. ¿Tú que crees?

Según pude deducir de aquellas primeras palabras, parecía querer comenzar creando un clima misterioso e intentaría que nos rompiésemos el coco, o tal vez se estuviese riendo por dentro. Las posibilidades aumentaban y por lo poco o mucho que yo manejaba de aquel campus, ese individuo era completamente desconocido para mí. De hecho, no creo que permitiesen en una universidad privada y católica a alguien con aquellas pintas, por lo que me imaginé, y supongo que cualquiera en mi situación habría hecho lo mismo, que aquel muchacho nos gastaba una tardía y ridícula novatada sin una pizca de gracia.

Sé que usted es judía, Caitlyn, lo sé y me extraña que mis padres me hayan metido en su consulta sabiéndolo, pero en nuestra cultura, los prejuicios son pan de cada día: no existe un almuerzo en casa de los Harrelson en el que no bendigamos la mesa para comenzar a despotricar sobre la vida y escasos milagros del resto de mortales, conocidos o no conocidos. Yo no soy prejuiciosa con aquellos que muestran respeto hacia los demás, con aquellos que son conscientes de sus capacidades o de su falta de capacidades; por eso, con usted soy tan directa: usted ha despertado en mí la necesidad de evidenciar este aspecto, y, por ende, la necesidad de explicarle que no posee capacidades, pero que aun así cobra doscientos dólares la hora engañando a muchos peleles mediante la aplicación de teoremas y teorías que se ha descargado de internet.

Pero, como le decía, trato de no ser prejuiciosa, y es aquí donde debo admitir que con aquel muchacho me ocurrió algo extraño: no podía dejar de etiquetarlo y de humillarlo mentalmente. Sentí la tentación de levantarme y salir de allí dando un portazo. Quería manifestar mi frustración y ahora, después de tanto tiempo desde entonces, creo que a él le hubiese encantado que lo hubiese hecho, incluso me atrevería a decir que me habría aprobado sobre la marcha si así hubiese sido.

Cuando por fin su rostro dejó de suponer un misterio, me sorprendió observar que era proporcionado y algo regio, pálido pero elegante sus facciones eran elegantes. Tenía un aire como helénico, sutilmente femenino, aunque recio en el fondo; su mirada era impenetrable, tranquila, mostraba una seguridad aplastante cuando te miraba, penetrando más allá del sentido de la vista.

Finalmente, me tocó aceptarlo, sin paliativos: aquel era el sustituto del profesor Dockay. Se acabaron las visitas a exposiciones de renombre, los posibles apretones de mano a grandes del arte, las reuniones con aforo limitado, las clases maestras…

Aquel muchacho no conocía a Theaser Gates más que por Google, como todos; mientras que mi querido profesor Dockay había ido al colegio con Frank Stella, aquel tipo quizás hubiese acabado un curso de formación profesional sobre pintura y paredes un par de semanas antes.

Pese a que suelo presumir de mi tolerancia y saber estar, aquella mañana sentí ganas de reír y enrabietarme como hacía tiempo no sentía. Se evidenciaron entonces mis dieciséis tristes años, gruñido tras gruñido. No crea que pasó desapercibida pues mi silenciosa rabieta desconcertó a aquel muchacho, el cual me miraba de soslayo con sus enormes e impenetrables ojos castaños. Incluso sentí el impulso de exigir que alguien me explicase la razón por la que debía acatar los dictados de aquel desgarbado.

Sobra decir que con el tiempo aprendí a sentir mucha vergüenza por aquellos primeros pensamientos y que trato de enmendarme cada día desde entonces intentando emitir los mínimos juicios de valor que me permitan mi educación y cultura. Créame que es tremendamente difícil.


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Capítulo 2


Joshua.

Se llamaba Joshua, o eso nos dijo entonces. Quizás no fuese entonces, en aquel momento, aquel día, o aquella semana. Sólo sé que en algún momento alguien lo llamó así. No pretendía presentarse de ningún modo y sus clases no me llamaron especialmente la atención hasta, al menos, dos semanas después, cuando comencé a asistir con regularidad. Digamos que fue por aquel entonces y sólo cuando la mayor parte de mis compañeros no paraba de hablar de los métodos del tal Joshua, de su falta absoluta de intenciones de ser políticamente correcto en una “universidad católica”, o de cómo parecía haber seducido ya a la mayor parte de alumnas y profesoras —sobra decir que algún que otro profesor también demostró estar encariñado con él— en tan solo unas semanas, que comencé a sentir verdadera curiosidad por sus métodos tan famosos. Al parecer aquel tipo apenas se dejaba ver fuera del aula y nadie sabía muy bien dónde solía organizar sus reuniones con el alumnado.

Su rutina era tan llamativa como sus formas, o al menos eso había llegado a mis oídos. Nadie lo veía hablar con miembro alguno de la comunidad educativa o entablar conversaciones fuera del aula; era un misterio todo a su alrededor.

Cuando había alguna actividad evaluativa de la que se había publicado la nota, en la hoja podía leerse:

-Asignatura: Arte contemporáneo.

-Profesor: Joshua.

Jamás había visto algo semejante: nombrar a un profesor sólo por su nombre, sin apenas mostrar referencias o su currículum previamente.

A mi padre le fue entregado un dosier tres meses antes del comienzo de las clases con la vida y milagros de cada uno de los docentes y las áreas sobre las que impartían docencia, incluso de aquellos que ni conocería en mi estancia en el campus.

Concerté una cita con mi tutora, Jane Morrison, una mujer entrada en carnes y en edad cuyos conocimientos acerca de los espacios expositivos y circuitos comerciales del arte dejaban mucho que desear si los comparábamos con los que cualquiera puede adquirir de manera mínimamente autodidacta. Lo único que conseguí recabar después de todo aquel tiempo en el que esperé a ser atendida por ella fue un escueto: “Viene recomendadísimo”.

¿Recomendadísimo? pero ¿Quién es?

Para alguien como yo aquello resultaba tanto una decepción como un misterio en sí. Incluso frente a la puerta de su despacho —puerta que más tarde descubrí que jamás había sido abierta por él en todo aquel tiempo— se podía leer: Despacho de Joshua.

Aquello me indignaba aún más. No podía no saber y seguir asistiendo a sus clases. Me convertí en un ser ávido de respuestas, ansiosa por recibir una educación de categoría, ya puestos. No podía imaginar verme a mí misma asistiendo a sus clases, a las clases de un tal Joshua sin más, un tipo recomendadísimo, pero que en el fondo no era nadie.

Sí, sé lo que piensa, Caitlyn, sé que piensa que soy más clasista de lo que quiero dar a entender. En aquel momento lo fui, y lo admito sin reservas, porque sé que ya no lo seré más. ¿Quiere saber cómo dejé de ser tan egoísta? ¿Cómo dejé de sentir aprensión e incesante curiosidad? ¿Cómo dejé de lado aquella estúpida necesidad de conocer más?

Pues conociéndolo.

Nadie sabía su hora de llegada ni la puerta por la que entraba al campus. Llegamos a pensar que, efectivamente, vivía allí, en alguna planta o habitación desconocida. Yo casi podía haberlo afirmado, pues me pasé horas apostada en ambas entradas, la norte y sur, en busca de credenciales, deseando, dentro de mi mentecata inconsciencia, recibir un buen y merecido varapalo del tipo ‘maestro-alumna’, de esos que jamás había recibido antes.

Muchos días antes de aquel suceso admitiré que fui capaz de reunirme con mi padre y exigirle a él, por aquel entonces, que resolviese mi duda:

— ¿Qué puedo hacer yo, Brianna? —dijo bajando el periódico a sus rodillas, extenuado por mi incansable insistencia— Sabes que ese no es mi campo. Habla con tu madre que ya has visto de lo que es capaz.

Incluso lo hablé con mi hermano Mika, con quien coincidía a menudo en el campus, sólo que él tenía como seis años más que yo y bastante rabia contenida para su edad.

— ¿Tú no eras la sabelotodo? —rio con amargura.

Probablemente lo había pillado en el momento justo en el que había sufrido el desplante amoroso de una de sus más recientes conquistas.

— He oído hablar de él —bufó con aires de joven transcendental— No entra por la principal porque la mayoría de las veces va en bici y la otra, en moto. Sabes que aparcan fuera, en el terreno, frente a la gofrería.

No se me había ocurrido, hasta entonces, que un profesor de universidad llegase en bici. Eso era propio de profesores de literatura, magisterio o filología, no de arte. Claro que asaltarlo en el parking de bicicletas en busca de respuestas podía ser innecesario. Por aquel entonces no se me ocurrió otra cosa puesto que, ni ofrecía tutorías privadas en su despacho, ni se prestaba a responder dudas en los pasillos, por los que además era difícil verlo.

— ¿Por qué lo preguntas? —continuó atusándose su indomable pelo rizado y negro frente al espejo alargado de su habitación.

—Porque no me gustan su falta absoluta de credenciales y de… información.

—Eres estúpida y clasista, Brianna.

— ¿Cómo voy a aprender si no encuentro la motivación en quien me enseña? No funciono así.

— ¿Cómo son sus clases?

—No he ido a muchas, pero…

— ¿Y le exiges tú a él compromiso? —rio apartándome a un lado con su huesudo brazo para pasar frente a mí casi al trote. — No puedo creer que esté teniendo esta conversación contigo. ¡Ve a sus clases, aprende! Te aseguro que ese tipo no te dejará indiferente. ¿No has oído lo que dicen de él?

Aquello llamó tan poderosamente mi atención que mi cara perdió todo el color que rara vez poseía.

—No, no he oído nada de él. Y ¿Qué sabes tú?

—Se dicen cosas raras—dijo adquiriendo una pose absurdamente intrigante— como que es un ex presidiario, pero no lo creo porque jamás lo permitirían ni el consejo, ni la directiva, ni papá. También he oído que es un artista callejero importante.

—¿Callejero? —Bramé— ¿Artista callejero en la universidad de Portland? ¿Importante? Debes estar de broma…

—Mira, sea quien sea, ¿qué más da? Aprueba y pasa de curso. Estará un tiempo hasta que ese vejestorio vuelva. No le des tanta importancia, Brianna. No puedo creer que te estés saltando clases en el segundo semestre.

—Ni que las necesitase —bufé.

—He oído que nadie aprobó sus actividades de evaluación hace una semana.

—No me presenté.

Mika me miró de arriba a abajo con un gesto de reprobación entremezclado con burla.

—¿Dónde te crees que estás? —casi bramó con ese tonillo paternalista que le gustaba usar conmigo—Oye, Brianna, los del consejo dirán lo que quieran, pero tú eres tonta.

Aquel intercambio de información con Mika me dejó aún más intrigada, e incluso me planteé la posibilidad de que aquel profesor tuviese algo que enseñarme, al fin y al cabo. No sería yo quien boicotease mi propia adquisición de conocimientos, sin embargo, por todos era sabido que no me importaba sentar cátedra frente a cualquiera con el que no estuviese firmemente de acuerdo.

Marzo comenzó a principios de semana y sin darnos apenas cuenta comenzaron los exámenes preliminares. Era cierto que había asistido poco o nada a las clases de arte contemporáneo, me había centrado más en historia, fundamentos del arte y en análisis. De hecho, me había prácticamente refugiado en esas asignaturas como excusa, así cada vez que mi tutora me reprendía por el largo historial de faltas que llevaba acumuladas, le contaba alguna que otra milonga sobre el sobresfuerzo justificado y le prometía una y otra vez que me pondría al día, mientras ella me amenazaba con dureza: “No quiero tener que usar estas palabras, Brianna, y menos en una universidad como esta, pero me estás empujando a tener que hablar con tus padres”.

Lo admito, sentí miedo de enfrentarme a aquella situación que yo misma me había imaginado, que había soñado cientos de veces.

¡Qué estúpido! ¿verdad?

Ahora lo pienso y siento verdadera rabia. Abandoné aquella asignatura sin más. Me planteé volver, pero me imaginaba entrando y sintiendo las miradas puestas en mi retorno, como si todos hubiesen notado y sentido mi ausencia. Imaginaba a aquel misterio de persona indagando frente a todos a cerca del porqué de aquella larga ausencia. Y no pude menos que temer que aquello se convirtiese en realidad y conociendo mi poca capacidad para improvisar excusas en momentos tensos…

Definitivamente insertarme de nuevo me provocaba ansiedad, pero la posibilidad de reprobar, mucho más.

Mi tutora, la señora Morrison, me acorraló en el pasillo aquel lunes, cansada de mis excusas.

He de admitir que llevaba un aspecto desmejorado desde hacía semanas, pero que aquellos días se había esmerado bien poco en disimularlo. Su rostro, falto de elasticidad, evidenciaba una necesidad de dormir y de alimentarse adecuadamente importante.

—Brianna, ¿por qué no has acudido a clases de Arte?

Aquello mismo quería saber yo, llegados a aquel punto. Me dolió incluso la tripa al pensar en que, cualquier día, mis padres pudiesen enterarse de aquel estúpido y absurdo miedo que había permitido aflorar.

—Un mes, concretamente ocho clases que has perdido. El profesor Joshua quiere reunirse contigo.

—Pero ¡si no tiene despacho! —espeté.

—Sí que lo tiene —carraspeó nerviosa— pero me ha pedido que te informe de que quiere verte en la gofrería frente a los aparcamientos.

Aquello me pareció de lo más absurdo y era impensable que aquella mujer creyese que me iba a encontrar con un profesor en una gofrería. Claro que allí todos eran mayores de edad y para ellos era de lo más normal, por lo que deduje que aquel profesor no conocía lo extraordinario de mi caso. Todo en él era exageradamente anormal, incluso sus tutorías, por lo que me fue contado más adelante, eran todas en pubs, en parques, en la calle, en la gofrería, en el parking de motos, e incluso en algún capó de coche que otro.

Su despacho jamás se abrió, ni tampoco partes de incidencia por su anómala conducta como profesor.

Ahora, después de todo, pienso que su rutina era parte de su vocación, doctora. Uno no puede dejar de ser lo que es, ni adaptarse a otro medio: se es lo que se es, o no se es.

—En la gofrería a las cuatro. No me obligues a comportarme como una profesora de instituto, Brianna, porque esto no lo es.

Zanjó dándome la espalda y echando a andar furiosa, golpeando aquellos tacones carísimos contra el mármol del recibidor del edificio principal.

Cuando me quise dar cuenta, todo el mundo hablaba del profesor, de Joshua: representaban sus monólogos, las muchachas suspiraban por él y en algunos momentos recordaba mis épocas de instituto, sobre todo cuando escuchaba las risas nerviosas en sus reuniones en los parterres, o mientras desayunaban en el césped del campus.

Los muchachos lo admiraban, y aquello fue lo más curioso de todo porque, incluso Bonnie había caído rendida ante sus —para mí— inquietantes encantos; su novio y ella prácticamente compartían la misma opinión y embelese por Joshua.

Los observé en silencio describir sus clases, completamente absortos en los detalles de su técnica, como si hablasen bajo el influjo de un hechizo estúpido y para nada evocador.

—Te estás perdiendo lo mejor de tu carrera, Brianna. ¿Estás enferma o algo?

—No, sólo he dedicado más tiempo a otras asignaturas. —Mentí descaradamente— Esta tarde me pongo al día con esa. Pan comido.

Jamás había estado tan inquieta en mi vida. Mis últimas clases habían sido una absoluta pérdida de tiempo y era consciente de que lo perdía, pero no podía evitarlo. Tal fue así, que me planté en aquel parking desde el cual podía ver sin problemas la entrada a la gofrería, siempre llena de gente, todos ellos profesores y estudiantes, y me quedé allí, teóricamente camuflada por el gentío, el ir y venir de vehículos, observando aquella entrada bulliciosa en silencio, estudiando al enemigo entre las sombras.

Cuando lo vi llegar, mi estómago dio una voltereta sobre sí mismo. Le juro que así fue, y que casi me hace trastabillar conmigo misma mientras retrocedía hasta quedar apoyada contra el vallado del parterre. Le había crecido el pelo y ya jugueteaba con algunos peinados más juveniles, aunque igual de informal que siempre. Vestía aquellos ropajes siempre más anchos de la cuenta, cargando con aquella mochila descocida, propia de un personaje de peli de aventuras. Se sacudió el pelo antes de agarrar el picaporte de la gofrería y entonces se giró hacia los aparcamientos entornando los ojos. Recordé que allí aparcaba su moto o bicicleta, así que supuse que trataría de localizarla por rutina o por seguridad de vez en cuando.

Cuando desapareció en el interior, comencé a avanzar despacio, sudando bajo un sol más sofocante que de costumbre.

Cuando hablo de él, doctora, a veces se me olvida con quien hablo, a quien le cuento todo esto. Quizás, a partir de ahora, ya no tenga tan en cuenta su papel en esta historia y quizás, por un tiempo, ni siquiera recuerde para qué estoy escribiendo mi historia.

Cuando hablo de él, siempre ocurre que me olvido de todo lo demás.


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Capítulo 3

Sudaba, es más, recuerdo que sudaba tanto que el manillar de la puerta se me resbaló de entre los dedos y que mi pulso no era firme. Si quisiera explicar el porqué de aquella sensación, ni siquiera para mí hallaría respuestas, lo juro. Creé mi propio personaje de ficción alrededor de lo poco o nada que conocía de aquel muchacho y cuanto más me acercaba a él, más absurda me parecía la falta de templanza que yo demostraba.

Crucé la gofrería andando ligera pero cauta hacia la mesa que se hallaba más al fondo. El recinto era cerrado, pero tenían un aire acondicionado que agradecí y que me tranquilizó de algún modo. Él leía el periódico mientras soplaba, entre sorbo y sorbo, una taza de café negro y humeante. El murmullo era sosegado, relajado, como de sobremesa. Se escuchaba el ruido de platos, tazas y una musiquilla relajante de fondo que no pude reconocer hasta varios minutos después.

Me coloqué frente a la mesa, frente a él, esperando que se fijase en mí. Apartó el periódico a un lado sobre su asiento y me miró con detenimiento algo más de diez segundos enteros que me parecieron cien.

No habló y casi supe de inmediato que me retaba a hacerlo yo primero.

— ¿Quería verme? —balbuceé.

—La sabionda del primer día.

A cualquiera le habría indispuesto aquella primera toma de contacto, pero a mí me destensó cada músculo de la espalda. Me dejé caer sobre la silla cuando él extendió su mano, y apoyé los antebrazos sobre la mesa.

— ¿Quieres pedir algo?

—No, no suelo comer en restaurantes. —Dije tomando aire con fuerza.

—¿Alguna alergia importante?

—Intolerancia al gluten, la lactosa y una mortal alergia a los cacahuetes.

Asintió levantando la taza y pidiendo que la rellenasen sin abrir los labios.

Tenía los dedos manchados de pintura, las uñas muy cortas, algunos cortes hechos con papel o cartón en las palmas de las manos. El dibujo de unas alas o de unas llamas asomaba por sus muñecas, la promesa de un dibujo explosivo, llamativo o reivindicativo quizás. ¿Artista o convicto?

En sus labios se dibujaba una media sonrisa torcida, desafiante, pero sus gestos eran calmados. No pensaba reprenderme, al menos no por el momento.

—He visto tus notas. Eres una alumna extremadamente aplicada ¿no? —inquirió.

Asentí sin el menor atisbo de inseguridad.

— ¿Tres años por encima de tu curso?

Asentí de nuevo. Aquella era una entradilla triunfal hacia los reproches que probablemente seguirían después de sacar a la luz mis méritos y logros.

—Sé lo que me va a decir…

—Y si lo sabes, ¿qué hacemos aquí? —Sonrió dejando entrever una hilera de dientes blancos y simétricos— Por cierto, no me trates de usted: soy intolerante al respeto por edad, en cambio yo debería tratarte de usted, no por edad sino por méritos.

—Estoy algo perdida…

—Quiero decir —comenzó estirando las manos sobre la mesa a ambos lados de la taza con las palmas abiertas— que, si has decidido abandonar mi asignatura después de un semestre estupendo, es de respetar, es una decisión digna de mi más sincera admiración. Has adquirido la capacidad de aprender por ti misma todo lo que cualquier mindundi como yo pueda saber: te felicito. Ojalá yo hubiese tenido esa capacidad. De hecho, sentía curiosidad por saber cuándo lo averiguaste y por eso le pedí a tu tutora que te pusiese en contacto conmigo

— ¿Cuándo averigüé qué cosa? —dije dejándome distraer por el bamboleo de sus pestañas.

—Cuándo averiguaste que yo no iba a servirte de nada. ¿Fue durante la primera clase, cuando me miraste con esos grandes ojos reprobando cada movimiento? ¿Fue ahí? En serio, me interesa muchísimo. No quiero amonestarte, quiero aplaudir tu valor: me gusta la gente que dice “¡esto no me aporta nada, me largo!”.

—No, no creo que no tenga nada que enseñarme…

Mi sonrojo estaba delatando mi posición y mi estrategia quedó esparcida por los suelos. Aquel tipo jugaba plenamente sus manos, con estilo, con gracia. Quizás no hiciese falta envalentonarse ni hacerse la víctima, y me tranquilizaba saber que no necesitaría jugar la baza de la pobre niña a la que le dan demasiadas responsabilidades. Él sabía que era una niña y no pensaba presionarme porque, seamos honestos, estaba viviendo todo apresuradamente, saltándome mil estadios para estar ahí y no donde se suponía; y actuando como una adulta sin serlo, aunque lo pareciese, aunque las circunstancias me obligasen a estar a la altura y yo sólo quisiese desaparecer por un tiempo.

—Entonces ¿crees que puedes sacar provecho de este semestre? ¿Puedo ayudarte?

—Sí. —Asentí dando mi coartada por perdida— Lo siento. Oye, sé que puedo haberte parecido una ingrata y una esnob: yo misma sé que te juzgué, lo admito, lo hice, te vi y me dije: “este tío no me va a enseñar nada”, no sólo dije eso, dije: “¿quién ha dejado entrar a este tío a este sitio?” —solté, y rio sorprendido, disfrutando de mi recién descubierta elocuencia. — “¿Quién es este tío?” y también añadí a mi diálogo interno un “este don nadie no va a acaparar mi tiempo durante seis meses, me siento estafada y decepcionada”.

— ¿Es verdad? ¿Lo pensaste tal cual me lo dices?

—Sí, lo siento, así fue. Esa es la verdad. Luego me dio mucha pereza reinsertarme en las clases, comencé a sentirme algo inquieta, todos hablaban de tus clases, de que me estaba perdiendo algo interesante, pero mi miedo a ti, a que te hubieses dado cuenta de que te juzgué… Es todo un absurdo. Te pido disculpas.

—Bueno, de todo lo que me esperaba que dijeses… admito que no esperaba que fueses franca al cien por cien. Siento haberte decepcionado. Tú, en cambio, no haces sino apasionarme, Brianna.

Creí que me estallarían las mejillas y me humedecí los labios deprisa, antes de que notase que estaban como el asfalto.

—En cierto modo eras una incógnita. Me gustan los acertijos, los misterios ¿A ti no?

—Tú lo eres, al menos para mí.

—Entonces, ¿te gustan?

—Sí. Soy bastante observadora.

—Eso parece —sonrió— Quiero que te describas a través de una obra que conozcas. Puedes hacerlo sobre la marcha o redactarlo y enseñármelo en clase. Si el formato de las clases no te apasiona, podemos vernos aquí y hablarlo.

— ¿Es eso posible? —inquirí desconcertada.

—Eso déjamelo a mí —me guiñó un ojo y se enderezó apurando un último sorbo de café— Acompáñame al parking.


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