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HOLA, SOLEDAD

Olivier G. Durán

Copyright © 2018 Olivier G. Durán

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Índice

Capítulo 1

Viernes, 2 de marzo del 2018

El joven observaba la pantalla del ordenador, absorto en sus pensamientos. Sobre la mesa, varios documentos pulcramente ordenados. El ruido de las personas que también trabajaban en la oficina no conseguía sacarlo de sus pensamientos.

Ezra. ¡Ezra!

El aludido, de cabellos azabache, levantó la mirada por encima del ordenador y de sus gafas de marco grueso.

¡Dime!

La chica ladeó la cabeza levemente.

¿En qué piensas? Se te ve guapo con la mirada perdida, pero da algo de miedo al mismo tiempo. —Rio amablemente.

Ehm… En nada en concreto, Sonia. —Sonrió, como siempre lo hacía.

Ella lo observó, intrigada, por unos segundos que para él se hicieron eternos e incómodos. Por fin, Sonia saltó de la silla con energía mientras levantaba la muñeca.

¡Bueno! Son las siete, por fin libres chicos. ¿Quién se viene a tomar algo? —Bajó la mirada hasta Ezra—. ¿Te apuntas?

Bfff eres muy tentadora —la chica sonrió, coqueta—, pero tengo muchas cosas que hacer. Tendré cena familiar y he de organizar la casa. También debería terminar una traducción para mañana...

Sonia torció el gesto y puso los ojos en blanco

Empiezo a creer que tienes alguna chica celosa por ahí que te impide salir con nosotros.

Bueno, hoy no te equivocas del todo. —Terminó de apagar el ordenador y se levantó de la silla, mientras metía algunos documentos en su maletín—. La chica que me impide ir hoy, es… ya sabes, mi madre, que viene de visita.

Ambos rieron.

Algo nos ocultas, pero bueno... Ya te obligaremos algún día a quedar. Hasta el lunes, señor Soler. ¡Disfruta del fin de semana!

La sonrisa se fue borrando del rostro del chico a la vez que las personas iban desocupando la oficina. Se presionó los ojos bajo las gafas y, tras un profundo suspiro, sonrió sin motivo y se dirigió hacia el ascensor con los demás.


Tras un recorrido de unos veinte minutos en coche con la canción de Lost on you de LP de fondo, aparcó y subió a su ático a paso lento. La melodía seguía sonando, ahora a través de los auriculares, pero de pronto se interrumpió. Observó la pantalla del móvil mientras subía el ascensor. Tras un suspiro, guardó el Huawei de nuevo hasta que dejó de vibrar y la música continuó.


Ya en casa, encendió las luces y tiró el maletín sobre el sofá. Un gato de color blanco y naranja se lanzó a hasta él con los ojos abiertos al máximo, expectante.

Hola Marcus, ¿me echabas de menos? Porque yo a ti sí… —Se arrodilló y le extendió la mano para que la oliera. Tras asegurarse de que era su dueño, el minino comenzó a restregar la cabeza contra aquellos dedos que lo acariciaban.

Yo también te quiero Marcus. —Sonrió levemente.

«Por fin una sonrisa verdadera, la primera del día…» pensó.

Se levantó y dio una vuelta por la casa. Tras echar una ojeada al cuenco de la comida y del agua de Marcus y verlos todavía llenos, apagó las luces y se dejó caer en el sofá estruendosamente.

Sacó el móvil mientras el gato saltaba a su pecho y se acurrucaba. En el aparato salían cuatro llamadas perdidas de «Mamá», y varios mensajes de WhatsApp. Suspiró y empezó a escribir.

Hola. Perdona, he estado liado y ahora no me encuentro muy bien.

Me tenías preocupada. ¿Qué te pasa?

Nada, dolor de cabeza, cansancio… Ya sabes. Lo típico.

¿Seguro que no es nada más? Cada vez hablamos menos…

Ja, ja, ja ¡qué exagerada eres mamá!

No te rías, apenas nos visitas, malo.

Sabes que desde que estoy en la agencia he estado ocupado.

No es excusa.

Ja, ja, ja venga, no te enfades.

Ya...

En todo momento el chico mantuvo un gesto triste y serio mientras tecleaba en el móvil.

Me voy a dormir, hablamos mañana. Un beso.

Te quiero, llámanos.

Te quiero.

Bloqueó el móvil y permaneció en la oscuridad mientras se peinaba hacia atrás el cabello. Reposó con cuidado las gafas de marco negro sobre la mesita junto al sofá. Dio play a la música en el móvil y se puso en posición fetal abrazando a Marcus. Los párpados le pesaban pero no por el sueño. Observó fijamente el cielo estrellado a través de la única ventana que había dejado sin cerrar, mientras sonaba de fondo la melodía de Shiroi Kokoro, de Wakeshima Kanon, en bucle.



«Yume ga temaneki suru mori ni, ichido mayotte mitai, anata ga shiroi yuki nara...».



Así, con el rostro empapado en lágrimas y suspiros, acabó dejándose llevar por la inconsciencia del sueño.

Sábado, 3 de marzo del 2018. 10:27h.

Empezó a abrir los ojos con lentitud. Afortunadamente la luz del sol no entraba de forma directa por la ventana abierta. Fue Marcus quien, mimosamente, lo despertó al caminar sobre el pecho de él.

Expulsó aire con fuerza. Tenía aquella horrible sensación de pesadez como cada mañana. Sí, de pesadez, y de no pertenecer al mundo en el que vivía.

Buenos días Marcus...

El gato maulló, como respondiéndole.

Pasada media hora en la que tardó en volver en sí lo suficiente como para moverse, se levantó del sofá, se colocó las gafas de marco negro y le cambió el agua al gato. Se puso por fin el pijama y una bata gris, se lavó los dientes y encendió la TV para que hubiera algo de ruido de fondo. De vez en cuando escuchaba palabras lejanas, como Moncloa, Cataluña, Puigdemont o Rivera, por lo que en cuanto pudo cambió de canal. Sin embargo, al ver que en la mayoría de ellos hablaban de política, terminó apagando el aparato.

Mientras esperaba a que se preparara el café en la Nespresso, se acercó a su biblioteca particular. Estaba llena de libros, algunos devorados hace años, y otros absorbiendo polvo desde el momento en que se sintió incapaz de volver a leer debido a la depresión.

Del mueble sacó un ejemplar. Se trataba de un cuaderno negro de tapa dura con aspecto de libro, pero no lo era. Al abrirlo, se percató de que la última página estaba prácticamente llena, manuscrita. Lo llevó hasta la mesa del comedor y, tomando su pluma, puso la fecha de dos días atrás en la última página y firmó.

A continuación, se llevó el cuaderno hasta un enorme baúl a los pies de su cama y abrió el candado con la llave que llevaba colgando del cuello. En su interior, cientos de libros del mismo aspecto que el que llevaba en la mano se encontraban perfectamente apilados, unos encima de otros. Con un cuidado casi solemne colocó el objeto en uno de los huecos disponibles, y cerró de nuevo el cofre.

Ahora se dirigió hasta un cajón de la biblioteca y sacó otro cuaderno igual, pero con las hojas en blanco.

Así, se llevó la taza de café, el cuaderno y la pluma hasta la mesita frente al sofá y se puso cómodo.

Tomó un sorbo de café con leche, y comenzó a escribir:

«Hola Soledad, ¿qué tal? Aquí estoy otra vez, escribiéndote. Te echaba de menos, a decir verdad, aunque solo han pasado dos días…

¿Sabes? No consigo sentirme mejor. Cada día que pasa resulta una tortura. Una tortura que se agrava. Quisiera poder huir pero, ¿a dónde? No hay sitio para mí en este mundo. No pertenezco a este mundo. Soy como una hormiga en un planeta de gigantes. No puedo más que observar, impotente, el mundo detrás del cristal. La felicidad de las personas desde mi cárcel transparente. Observar una película con muchos protagonistas en la que yo no soy sino un extra, una pieza de atrezo.

Ojalá ser feliz. Es todo cuanto he deseado toda mi vida. Sé que no existe la felicidad permanente, quizás no busco más que lo imposible. Pero me niego a creer que la vida se reduce tan solo al pasar de los días, sin sentido alguno.

Estoy rodeado de personas que dicen quererme o apreciarme, como mis padres o incluso las chicas del trabajo. Sonia, de hecho, a veces llega a ser bastante intensa para mi gusto. El caso, es que no consigo recibir ese supuesto aprecio de los demás. No lo percibo, no llega a mí. Se ha perdido por el camino, supongo. Como dice Amaral: necesito alguien que comprenda que estoy solo en medio de un montón de gente… ¿qué puedo hacer?”.

Y es que eso mismo me pregunto yo, qué puedo hacer para detener esta locura en mi interior. Esta podredumbre que avanza incansable, destruyéndolo todo a su paso.

Solo te tengo a ti, mi amiga y compañera. Soledad.

Gracias por estar ahí. Gracias. Gracias.


Ezra».



Para cuando dejó la pluma sobre la mesa tenía los ojos inundados en lágrimas que amenazaban con salir.

A continuación, guardó el cuaderno en la estantería junto a los demás libros de la biblioteca, metió la taza al lavavajillas y corrió desesperado a su habitación. Una vez allí, bajó la persiana hasta quedarse en penumbra y se metió en la cama. Se tapó con el edredón hasta el cuello y se puso la almohada encima de la cabeza, mientras hiperventilaba.

Marcus, como oliendo la tristeza de su amo, corrió y saltó sobre él y comenzó a restregarle la cabeza contra la mano que sujetaba la almohada. Ezra lo acarició y, poco a poco, se quedó dormido.



18:47h.

El sonido de la vibración del móvil lo despertó. La habitación estaba casi completamente a oscuras.

«¿Qué hora es? ¿Acaso es ya de noche?» pensó.

Marcus descansaba profundamente sobre sus piernas. Tomó el móvil aún con los ojos empequeñecidos por el sueño y encendió la pantalla. Cinco llamadas perdidas, dos de «Papá» y tres de «Mamá».

Diez mensajes de WhatsApp, la mayoría de su madre y los demás de Suad, su amiga en Bélgica.

Ni siquiera vio el contenido de las notificaciones, se limitó a darle play al reproductor de música del móvil en modo aleatorio y a un volumen bajito, aunque suficiente para disfrutar de la música. Comenzó a sonar Pompeii de Bastille.

Se peinó hacia atrás las ondulaciones del cabello y se quedó mirando el techo, con la mente en blanco.

Tras aproximadamente una hora de dar vueltas en la cama y escuchar canciones, decidió levantarse ante una terrible necesidad de escribir. Marcus remoloneó en la cama con la ausencia de su amo pero pronto se volvió a dormir. Ezra, por su parte, se sirvió una taza de yogur de fresa con Royal Highness de Tom Grennan sonando de fondo y se introdujo un trozo de jamón york en la boca, el único alimento sólido que había consumido en todo el día. Se llevó el yogur, el cuaderno negro y la pluma a la habitación y los colocó junto al móvil en la mesita de noche. Encendió una lamparita que apenas alumbraba y bebió de la taza. El yogur sabía a gloria, pensó. Abrió el cuaderno y empezó a escribir, aun sintiéndose dormido y mareado por el sueño, mientras empezaba la melodía de Wings, de Birdy.

«Hola, Soledad…».

Hola.

Una voz suave y bonita resonó en la habitación, casi haciendo eco.

El corazón de Ezra se detuvo por un instante, helado. Frunció el ceño, incrédulo, sin dejar de observar las únicas dos palabras en el papel. La última de ellas estaba medio tachada con el bolígrafo, puesto que le había fallado el pulso debido al susto. La mente le dio mil vueltas en un segundo. La casa estaba cerrada a cal y canto, la puerta estaba con el seguro puesto. Sin embargo, ciertamente una voz le acababa de hablar, justo frente a él. Lentamente fue levantando la cabeza y los ojos por encima de las gafas.

Allí estaba ella, preciosa y tranquila, una chica pelirroja observándolo fijamente con una mirada bañada en azul profundo, sentada en la punta inferior izquierda de la cama.

Los ojos de él estaban abiertos como platos, enrojecidos por el sueño y el cansancio. Tras unos segundos de estupefacción, sus párpados se vieron obligados a cerrarse en un parpadeo. Al abrirlos, vacío. En la cama volvían a estar solamente Marcus y él. Ezra lanzó miradas desesperadas a todos lados, sin éxito. No logró encontrarla. Una parte en su interior se sentía aliviada, pero la otra estaba muy asustada.

Se agarró con fuerza el pelo azabache y bufó, alterado, expulsando con fuerza todo el aire retenido durante la extraña aparición.

«¿Por fin ha ocurrido? ¿Me he vuelto loco?» se preguntó, aterrado.

Se planteó pausar la canción de Birdy, pero finalmente la dejó, le gustaba. Tras un suspiro agachó la cabeza, se recolocó las gafas y, al observar el tachón sobre la palabra «Soledad», rayó por completo la frase para después volverla a reescribir.

«Hola, Soledad…».

Hola.

La voz le inundó los oídos. El corazón en un puño, otra vez. En esta ocasión no esperó, levantó la vista corriendo y allí estaba ella, de nuevo, con sus ojos azules como un océano oscuro. En la cama. Observándolo fijamente.

Hubo un silencio largo. Tras tragar saliva con sonoridad, Ezra descendió su mirada hacia el cuaderno, sin mover la cabeza. Leyó las dos palabras que había escrito y desfrunció el ceño de inmediato, como entendiéndolo todo.

So… ¿Soledad?

Encantada, Ezra.

No… No es posible… ¿Estoy loco, he perdido la cabeza?

Bueno… No soy médico, pero supongo que no es muy normal que me estés viendo, y me estés hablando. —Se llevó la mano izquierda a la cara para apartarse el cabello rizado y rojizo.

Pero… ¿Por qué? Es decir, no lo entiendo…

Bueno, quizás escribirme cada día durante los últimos dos años ha tenido algo que ver. En el fondo has sido tú quién me ha traído aquí. Pues esta soy yo, Soledad, la proyección de tu mente de aquella a quien escribes.

Marcus levantó la cabeza, miró a su amo y volvió a cerrar los ojos lentamente hasta dormirse. Todo mientras Ezra se debatía entre seguir con aquella locura o irse a urgencias.

¿Pu-Puedo... tocarte?

Creo que aún no. Es demasiado pronto. —Alargó la mano hacia el chico. Este intentó tomarla pero era como un fantasma, solo aprisionaba aire y vacío—. Supongo que aún estás a tiempo de eliminarme de tu mente.

Quizás debería hacerlo…

No, «quizás» no. Es que deberías hacerlo. Es preocupante, ¿no crees?

Ya… Pero es que eres tan real… —Se agarró con fuerza el cabello con la mano derecha, desesperado—. ¿Y tú? ¿Qué prefieres que haga?

En el móvil comenzó a sonar Creixem de La cintura de la Paula.

Ehm… Es curioso que me preguntes mi opinión, en el fondo soy parte de tu mente. Pues... verás, creo que me hallo tan dividida como tú. —Sonrió, de una manera tan encantadora que Ezra supo en ese instante que no quería que se fuera—. Por un lado quiero que estés bien, y para ello deberías eliminarme.

—¿Pero…? Porque hay un «pero», ¿no?

De nuevo sonrió, esta vez descendiendo la cabeza, como avergonzada. El cabello le cayó en bucles a ambos lados del rostro pálido. Provocó una sonrisa en él también.

Pero… Ahora que me has traído, no sé, a «la vida» por decirlo así… Pues en parte me gustaría poder quedarme un poco más.

Ambos rieron.

Es increíble que seas tan real… De momento creo que vas a pasar una temporada por aquí. Me has caído bien, Soledad.

Bueno, mientras no se te ocurra llamarme Sole… Suena a señora mayor de pueblo de interior.

Ambos rieron a carcajadas

No te preocupes, te llamaré Soledad. Esa es la gracia de tu nombre, ¿no? Si se supone que no existes, entonces se supone también que estoy hablando… Solo. Con mi soledad.

La chica asintió con la cabeza y entonces se hizo un silencio un tanto incómodo. Ella misma lo rompió.

Puedo… —Señaló con la mirada la parte superior de la cama.

Ezra giró la cabeza, sin entender muy bien.

¡Ah! Eh… Claro, acércate. Ponte cómoda. Puedes ponerte a mi lado. Es decir, si quieres, no es una propuesta indecente.

Soledad rio, divertida.

Tranquilo, ya lo sé —dijo, y a continuación fue a gatas hasta la parte superior de la cama, con mucho cuidado, como si temiese despertar a Marcus. Al final, acabaron ambos recostados sobre la almohada.

Se hizo otro momento incómodo de silencio entre los dos, tumbados uno junto al otro como dos adolescentes.

Te he estado preguntando muchas cosas, no sé si quizás quieras preguntarme tú algo.

Pues en realidad sí. ¿Qué pensabas escribirme en el cuaderno antes de que apareciera? ¿Te encontrabas mal? Sueles escribirme cosas tristes.

El chico se erizó.

Pues lo cierto es que sí… Para qué mentirte. Hoy no me encontraba bien. —Agachó la cabeza, con una mezcla de tristeza y vergüenza, mientras se recolocaba las gafas negras. Entonces se dio cuenta de que Soledad lo observaba, expectante—. Verás, en realidad…

Poco a poco Ezra fue perdiendo el miedo y la sensación de extrañeza. Ambos mantuvieron una larga conversación sobre temática variada y banal. Para cuando dieron las tres de la mañana, se había quedado dormido con una pequeña sonrisa, de las pocas reales que había tenido últimamente.


Capítulo 2

Martes, 13 de marzo del 2018

Sonia estaba esta vez rodeada de chicas, todas compañeras del mismo departamento.

¿Te vienes a tomar algo hoy, por fin?

Te lo agradezco, pero hoy tengo una cita. —La sonrisa de Ezra era sincera.

Las jóvenes se quedaron sin palabras puesto que notaban la energía que desbordaba el chico y las ganas que tenía de irse a aquella supuesta quedada. Tras recoger corriendo su escritorio, se dirigió con alegría al ascensor ante la confusa mirada de todas.

Qué animado se le ha visto estás últimas semanas, ¿no?

Parece que al final se nos han adelantado chicas... —se quejó una de ellas.

Sí, estaba… ¿Entusiasmado?

Yo diría más bien… Enamorado, Sonia.

La mencionada torció el gesto, mientras comenzaban todas a abandonar el lugar.


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