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Oralde’s

Jhamarí Marcérez





Oralde’s

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Copyright 2014 Jhamarí Marcérez

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ÍNDICE

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1

Ana Paula Oralde rodea la masa de reporteros aglomerados a la izquierda de la escalera que lleva a la entrada de Oralde's S.A., empresa de diseño. Entra al edificio viendo a los periodistas, con una mueca de extrañeza. Luego saluda y sonríe al recepcionista antes de tomar el ascensor. Sale al sexto piso, rodea el vestíbulo y entra a su oficina. Halla a su secretaria, Charo Hidalgo, sentada al escritorio leyendo una revista mientras da golpes con el bolígrafo al vidrio del mueble.

—¿Qué le pasa a la prensa? —pregunta Ana Paula a Charo, ceñuda, dejando su bolso y abrigo en el sofá junto al ventanal—. Es la primera vez que les paso por delante y ni me ven.

Charo da vuelta a la hoja de la revista sin alzar la mirada y se peina un mechón de pelo tras la oreja—Viene Ronchester.

—¡¿Qué?! —exclama Ana Paula mirando a Charo, con ojos como platos y sin dar crédito a lo que escuchó.

—Y lo vas a recibir tú.

La diseñadora ríe a la vez que toma unas carpetas y las lleva al escritorio—Esa fue buena.

Charo sube la vista—Es en serio.

Ana Paula pasa de la diversión al enfado en un segundo—¡Pero bueno! ¡¿Por qué lo tengo que recibir yo?! ¡El viejo se va a dar cuenta de que lo odio!

—Lo siento, Ana. La orden viene de arriba.

—¡Ugh! —Controla su enojo y alza un dedo—. Papá me va a escuchar.

Ana Paula entra al vestíbulo del séptimo piso tras subir, casi a la corrida, la escalera. Ignora el saludo del recepcionista, cruza el vestíbulo y entra a la oficina de Octavio Oralde—¡¿Cómo se te ocurre ponerme a cargo de la recepción del viejo Ronchester?!

Octavio sube la mirada hacia su hija y se quita las gafas—Buenos días. Dios te bendiga, hija. Empezó la época de campañas electorales y Oralde's diseñará sus volantes.

La diseñadora bufa, se acerca al escritorio de su padre y cruza los brazos al tiempo que alza una ceja—Estás de coña, ¿no?

—Se te está contagiando el lenguaje de Charo. Ana Paula, es verdad, estás a cargo de los bocetos.

—¡Los cojones!

Ana Paula se gira con brusquedad con la intención de irse, pero es detenida por el agarre, un poco brusco, de Octavio en su antebrazo. Se queja al tiempo que él rodea el escritorio y la encara.

Octavio mira a su hija a los ojos—Eres la jefa del departamento de diseño gráfico. No hay mejor persona a la que asignar el trabajo.

Ana Paula usa el dedo para puntualizar sus siguientes palabras—: Este no es cualquier trabajo. ¡Estás loco si crees que ayudaré a ese desgraciado a ganar la reelección por quinta vez! ¡Y ¿cómo se te ocurre meter a la empresa en política?!

—¡Ana Paula! —exclama Octavio tomando las manos de su hija y las mantiene arriba, a ambos lados de su cabeza, lo que la obliga a tranquilizarse—. ¿Desde cuándo estás en nuestro bando? —susurra.

Ana Paula encuentra la mirada de su padre a través de las pestañas—. Desde mis dieciocho.

—A tus amigos, cerca. Y a tus enemigos…

—Más cerca.

—Oralde's…

—Todo queda entre familia.

Se oye un bullicio a lo lejos y el nerviosismo ataca a Ana Paula otra vez.

Ella cierra los ojos y suelta un suspiro.

Octavio le peina a su hija un mechón de pelo tras la oreja y curva un poco los labios hacia arriba—Han sido quince años de amargura. Ya basta… Vuelve a tu trabajo.

Ana Paula no cambia la expresión de aflicción mientras se acerca a la puerta de la oficina—Deja descansar al tablero de ajedrez.

*****

—¿Cómo estuvo la movida? —pregunta Charo neutral cuando Ana Paula entra a la oficina—. El tipo está subiendo. ¿Me voy?

—¡Ni se te ocurra dejarme sola! —ordena Ana Paula y hace señas con la cabeza hacia la puerta de vidrio—. Secretaria, hora de hacer de portera.

Charo esboza media sonrisa burlona a la vez que gira los ojos y después se apresura a plantarse al lado izquierdo de la puerta. Ve que el ascensor se abre y lo mismo hace su boca al sorprenderse. Gira la cabeza hacia Ana Paula y la halla de espaldas a la puerta, ajena a lo que viene. Se muerde una uña y después coloca la mano sobre la manija—Tres… Dos… Uno…

Charo abre la puerta y Ana Paula se gira esbozando su mejor sonrisa falsa.

La diseñadora intenta mantener ese gesto a pesar de la sorpresa que le causó encontrar frente a ella a quien no esperaba. Entre dos escoltas, él luce como ella piensa que es habitual en alguien de su categoría: el típico traje y corbata más el pelo peinado hacia un lado.





2

—Wow, es la sonrisa más falsa que he visto —dice el hombre inesperado sonriendo divertido. Tiende una mano a Ana Paula sin apartar la mirada de la de ella—. Santos Ronchester. Mucho gusto.

Charo vuelve a la silla tras el escritorio de Ana Paula y comienza a girar de un lado a otro mientras se mira las uñas fingiendo distracción.

La diseñadora se atreve a disminuir de forma drástica la sonrisa y estrecha la mano del hombre. Cuando habla, lo hace con esfuerzo—Ana Paula Oralde. Para servirte.

Charo da un giro completo sin alzar la mirada mientras dice—: Por siempre y para siempre.

—¡Charo! —regaña Ana Paula girándose de súbito hacia la secretaria, lo que hace que ésta la mire por entre las pestañas, y hace un alzamiento de cejas que le dice «Cállate». Vuelve la atención a Santos—. Disculpa, ¿dónde está tu padre?

—Tuvo que salir de la isla unos días.

—Que se quede fuera —susurra Ana Paula bajando la vista.

—¿Perdón? —La incomprensión de Santos no es real.

—Nada. —Señala ligeramente a Charo mientras camina hacia el sofá a tomar sus carpetas—. Habla con mi secretaria para concertar una cita. Deja número de fax y correo electrónico si es posible.

Dicho esto, Ana Paula pide permiso con una mano a los escoltas para poder salir de la oficina.

Charo mira embobada a Santos mientras él, con una ligera sonrisa sincera, toma asiento frente al escritorio para quedar a su altura.

*****

—Tú lo sabías, ¿no? —dice Ana Paula a su padre entrando a la oficina, con los ojos entrecerrados—. Estabas consciente de que Augusto no era quien venía.

Octavio suelta una breve risa nasal a la vez que se pone de pie, y después sale de detrás del escritorio—Hija, siempre hay que contar con los puntos débiles de la gente. —Alza la mirada y la enlaza con la de Ana Paula—. ¿Te gustó?

Ella ladea la cabeza a la vez que deja caer la mandíbula y abre mucho los ojos—¿Qué pregunta es esa? ¿Qué pretendes, emparejarme con él?

—Por Dios. Me refiero a que si te agradó, cómo fue la primera impresión que te llevaste de él.

—Aaah… —Baja la mirada al piso de alfombra color gris—. Bueno, es mono. Y parece buena persona, que eso ya, con el padre que tiene, es muy difícil.

—Buenas noticias, entonces. Si estás aquí, es porque ya hablaron del diseño de los volantes.

—No, le dije que agendara una cita.

—¡¿Qué?!—dice Octavio mientras alza una mano en gesto interrogante y levanta las cejas.

—¡Papá, estoy descolocada! —confiesa Ana Paula con cierto enojo, mirando a su padre a los ojos—. No estoy como para dar ideas. Necesito pasar este mal trago. Y además, él no figura en mi agenda de hoy. Papá, me debes una enorme.

—Un auto nuevo —dice Octavio sonriendo irónico.

Ana Paula imita la sonrisa—El que tengo lo está. Ingéniatelas.

*****

Cuando Ana Paula se acerca a su oficina, Santos sale.

Él se despide con la misma sonrisa de antes y un asentimiento.

La diseñadora devuelve el gesto con cierta timidez y entra a la oficina.

Charo sube los pies al escritorio, se coloca el bolígrafo entre la oreja y le sonríe a Ana Paula con picardía—Este chico es un ligón, ¿eh?

—¿Hiciste tu trabajo o solamente te dedicaste a coquetear? —pregunta la jefa soltando las carpetas sobre el escritorio acristalado—. No me creo que te guste.

—¿Pero tú no viste cómo está?

—Sí, como una puta cabra.

Charo ríe a carcajadas a la vez que baja los pies del escritorio—Me encanta cuando usas frases españolas.

—Charo, España es muy bonita. ¿Por qué te viniste a meter en esta isla que está en vísperas de dictadura?

La secretaria se encoge un poco de hombros y sonríe triste—Me casé y mi esposo tenía su vida laboral estable aquí, así que tuve que mudarme. Ya cuando me divorcié, era yo quien tenía un trabajo fijo y no quise renunciar. Volviendo al tema del joven Ronchester… —Sonríe y guiña un ojo a su jefa—. Tú vas a acabar pillándote por él y él por ti, créeme.

—Ajá, sí. Charo, céntrate en anotar y asentir o me pensaré mejor lo de dejarte estar aquí cuando él venga. Sólo te pones cachonda a mi costa.

Charo alza y baja las cejas sin quitar su sonrisa pícara ni apartar la mirada de la de Ana Paula.

*****

Poco después de las ocho de la noche, la diseñadora entra a su apartamento y se gira para volver a cerrar la puerta con llave. Camina deprisa hacia la sala de estar, que está conectada con el recibidor, y se desploma en el sofá mientras suelta un suspiro de alivio que le viene tras quitarse los tacones negros, cuyas tiras de cuero cubren sus pies hasta los tobillos. Se echa panza arriba en el mueble, deja el bolso sobre su pecho y siente que el accesorio vibra después de que ella cierra los ojos con la intención de relajar la vista. Gruñe un tanto molesta, mete la mano en el bolso tras hacer un esfuerzo para aflojar la cinta que lo mantiene cerrado, logra sacar su teléfono y lo lleva a la altura de su rostro para ver la pantalla. Frunce el ceño, extrañada, al leer «número restringido» en la llamada entrante, presiona «descolgar» y se lleva el teléfono a la oreja—¿Hola…?

—Eres la única diseñadora que le ordena a un cliente pedir una cita durante la que había concertado tiempo antes.

Ana Paula abre los ojos como platos al reconocer la voz de Santos Ronchester del otro lado de la línea, y enseguida sabe cómo consiguió su número de teléfono. Pero prefiere no discutir y mantenerse seria, al menos por ahora—Lamento ser descortés ahora, pero no atiendo llamadas de clientes fuera del horario laboral.

Ella cuelga y él, recostado de la balaustrada de su terraza, mantiene la vista en la pantalla mientras se ríe de lo atrevida que fue ella al dejarlo con la palabra en la boca.

Ana Paula se apresura a marcar el número cuatro y presiona el botón verde. Después de tres tonos de espera la línea se abre y ella deja que su enfado salga a la vez que presiona y suelta el borde superior del sofá, como si de una bolita antiestrés se tratase—¡Charo, ¿se puede saber con qué autorización le diste mi número de teléfono a Santos Ronchester?!

—Le di tu tarjeta —se defiende Charo sintiéndose un tanto regañada, que, de hecho, lo está siendo—. Es lo que dicta el protocolo, ¿recuerdas?

—¡No te escudes detrás del protocolo! ¡Si hubiese sido el viejo Augusto, no se la hubieses dado! ¡Habrías inventado cualquier excusa para que no tuviese manera de comunicarse directamente conmigo! —Toma un respiro y suaviza la expresión. Cuando habla otra vez, su voz suena a ruego—. Charo, ¿qué haces?

—Haciéndote un favor —responde la secretaria sin sentir vergüenza—. Tienes veintiséis años y tu última pareja, hace una década, se lío al intentar quitarte el sujetador.

Ana Paula se incorpora en el sofá—No me interesa tener de suegro a Augusto Ronchester, así que para con tu misión de Celestina. Charo, no me gusta recordártelo, pero soy tu jefa. Y si sigues con esto, podría despedirte.

El silencio se hace del otro lado de la línea y luego de unos segundos se oye un leve suspiro.

—Lo siento, jefa —dice Charo y cuelga.

Ana Paula mira la pantalla del teléfono y nota que la conexión acabó. Deja caer el aparato entre sus piernas y se pregunta cómo será la jornada de mañana después de este momento de tensión.





3

Ana Paula llega al vestíbulo del departamento de diseño gráfico. Desde lejos, ve su oficina vacía y no encuentra las cosas de Charo al entrar. Le parece extraño porque la secretaria siempre llega antes que ella. La preocupación la invade de a poco. Se apresura a soltar su bolso y carpetas sobre el sofá. Va hacia el escritorio, se sienta y marca el número de recepción de la planta baja—Hola, Flynn. Oye, ¿viste llegar a Charo Hidalgo?

—Ella llamó hace casi media hora —dice el joven recepcionista—. Dijo que faltaría por enfermedad. Pero ¿no debió comunicarse contigo directamente? Es tu secretaria, ¿no?

—Buena pregunta, Flynn. Gracias.

La diseñadora cuelga el teléfono y se apoya con sus codos sobre el vidrio del escritorio. Varios segundos después, se pone de pie, se acerca a su bolso y lo abre, saca su teléfono, marca al número cuatro y se lleva el aparato a la oreja—Charo, sé que no estás enferma —dice casi en tono de reproche—. La discusión de anoche no debe afectar nuestra relación laboral.

—Es en serio, tengo malestar general —dice Charo—. Cuando llamaste… Cuando usted llamó, yo estaba de copas con colegas. Me fui temprano y la lluvia me pilló en plena calle.

—No me trates de «usted». Y está bien, no discutiré, pero no me creo esa tonta historia. Te espero aquí mañana. Y si puedes, dime ahora cuándo programaste la cita con Ronchester, no me lo dijiste ayer en toda la jornada. Y espero que la hayas concertado aquí en la empresa y no en un bar-café.

—Mañana de ocho a nueve de la mañana en tu oficina. ¿Quieres que llegue antes o después de la cita para que Ingrid no tenga que limpiar mi baba del suelo?

Ana Paula baja el teléfono y cubre el micrófono para que se no se le oiga reír un poco. Lo devuelve a su oreja y suspira—. Ven cuando quieras.

*****

Octavio se inclina sobre el tablero de ajedrez que está dispuesto sobre su escritorio, entrecierra los ojos con expresión seria viendo la distribución actual de las piezas en general, y se fija en que el peón negro ubicado en «f-7» está a merced de un caballo blanco, el cual mueve para eliminar al peón. Hace que el rey negro elimine al caballo que ha colocado en «f-7» y ya ha sacado al rey de su «zona de confort». Mueve la reina blanca a «d-2» y el alfil negro izquierdo a «e-7». Esboza media sonrisa y se reclina en su asiento.

*****

Ana Paula pisa el vestíbulo de la planta baja y, a mitad de camino hacia la puerta, es detenida por una de sus colegas, quien le entrega entusiasmada un ejemplar del periódico nacional más famoso de la isla, «El Globiliano», en cuya primera plana se reseña la noticia de la participación de Oralde's S.A. en la campaña de reelección presidencial de Augusto Ronchester.

La chica se marcha y deja a Ana Paula con el periódico en mano y la vista fija en el largo artículo que no tiene ganas de leer. Enrolla el periódico mientras camina hacia la puerta viendo al frente, sale del edificio y lo rodea por la izquierda para ir al estacionamiento, se acerca al bote de basura junto a su auto y arroja el periódico dentro casi con furia, sube al coche y, en segundos, se va del lugar.

*****

Ya entrada la noche, Ana Paula se deja caer sentada en su cama con un envase de frutas tropicales picadas en rodajas. Enciende el televisor frente a ella y lo que ve es una nota informativa que cubre la noticia de la nueva relación entre Oralde's S.A. y Augusto Ronchester. Hace una mueca de fastidio y decide que cambiará de canal, pero se detiene al ver que inicia una entrevista a Augusto en la cual está Octavio junto a él, ambos sonriendo con aparente amiguismo.

Es cuando Octavio dice sin titubear las frases «Apoyamos por completo la gestión del presidente y lo reiteramos con el patrocinio de su reelección» que las frutas con el envase caen sobre el cobertor de gasa.

Ana Paula cambia el volumen del televisor a «mute», toma su teléfono y llama al número uno. Cuando la línea se abre, es ella la primera que habla—¡Cruzaste la línea de la hipocresía!

Octavio casi suelta el teléfono tras sobresaltarse por el grito de su furiosa hija. Se pone de pie y empieza a acercarse al ventanal de su oficina—¿Ya la viste? —pregunta sonriendo a medias, divertido.

—¡Papá, soy socia! ¡Pusiste palabras en mi boca! Sácame ya de la oscuridad. Dime qué haces, ¿cuál es el plan?

—Paciencia. ¿Tienes vestidos rojos de gala?

—Mi ropa roja está quemada desde el 27 de mayo de 2007 —El desprecio es claro en la voz de Ana Paula—. ¿Por qué la pregunta?

—Este sábado es la fiesta de presentación oficial de la empresa como promotora gráfica de la campaña electoral de Ronchester. Y sí, debes ir.

—Iré de negro.

Dicho esto, Ana Paula finaliza la llamada y deja caer el teléfono sobre el cobertor de gasa, entre las frutas, las cuales se dispone a recoger sin inmutarse.

*****

—¡Llegas temprano! —dice Charo a Ana Paula al verla entrar a la oficina—. ¿Y ese milagro?

La diseñadora suelta sus cosas sobre el escritorio y mira a su secretaria—No dormí, básicamente. —Mueve la cabeza arriba y abajo como seña para obtener su asiento—. ¿Viste el noticiero anoche?

Charo sale del puesto de su jefa y va a ocupar el suyo en el escritorio que está delante de la pared a su derecha, de frente al ventanal, que cubre el setenta y cinco por ciento del norte de la oficina. Empieza a poner en orden las carpetas de bocetos que hay regadas sobre el cristal—¿La entrevista? Sí, la vi. Te daré un consejo: olvídate de eso cuando venga Santos o tus instintos asesinos te van a delatar enseguida.

Ana Paula frunce el ceño y ladea un poco la cabeza—Y ¿tú crees que él no ha notado que yo no soy parte de su bando? Papá está jugando con fuego. Me está usando y no sé para qué, no me lo quiere decir. Y Augusto Ronchester cree… —Se corta y abre mucho los ojos a la vez que desvía la mirada despacio hacia la vista aérea de la ciudad que le ofrece el ventanal a su izquierda—. Pero ¿será cabrón?

Charo ríe de forma espontánea mientras termina de apilar las carpetas a la derecha—¿Qué pieza embonaste?

—Tú dijiste «Él va a acabar pillándose por ti» y mi padre habló de puntos débiles al tiempo que se está liando con el viejo Ronchester como si fuera su compadre de toda la vida. Está en su círculo de confianza, o eso cree.

—¿Quiere entrar al Palacio en plan virus troyano usándote como archivo?

El suave sonido del timbre del ascensor abriéndose se escucha tenue en la oficina.

Ambas señoritas giran la cabeza en dirección al sonido y ven a Santos caminando hacia la puerta acristalada de la oficina. Ana Paula mira a Charo con expresión de cierto desespero y la secretaria le devuelve el mismo gesto.

Santos entra a la oficina con los mismos escoltas de la última vez.

Ellos permanecen junto a la puerta después de que él la cierra y va a tomar asiento frente a Ana Paula.

El político pone ambas manos sobre el cristal y tamborilea los dedos de una mientras mira a la diseñadora con aire casual—¿Hablo yo primero o siempre empiezas tú?

Ella espera un momento antes de abrir el cajón de madera a su derecha y sacar su libreta. Después toma un bolígrafo, busca una hoja en blanco y vuelve a mirar a Santos con toda la seriedad y profesionalismo posible—Es la primera cita. Dime las especificaciones del diseño que quieres, yo realizo tres bocetos en base a ellas, te los envío por correo electrónico y los discutimos en el próximo encuentro. Así es como funcionamos aquí.

Santos mira la libreta un momento, entrecierra los ojos, toma el objeto junto con el bolígrafo, que antes le quita a Ana Paula, y deja a ésta atónita mientras se inclina sobre el escritorio a anotar sus especificaciones. En menos de treinta segundos, devuelve las pertenencias a su dueña, quien tiene la mirada fija en él. Se recuesta del espaldar de la silla giratoria y alza una ceja—¿Las leerás?

La diseñadora se fija en el escrito cursivo sobre el papel, levanta un poco la libreta para ver bien y le cuesta no poner los ojos en blanco cuando lee:

«Me fío de ti y de tu ética profesional. Intenta que tu bando político no afecte la calidad de tus diseños».

—Pasa al escritorio de Charo para programar la próxima cita —dice Ana Paula secamente sin alzar la mirada.


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